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y se libra. P e r o el se resignó con su mala sombra venía tan acostumbrado á vivir con ella, como cada cual está ya hecho á proyectar la suya cuando va por el sol. Antes de salir para Melilla, fué el único cazavlor que no anduvo noches pasadas del brazo de ia novia, pascando por las calles de esta villa y corte, ó tomando cuatro copas de despedida con los amigos. Servía en Barbastro ó en Madrid, no estoy se: uro; en uno de estos dos batallones, que estaban de guarnición en Málaga en los días de La Gloriosa, mandado entonces por el que luego fué general Salamanca; cazadores vestidos por excepción de azul y verde, con sombreros calabreses, calzonas como los carreros militares y polainas de estezado. Solía darse á estos soldados hasta vino de Champagne una vez por semana, para ensayar minutas de alimentación militar á los precios del rancho. Hacían gimnasia escalando con puñales el puente de Tetuán, sobre el Guadalmedina, y cantaban, el año 70, días antes de tomar el caballero de Rodas la ciudad: Si te preguntan quién vive, responde con arrogancia: Cazadores de B. ó M. que van por su reina á Francia. ¿Y á qué viene todo esto? Ah, y a! Ustedes perdonen; me despisté, deslumhrado por los recuerdos de mi tierra y de mi juventud, que están un poco lejos. Decía que Picio, soldado de uno de estos batallones, estaba hace poco de asistente del capitán y que en la casa, la cocinera y la doncella descargaban su obligación en el muchacho, burlándose de él. La capitana, excelente señora, pero de genio fuerte y vivo, rabiaba mucho con las torpezas del soldado; y el capitán no lo enviaba otra vez á las filas en gracia á la muchísima que Picio le hacía á Quinito, único, monísimo y muy mimado hijo de la joven, rica y dichosa pareja. El infeliz inclusero había encontrado por fin en este mundo un ser humano á quien acariciar y que le diese calor. Y con Quinito no era Picio desmañado, sino afortunadísimo y oportuno, desde imitarle u n cerdo con un limón, cuatro granos de mostaza y otros tantos mondadientes, hasta tenerle entretenido las horas muertas contándole cuentos brotados en aquella mollera que, para todos los demás que no fuesen el niño, era como panal vacío ó mazorca desgranada. Picio, humildísimo y no rencoroso, tenía gran delicadeza de sentimientos y alguna que otra idea original. Verdad que él no había podido remediar el ser feo, cunero, pobre y desabono (perdóneme la Academia si suprimo la d) Pero, ¿por qué habían de tratarle los demás como si fuese bien parecido, hijo de familia conocida, con un duro en la faltriquera para convidar á los amigos y con buenos golpes, siquiera un día al mes? Así discurría consolándose. P o r fin, que á Picio le sobraba con el cariño de Quinito, y cuando le traía y llevaba al colegio de las Da- mas Negras, iba el asistente más orgulloso que los antiguos de Sevilla presidiendo la procesión del Corpus. II De madrugada despedían al capitán su mujer y Quinito. U n momento antes de arrancar el tren entre vivas atronadores, el niño se colgó del cuello del asistente, y después de darle media docena de sonoros besos, le dijo casi al oído: -Picio, volverás con papá, ¿verdad? N o le dejarás nunca solo entre los moros, ¿verdad? -Descuida, rico- -respondió el soldado secan dose con el revés de la mano dos lagrimones, as como si se arrancase otras tantas cantáridas. -Descuida, rico. La capitana, que había escuchado el último en cargo de su hijo, premió la sincera promesa de Picio con una intensa mirada de sus ojos anega dos, y dándole con sus aristocráticas manos uno: golpecitos cariñosos en la hombrera de rayadillo- -Adiós, Picio. ¿Llevas el escapulario? E l cunero sintió un chispazo de amor de mad r e le pareció que Mayo se le metía dentro del cuerpo. -Aquí va, señora. Dios se lo pague, y hasta la vuelta de mi capitán, que vendrá con las estrellas más abajo. Sonó la corneta; después un viva á España formidable; y luego, entre suspiros, aplausos, gemir de madres y esposas, y silbar de la locomotora envuelta en nubes de tibio y blanco vapor, resbaló el tren majestuosamente hacia la tierra y e m a r de D. Antonio Cánovas del Castillo, y de M: orcno Carbonero, de los boqueronas, de la caña du y de las mocitas victorianas. ¡Ole por ellas! III Anochece; el cielo sin una n u b e la tierra despide alientos de horno alfarero recién a p a g a d o el humo y el polvo, hermanos como hijos de la destrucción, se confunden con hambre. El estampido de ametralladoras, cañones y maüssers responde al aullar de los rífenos, que avanzan desatentados disparando y blandiendo la gumía, y al gemir agónico de los que, en ambos campos, el cristiano y el moro, vienen al suelo sentando sus manos crispadas sobre el cardo silvestre. Mézclanse oraciones y blasfemias al rechinar de loí dientes; y la madrastra tierra, avara é ingrata, celebra una orgía bebiendo con ansia, como beodo que ya no distingue el Moriles del peleón, raudales de sangre generosa y de sangre maldita. Picio, sonámbulo, dispara sin cesar, y no pierde de vista al capitán. De pronto le ve tambalearse una bala le partió la rótula izquierda, y cae, soltando el sable de la mano. L a baja del jefe desmoraliza en un momento á su tropa, y dos filas retroceden saltando por encima del herido, que trata en vano de incorporarse sobre la rodilla derecha, empuñando el revólver. Picio salta también sobre el capitán; pero hacia delante, cubriéndole con su cuerpo. No le queda un solo cartucho, y la ola rifeña se viene encima por momentos. ¡A q u í c o m p a ñ e r o s ¿Vamos á dejarlo solo... ¿Q u é se dirá de nosotros? grita el fiel asistente con angustias de muerte. Arroja luego el maüsser á retaguardia; y apoderándose del sable del capitán, que acaba de perder el sentido, lo esgrime animoso, dando vivas á España. Luego avanza unos pasos, sin dej a r de arengar á los cazadores, que se rehacen pronto mientras les llegan refuerzos; después se ve rodeado de rífenos frenéticos, que le toman por el jefe de nuestra tropa. Picio se bate con la misma serenidad que si tirase un asalto en la sala de armas, en medio de un diluvio de balas y de tajos, sin apartarse nunca dos metros del cuerpo inanimado del capitán.