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FOLLETÍN De BLANCO Y NEGRO P o r la parte del jardín toda retirada era absolutamente imposible. Divisábanse por encim a del cercado de zarzas los sombreros galoneados de los jinetes, y hasta se oía cruj i r el ramaje, como si alguien intentase abrirse paso por medio de los matorrales. -i Defendernos! -exclamó Daniel moviendo la cabeza. -Guardémonos de semejante cosa. Son diez contra uno, y toda tentativa de resistencia nos sería funesta... No, n o volved á la casa con estas señoras, Bernard, y haced ue entren también vuestras gentes. Yo voy a recibir á esos hombres y á asegurarme de si vienen con un mandato en regla. Tal vez pueda descubrir en la orden alguna omisión ó informalidad, en cuyo caso usaría de mi derecho impidiéndoles la entrada. -BueiíO, bueno, señor Daniel; vos sabéis mejor qi e nadie lo que se debe hacer; pero A pronto á- er lo que quieren, porque; empiezan á impaciei. tarse. E n efecto, la puerta carretera rechinaba á impulso de los culatazos. Daniel dirigió á las señoras algunas frases para animarlas, y se dirigió hacia la entrada dé la granja, sin escue -á María, que i e cía por lo b a j o ¡Por favor, primo mío, no os expongáis! Cuanto nías reflc- ionaba Daniel, más se confirmaba en la idea de que los asediantes d e l Breuil no obraban en virtud d poderes regulares. E n Guellos tiempos no era sorprendente que los facciosv. 6 ó íos malhechores s. disfra- ¿asen con el uniforme de la fi. erza pública para llevar á efecto con menos peligro algún atrevido golpe de mano. Tal vez aquellos hombres pertenecían á una ú otra de esta clase de enemigos, y, ¡cosa singular! esta doble eventuaHdad, que en cualCiuier otro momento hubiera aterrado á L a di- ange, le parecía al presente menos de temer que una pesquisa legal. Antes de parlamentar con los desconocidos hubiera deseado verlos distintamente; pero aplicando el ojo á las rendijas de la puerta, sólo entrevio una masa compacta, de la que no se destacaba ninguna forma precisa. Indiferente á las amenazas y á las imprecaciones que se alzaban en el exterior, Daniel fué en busca de una escalera bajo un cobertizo próximo, y apoyándola en la pared del horno que dominaba la entrada principal de la alquería, trepó al techado de aquel pequeño- edificio y desde allí pudo reconocer la fuerza imponente que bloqueaba la casa de Bernard. Además de los individuos diseminados alrededor del cercado, había una docena de gendarmes á caballo, envueltos en unas capas galoneadas, y una veintena de guardias nacionales á pie. Aquella tropa estaba armada con sables, fusiles y pistolas, que brillaban á la claridad de la luna. E l desorden y la indisciplina que reinaba eñ las filas hubieran podido justificar las sospechas de Daniel; p e r o en aquelki época las milicias nacionales participaban de la turbulencia y de 1 3 agitadas pasiones de las reuniones populares. A falta de indicios marcados, el joven juez de paz trataba de ver si entre uouellas: gentes descubría algún semblante conocido. Sus funciones le habían puesto en contacto con los oficiales y subalternos de gendarmería del departamento, por lo cual esperaba hallar entre aquella numerosa reunión perdonas que debía haber visto muchas veces. P o r desgracia, los anchos sombreros y las capas ocultaban los rostros de aquellos hombres, que, por lo demás, se encontraban sumamente alborotados y continuaban golpeando ía puerta y dando desaforados gri os. Un poco apartado divisábase un jinete que psirccis. ser el jefe de la fuerza; pero todo lo que podía notarse en su exterior, fuera de la capa y el sombrero, eran sus cabellos recogidos y trenzados en coleta, á la moda militar. Algo más lejos, bajo los árboles de la avenida, una mujer, con un niño en brazos, revelaba en sus ademanes intenso dolor y espanto, á pesar de que se hallaba al parecer en completa Hbertad. Fácil es de inferir que Daniel no eitipleó mucho tiempo en hacer estas observaciones. Impaciente por conocer l a v e r d a d e r a calidad de los asediantes, se puso en pie sobre el teja- do del horno, y gritó con voz fuerte que dominaba el t u m u l t o ¡Viva la nación! Este grito era entonces una contraseña p a r a los amigos del gobierno, y los gendarmes le contestaban por lo común con entusiasta espontaneidad. Sin embargo, entonces no produj o otra cosa que admiración é inquietud; t o dos callaron y levantaron la cabeza. T a n pronto como divisaron á Daniel, algu; nos fusiles y pistolas se apuntaron contra él; pero antes de que se hiciese disparo alguno, el sujeto que tenía apariencia de oficial se adelantó con el sable desnudo. -j bajo las armas! -dijo profiriendo u n juramento; -ya se os ha dicho que está prohibido, hacer fuego hasta nueva orden. Y como uno de los guardias nacionales tardase en obedecer, el oficial descargó, sobre su fusil un sablazo tan violento que hizo brotar chispas del cañón. A pesar de su bravura, Daniel no pudo menos de estremecerse al verse amenazado de aquel m o d o pero se repuso punto, y habiéndose restablecido abajo el silencio, continuó con voz todavía algo conmovida: -Vuestros hombres, ciudadano oficial, ni son buenos patriotas ni bien disciplinados... Pero, ¿qué es lo que queréis? ¡Brava pregunta! -contestó con t o n o burlón el jefe -queremos entrar. -M u y bien; los habitantes de la alquería no tienen intención de resistir á Ir. fuerza pú ilica si viene provista áe un mandato legal. ¿Traéis ese m a- d a t o? -Sí, por cierto, y os lo enseñaremos an pronto como nos hayáis abierto. Coniinuará.