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IOS BANDJDOS DE LA HOGUERA 9. CONTINUACIÓN mañana; no hay cosa mejor par a, refrescar la sangre y cicatrizar las heridas. ¿Necesitáis alguna cosa más? Francisco pidió algo que comer, prometiendo de nuevo pagar bien lo que se le diese. La granjera cortó un gran pedazo de pan y un trozo de queso, le entregó una botella de sidra, y le despidió dándole las buenas noches. El buhonero se disponía á retirarse después do haber da lo las gracias, cuando el Tuerto de Jouv entró taraicando. Todo está tranquilo por ahí- -dijo dirigiéndose en apariencia á la granjera, -y nadie piensa sino en acostarse cuanto antes; creo que debamos hacer otro tanto... Mas, decid, ciuda a a Bernard, ar. ién va á s: lir de vuestra casa á tales horas, pues que vuestro marido se dispone á enganchar la calesa? ¿Va á marchar alguno? preguntó involuntariamente Francisco. ¿Qué os importa, amigo mío? preguntó Ladrange. -Es que estaba yo pensando que mi mujer estará muy inquieta, y si la persona que marcha fuese á la ciudad, yo podría hacerla un eucargo y aun tal vez con- ntiría en cederme un puesto á su lado. Daniel tenía vagas sospechas de aquellos dos, hombres; además, no quería que viesen á las señoras de Mereville, que de un momento á otro iban á salir de su habitación. -Es imposible- -respondió secamente; -la persona que marcha, que soy yo mismo, no lleva el mismo camino aueyos y no puede encargarse de ninguna comisión. ¿Vos? -preguntó el buhonero. -Yo creía que viajabais á caballo. -Mejor se va en coche, sobre todo cuando se lleva una linda compañera, ¿no es verdad, ciadadano? -di i o sonrie- do el Tuerto de Jouy. Tales preguntas exasperaban más y más á Daniel; sin embargo, dominó su impaciencia y dio á entender á sus interlocutores que el ciudadano Bernard, naturalmente poco sufrido, podía no gustar de que se espiasen sus acciones. En consecuencia, les volvió á intirnar que se retirasen al pajar donde ambos debían acostarse, según la costumbre. Ea granjera apoyó esta invitación en términos que los curiosos no tuvieron nada que alegar Dará resistirse por más tiempo, y salieron, il buhonero deseando toda clase de prosperidades á la señora Bernard, y el Tuerto dándola las buenas noches con una especie de burla siniestra. P e- iel los siguió porque un sentimiento indefinible le aconsejaba desconfiar de aquellos dos luombres, á pesar de su aspecto inofensivo. Acompañóles, pues, hasta el pajar, y cuando estuvieron dentro, cerró tras ellos la puerta dando dos vueltas á la llave. Estas gentes podrán ser muy honradas- -dijo á la granjera cuando volvió, pero no estará dei ás au duerman baio llave esta noche. Mañana temprano les abriréis, y acaso ni aun se apercibirán de su cautiverio: toda la prudencia es poca. La señora Bernard no desaprobó esta medi- da que la libertaba de una incómoda vigilancia. -i Y pensar- murmuró- -que mi pobre hija iba á pasar la noche con esos vagabundos... Pero acaso tendrá un albergue mejor tan luego como haya partido Bernard... j Dios mío! ¡Concededme una noche más y moriré contenta! En aquel instante entraron las señoras con sus envoltorios de viaje. Daniel se encargó de su modesto equipaje, y ya iban á dirigirse al patio donde esperaba el coche, cuando Bernard se presentó casi sin aliento. -i Pronto, pronto! -exclamó agitado. -Se oye galope de caballos y ruido de sables por la avenida... ¡Apriesa, apriesa... Acaso tengamos todavía tiempo. -Sí, sí, i al coche! -gritó Daniel con energía. Y arrastró consigo á María, mientras que Bernard hacía otro tanto con la marquesa, sin dejarles tiempo para despedirse de la granjera. Mas apenas pusieron el pie en el patio, el ruido de los caballos se oyó más distintamente. ¡Ya es tarde! -exclamó Bernard. -No están á cincuenta pasos de aquí. ¡Salvad á mi hija! -dijo la marquesa. -No, no, Daniel, no penséis más que en mi madre; j yo os lo ruego! Daniel no sabía qué partido tomar. -Cerrad la puerta grande- -dijo por fin Bernard. Este se apresuró á empujar las pesadas hojas de la puerta carretera, que afianzó con enormes maderos. -Ahora, huyamos por el jardm- -dijo Daniel, que animaba á las pobres mujeres acongojadas. Pero no tardaron en reconocer con terror que esta vía de salvación les estaba también cerrada. En aquella dirección se oía un gran rumor, como si la habitación estuviese completamente cercada. Al mismo tiempo sonaron en la puerta del patio golpes violentos, y una voz robusta intimó á las gentes de la alquería, en nombre de la ley, que franqueasen la entrada á los gendarmes y guardias nacionales encargados de investigar si se ocultaban en la casa emigrados ó sospechosos. VII UNA N O C H E DE ANGUSTIA Al escuchar aquella intimación, Daniel Ladrange se mostró más sorprendido que intimidado, no acertando á comprender cómo una reunión de gendarmes tan numerosa como la que rodeaba la alquería había podido efectuarse sin su conocimiento, y buscando en vano la explicación de circunstancias tan extrañas. Bernard se acercó á él. -Estamos cogidos como en una red- -dijo en voz baja, -y no hay medio de escapar... ¿Qué hacemos, señor Daniel? ¿Nos defenderemos?