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EL P E Q U E Ñ O HERCULES III CONTINUACIÓN pómodamente sentados á una de las mesas, y ya sírvido el cocktail, empezó Roberto el relato de su odisea. Amigo Masin, hay un refrán español que dice que el que no está hecho á bragas las costuras le hacen llagas; tal aforismo sintetiza lo que á mi me ha ocurrido en mi voluntario éxodo. Nadie mejor que tú sabe lo que es un artista de circo, y, sin embargo, no puedes imaginar lo que yo he padecido en estos reía, reía, para no desentonar su papel. La vida pública de los artistas de circo- -tú no lo ignoras- -no es tan insoportable como su vida privada: dentro de la compañía fui blanco de envidias y ruindades de los queridos compañeros. Míster Black, el director de la troupe, un tío bárbaro y autoritario, que se emborrachaba todas las noches con kumel, nos trataba como á negros borales cazados á lazo en alguna selva virgen; sus razones siempre eran contundentes y de una lógica irrebatible discutía á puñetazos. Quebró la compañía; los artistas que trabajaban libremente se dirigieron á otros circos; un viejo payaso, su mujer, malabarista, un ventrílocuo y yo, continuamos con míster Black. Y aquí empieza mi espantoso calvario. Conio pobres saltimbanquis de feria, que cu esto vinieron á para todas nuestras ínfulas de gimnastas del Gran Circo Olimpia, de Chicago, íbamos de pueblo en pueblo, ambulando por las carreteras y sufriendo, según el tiempo, calores tropicales ó fríos glaciales, ora envueltos en nubes de polvo que nos cegaban, ora entre nieblas que nos entumecían. Cada cual llevaba á las espaldas su bagaje y la parte que le correspondía en los artefactos de la barraca portátil que nos servía de refugio cuando no encontrábamos posada. ¡Infeliz de mí, tan melindroso, tan señorito, tan hecho á bienandanzas y comodidades, rodando de manera tan incómoda, tan áspera y cruel por el mundo, obedeciendo las órdenes de un tío tan perverso y mal educado como míster Black... ¡Cuántas veces, muerto de fatiga, de sed y de hambre, estuve tentado de dejar en medio del camino los bártulos que conducía y volverme á mi casa! Pero la negra honrilla, el deseo insensato de continuar vagabundeando me detenía en mis propósitos. Conlimiará. dos años. Lo desconocido, que siempre nos atrae, me hizo ver encantos irresistibles en donde no hay mas que desilusiones. La indemnización que pagó mi padre por el mcurnplimiento de tu contrato, me facilitó la entrada en la compañía del circo; claro es que no abrigaba la pretensión de substituirte, porque toda mi ciencia reducíase á unas cuantas lecciones que había recibido en un gimnasio. En cambio, podía ganarme honradamente nii pan como clown; de la noche á. la mañana, el señorito quintaesenciado se cambió en un payaso grotesco. El respetable público se moría de risa al oírme sostener con voz de falsete diálogos estúpidos con los servidores del circo, á los que, por ejemplo, preguntaba muy aflgido si sabía en dónde había dejado mi cabeza porque al despertar la había echado de menos; el regocijo del concurso aumentaba con mis gritos de grulla y mis ¡lalaraitu! y, sobre todo, al verme rodar como una pelota por la pista. Más frecuentemente de lo que yo quisiera, mi cara enyesada recibía de los compañeros los bofetones más sonoros y dolorosos que ha recibido payaso en el cumplimiento de su ridicula misión. La gente, la chiquillería sobremanera, gozaba lo indecible al ver cómo abofeteaban al graciosísimo clown que. Henos los ojos de llanto. LA CAJITA MISTERIOSA ACTO COMEDIA EN UN Personajes Teodora, diez años; Julio, nueve; Inés, doce; Don Juan, sesenta- El cuarto de estudio de Teodora y Julio. Sobre un velador una cajita cerrada, con la llave puesta. ESCENA PRIMERA TEODORA y JULIO JULIO. TEODORA. JULIO. TEODORA. JULIO. ¿Cómo es eso? ¿Estabas mala? Pues haber llamado. Como nada me dolía. Entonces, ¿qué tenías? Nada: insomnio, como dice el abuclito. Pues yo dormí como un topo, desde las diez de la noche hasta lo menos las ocho.