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EL P E Q U E Ñ O HERCULES CONTINUACIÓN Rudo era nuestro trabajo, porque si antes de acostarnos queríamos proveer á las necesidades del estómago, terriblemente exigentes en los que traen una existencia tan activa como la que nosotros llevábamos, teníamos que lucir en público nuestras habilidades. La mayor parte de las veces, la colecta reducíase á un puñado de calderilla, con la que se aumentaba la cólera y brutalidad de nuestro amo, que se reservaba casi todos los ingresos para gastárselos en kiimel, su bebida predilecta. Comíamos bazofia en los mesones y tabernas, y podíamos felicitarnos si al final de la jornada nuestros mos, yo más airadamente que mis compañeros. Con toda energía me opuse á los designios de aquel mal hombre, y le amenacé on dar parte á la autoridad de lo que ocurría. Mister Black, colérico, descargó sobre mi cabeza un puñetazo que me hizo caer en tierra privado de conocimiento. Juzga cuál sería mi sorpresa cuando al abrir los ojos advertí que me encontraba acostado en la cama de un hospital. La hermana que cuidaba de la sala acudió á mi llamamiento, y á mis preguntas contestó que hacía cuatro noches que me habían recogido en las afueras de la ciudad, privado de sentido y con la cara ensangrentada. Se me declaró una altísima fiebre, y en el delirio de la calentura pronunciaba palabras ininteligibles. La s ¿ftita mujer ignoraba en absoluto lo que hubiera sido de la mísera troupe de saltimbanquis; sólo sabía que no lejos de donde me habían recogido se encontró el cadáver de un pobre viejo, vestido de payaso: según el dictamen del médico forense, el infeli z había muerto á consecuencia de una angina de pecho. Al oír la triste nueva, lloré la trágica desaparición del viejo payaso, mi camarada. Ya completamente restablecido, fui dado de alta; salí del hospital y me hallé más pobre que nunca, porque los cien dollars que me dio mi padre, y que ya guardaba cosidos en al forro de mi chaquetón, habían desaparecido. Lidudablemente me los había robado mister Black. Conlinuará. LA CAJITA 4 É MISTERIOSA i CONTINUACIÓN cuerpos descansaban sobre las tablas de un camastro, porque casi todas las noches nos recogíamos á campo raso, en la barraca que constituía parte de nuestra impedimenta. Como vagabundos hemos recorrido las aldeas y villorrios de la parte Sur de nuestros Estados. De día en día y de vez en vez más desesperanzado, rememoraba mi existencia pretérita y suspiraba entristecido al compararla con la que mi estúpido capricho me hacía seguir. Las palabras de mi padre resonaban de continuo en mis oídos: Aprenderás lo que es la vida y lo que vale el dinero. ¡Harto lo he aprendido, amigo Masin... Faltábanme las fuerzas físicas y aquella otra de la voluntad para proseguir mi éxodo; disponíame á dar por terminada mi funambulesca empresa y retornar á los patrios lares, cuando quiso Dios que el viejo payaso, al final de una de las funciones que dábamos al aire libre, en los alrededores de una gran ciudad, se sintiera acometido de una enfermedad mortal. Nuestro amo, mister Black, sin oír las súplicas que la mujer del payaso, el ventrílocuo y yo le dirigíamos para. que atendiese al enferma, quería que- prosiguiéramos nuestro camino, dejando morir al infeliz paya. so como á un perro vagabundo. Tamaña crueldad nos sublevó el ánimo y protesta Eso... Ahora que no nos oye, á mí me parece tonto: porque teniendo la llave, si quisiéramos nosotros abrir, mirar y cerrarla. Lo habrá dispuesto de modo JULIO. que note si lo tocamos. TE 0 D 0 R. ¿Quién habla de tocar, tonto? Mirar nada más: no creo que dejen señal los ojos. ¡Cuidado que sois curiosas JULIO. las mujeres! Yo me opongo á que se toque la caja, ¿sabes? Seamos, juiciosos. ¿Lo ha mandado el abuelito? Pues á obedecer nosotros. TEODORA. ¿Quién te dice lo contrario? ¿Acaso yo me propongo abrir la caja? Yo he dicho que por abrirla tan sólo, sin tocar á lo que hay dentro, no creía hubiera modo de descubrirlo el abuelo... Pero de eso á lo otro... Déjate de explicaciones. JULIO. ¿Te piensas que soy tan tonto? Tú estás rabiando por verlo, y á eso sí que yo me opongo. TEODORA.