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AÑO XX MADRID, S DE JUKIO DE ISIO KUIL G r icio UENTAN que cuando el capellán de la Inclusa le bautizó, hubo de dudar por unos momeatos sí fe trataba de una cucaracha ó de una criatura humana. Pocos meses después las hermanas y las amas, en el benéfico establecimiento, hacían callar á los oíros chi U ¡llos, amenazándolos con ponerlos junto á P k i o No ha prirlidi- í averiguarse quién le puso el mote, antes de que le confirmaran á los siete años. Era, á más de feo con coraje, sin gracia y torpe de entendimiento y de manos. Asi creció, tan despreciado como mata de jaramago nacida entre escombros. La vieja santera de Nuestro Padre Jesús, la que también cuidaba de las camillas y ataúdes de la Hermandad de la Caridad, sacó a Picio de la cuna- hospital, para que le ayudase en 5 us tristes menesteres, hasta que á la mujer le llegó la hora de salir de la sacristía- funeraria con larpiernas hacia delante en sentido horizontal. De allí pasó Picio á er aprendiz de herrador, y á recibir á diario tantos golpes como martillazos daba él en la bigornia. Entró c- n quintas sin haberle arrancado á la pava una sola pluma. ¿Qué muchacha iba á hacer caso de aquel pobrete, que lo era por arriba, por abajo, jjor delante y por detrás? Cuando Picio fué a tallarse con In. s demás quintos de su pueblo, el sargento soltó el trapo; vamos, que se le cayó de las manos un pañolón de hierbas con que se limpiaba el sudor al ver al mozo debajo riel aparato. Por poquito no ITepa