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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO las excita á abandonar la alquería, donde corren graves peligros, según te h a dicho la mendiga. Interrumpe la conversación Bernard, que entra aterrado anunciando que se acercan los gendarmes encargados de detener á las señoras de Mereville. Acuerdan éstas huir á la ciudad, acompañadas por el granjero y escoltadas por Daniel, y cuando dan por terminada su conferencia, les sorprende ruido de sollozos en la estancia inmediata. Abren la puerta y ven á la mujer del granjero, y arrodillada ante ella á la mendiga la Virolosa y á su hijo, llorando y besando las manos á la señora de Bernard. L a Virolosa declara su verdadera personalidad. E s la hija de los granjeros, á quien éstos expulsaron del hogar, á consecuencia de su falta, cinco años antes. Bernard se niega á p e r d o n a r l a interceden por ella la marquesa de Mereville y su hija, pero inútilmente, y Fancheta es expulsada otra vez por su padre. CONTINUACIÓN D E LA NOVELA -Escapaos, pobre mujer- -dijo la marquesa viendo á Daniel luchar con trabajo contra el robusto granjero. -Este hombre, á quien creí tan cariñoso y tan bueno, es un verdadero energúmeno. -Sí, sí, huj- e, hija mía- -repitió la señora Bernard. Porqtie te mataría 1 L a pordiosera estaba aterrorizada, n o por ella misma, sino por su hijo. -Calmaos, padre mío- -murmuró; -vamos á libraros de nuestra presencia. Pero antes de alejarir. e dejad que os dé un aviso importante, del que me había olvidado con la alegría de volver á hallar á mi madre. Esta noche... ¿Te irás? -gritó Bernard con voz terrible. Y por un esfuerzo desesperado se desprendió de los brazos de Daniel. Fancheta no insistió más. ¡Ah, padre mío! -dijo con acento desgarrador. -i Ojalá no tengáis que arrepentiros de vuestra dureza para con vuestro nieto! Y echó á huir estrechando entre su pecho á su hijo asustado, cuyos gritos continuaban oyéndose á lo lejos. Daniel temió en un principio que el granjero, arrastrado al paroxismo del furor, quisiese perseguirla, y se colocó delante de él para cerrarle el p a s o pero sus temores fueron infundados. El frenesí de Bernard se apaciguó de repente cuando dejó de ver á su hija. Se sentó, cubrióse el rostro con las manos y cayó en. un sombrío abc- íimiento. El efecto de aquella dolorosa escena de familia había sido tan fuerte, que las señoras de Mereville y Daniel llegaron á olvidar los peligros de su prooi- situación. B e r n a r d fué el primero que dio muestras de recordarlo. Después de u n corto silencio, alzó la cabeza y dijo con voz todavía alterada, pero firme: Vamos, n o hay que hablar más de este asunto. Si alguno se atreviese en cualquier tiempo á hablar de esto en mi presencia... P e r o estamos oerdiendo el tiemoo; señoras, pensad en vuestros equipajes; yo voy á enganchar los caballos, porque es preciso que dentro de diez minutos nos pongamos en camino. Y salió precipitadamente. Entonces, la señora Bernard se abandonó sin miramientos á su pesar; pero Daniel logró consolarla algún tanto, noticiándola la próxima partida de su marido. Esta circunstancia permitiría á la granjera volver á ver á Fancheta, que, según todas las probabilidades, no debía haberse alejado mucho de la casa, y tal vez tenerla u n o ó dos días en su compañía. Las señoras de Mereville confirmaron á la granjera en sus esoeranzas, y, por fin, é n d o l a más tranquila, deslizaron en su mano algunos asignados para su hija -entraron con precipitación en su cuarto. Había anochecido completamente y se oían en el oatio las pisadas de las caballerías c ue volvían al establo. Los mozos y los criados se dedicaban á las últimas faenas del día. Mientras que Daniel y la granjera hablaban en voz baja, un hombre entró tímidamente en la sala. E r a Francisco el buhonero, cuya palidez resaltaba bajo la ensangrentada venda que rodeaba su frente. Parecía muy débil y caminaba con dificultad, apoyado en su nudoso bastón. Al verle, Daniel se adelantó hacia él, preguntándole con interés cómo se sentía. -Mucho mejor, querido ciudadano- -contestó Francisco con un tono singularmente humilde y zalamero, -gracias á vos y á los cuidados de esta buena ciudadana. Sin embargo, mucho temo no poder ponerme mañana temprano en camino con mi caja al hombro. -P u e s bien; en tal caso, ahí está la señora Bernard que consentirá, á mi ruego, en daros aquí albergue hasta que vuestras fuerzas se hayan restablecido. í a granjera hizo un signo de asentimiento. -i Bernard! -repitió el buhonero, como si recordase este nombre. Pero comprendiendo, sin duda, cpe se engañaba, continuó: -Cúmplase la voluntad de Dios. P e r o si mañana por la tarde no m; e hallase en el punto donde debe esperarme mi pobre mujer, ésta va á pasar muy mal rato. Si me veo obligado á permanecer aquí, quisiera rio ser gravoso á nadie y pagar, como es justo, mi gasto. Además, en la alcueria no dejará de necesitarse a b o de lo Gue c mstituve mi comercio, y mi cajón está bastante bien provisto. Traigo hilos, agujas, cintas, cordones, pañuelos... El buhonero había pronunciado estas últimas palabras con el tono harlatán y la volubihdad comunes á las ¿gentes de su profesión. L a señora Bernard, que deseaba desembarazarse de los importunos, se apresuró á decir: -Sí, sí, 3- a procuraremos arreglarnos; -pero no haríais mal, amigo mío, en retiraros á vuestro camaranchón y echar un buen sueño. hasta Continnará.