Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Por eso la Madalena no se casaba con nadie, ni en negocios, que siempre resolvía de una manera radical y contundente, ni pasando por la calle de la Pasa. ¡Ella cenarse obligaciones! ¡Aguantar ella á un hombre! ¡Vamos! que los cuidara á todos la madre que los parió. ¡Cualquier día tiraba por la ventana su libertad! Libertad era en aquel tiempo de la Gloriosa, de la inútil revolución de Septiembre, una palabra que resonaba al compás de las murgas vocingleras y del himno de Riego; y bajo el nombre de libertad el desenfreno ejercía su tiránico dominio. Los curas se vestían de seglares y los seminaristas, disgregados, ocultando su condición, no usaban, ni aun próximos á cantar misa, sus trajes especiales. A Magdalena le sonó bien lo de libertad y emancipación de la mujer, tan en moda entonces, pero, devota de la Virgen de la Paloma, no comulgaba con la fiebre anticatóHca que por todas partes hervía. Todo el distrito de la Latina conocía su historia: huérfana de unos pobres, quedó en poder de la seña Pepa, hermana de su madre, que vendía legumbres en la plaza para sacar adelante á la niña, á quien quería como á las de sus ojos, y ésta, desde que tuvo uso de razón, se agarró á trabajar: á vender el manojito de cebollas, la docena de naranjas ó la de pimientos... siguiendo, en pequeño, el comercio que Pepa acumulaba en aquellas cestas enormes, que nunca se supo cómo podía llevar colgadas de sus brazos, flacos y curtidos como todo su desmedrado cuerpo, consumido cual castaña pilonga. Después, cansada del mercado, vendió billetes de la Lotería, y era de ver su gracejo, lo mismo cuando ofrecía la fruta y las hortalizas, que cuando colgaba el de la suerte entre las solapas de los gomosos en la Puerta del Sol, donde su belleza adolescente hacía estragos en toda la golfería de su edad, que más de una vez anduvo á la greña por una sonrisa ó un pescozón de la chica. Luego, cuando llegaba al hogar, con la voz un poco enronquecida por el sugestivo pregón, cansada de los correteos y siempre con cara de Pascua, daba los cuartejos á la señora Pepa que, para cuando volvía de ganarlos la alegría de la casa, siempre había dispuesto la refrigerante cena y mullido el lecho reparador, rico de maíz y cubierto por colcha de pajarracos multicolores. Una noche Magdalena volvió desazonada; no pudo vender el último décimo, y contrariaba su amor propio devolverlo á la Administración... Pues vaya, no había motivo para que su niña sis disgustase por eso. En cambio, la verdulera había vendido las dos cestas y más que llevara; también ellas jenían derecho á probar fortuna, ya que Magdalena la Ix: bía dado con sus numeritos tantas veces... Y jugaron y les cayó la Lotería. -Por usté, por usté me alegro; por quitarla de pasar fatigas. Voy á tenerla á usté como á una reina... y á vivir. Así engrandecieron sus negocios. Magdalena se dedicó á vender ropas y correr alhajas y su tía á cuidar la confortable casita, pictórica de comodidades. Pero... no hay dicha completa. La pobre anciana oyó decir á las vecinas lo que por fuera le habían afirmado en muchas ocasiones. -Se á Pepa, que usté no ve. Que la chica estuvo en el teatro con Fulano; que la vieron en la Bombilla con éste y en los Viveros con el otro... Y la mujer, que siempre fué honradota y formal, arengó á Magdalena á todas horas: -Hija, cásate. Mira que eso no está bien... mira qiie tú andas en malos pasos... mira que no nos dejan hueso tranquilo. -Pues oiga tiste; yo vivo honradamente de mi trabajo y no quiero nada de ninguno, ni quiero sujetarme, ni que me manden ni me gobiernen; y, últimamente: total, sojr libre. Ya lo sabía la viejecita y bien penetrada estaba de ello, y cada vez se fué convenciendo más de que su sobrina no tenía remedio. Así fueron pasando años y la golfilla se transfomó en una hembra de primera, alta y arrogante, metida en carnes, sana y fresca de rostro, expresiva y apasionada en el mirar de sus negros ojazos, violenta de genio y enérgica en sus determinaciones. No existía, entre el mujerío flamenco, quien se envolviese mejor en el pañolón de cachemir ni quicu se terciara con más garbo el de Manila para ir á los toros, á ver al famoso espada... aquel parecía haberla sorbido el seso, porque como guapo... Pero al presente no era conocida; estaba páhda, delgada y taciturna... Y el torero desesperado... Le cerró la puerta de su casa, lo mismo que á todos, y si querían verla, en la calle ó en el café... y gracias. La tía, en cambio, estaba satisfecha. El de ahora sí que parecía una proporción. Ese los deshancaba á todos. Le gustó á Magdalena desde que fué á vivir al piso de enfrente, y como las ventanas de ambos daban al patio, comenzaron por saludarse, con respetuosa sonrisa él, con gracioso mohín de cabeza ella, y después por hablar de los tiestos y del canario, y de que hacía sol, y de que iba á llover. Veíanle á menudo inclinado sobre- los libros, siempre estudiando; salía poco, y de noche, jamás; vivía enteramente solo; desconocían su profesión, y Ja portera les dijo que en el contrato de inquilino figuraba como estudiante, y que se llamaba D. Salvador. No pudieron sacar más en limpio, porque el misterioso caballero era muy reservado, á pesar de su aspecto risueño y tranquilo y de su poca edad, que frisaba en la que maldijo Espronceda. Vestía, a! parecer, de luto y no recibía más visitas que la- ue algunos señores, cuyas chisteras anticuadas, sendos levitones y especial continente, hacían suponer al chismoso vecindario que eran cómicos tronados de la compañía de Novedades. Pasaron dos días sin que el vecino se asomara ni se le viera salir. Las dos mujeres hablaron y decidieron acortar las distancias, haciendo la señora Pepa la primera visita de vecindad. -Tan solamente por ti, Magdalena, porque don Salvador es el que te ha de salvar; ese sí que es un hombre como es debido, y si nos damos trazas, te casas, hija, que es lo que te conviene. ¡Vaya, tía, ande usté! Es verdá, ya me llegó mi hora de querer. Me caso y vida nueva... Porque á mí me parece que tengo su simpatía. Nada más que es muy corto de genio... Cualquiera en su lugar, me hubiera dicho algo. Y la señora Pepa, por espíritu hospitalario y atendiendo á los intereses de Magdalena, cruzó el pasillo, llamó, y tras dos ó tres campanillazos, sintió los pasos del vecino, y luego que éste le franqueó la puerta, de un salto se plantó- en la alcoba y de otro en la cama, con tal rapidez, que no le vio su vecina hasta que, siguiendo sus huellas, le halló rebujándose en las ropas con tiritones de fiebre. -Pero, ¿qué tiene usted, D. Salvador? ¿Por qué no nos ha avisado? Para eso estamos las vecinas. Aquí un señor solo, sin nadie que le cuide... Voy á traerle á usté un caldito; lo que usté necesita son buenos alimentos... y no estudiar tanto. Y mientras hablaba, inspeccionó la reducida habitación, la sala convertida en despacho, la alcoba con su lecho blanco, todo nuevo, limpísimo, con cierto carácter señoril, á pesar de la sencillez que informaba el conjunto de la indumentaria.