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dgnetado, enrojecido por la luz de un farol, que envolvíale en su claridad enfermiza. Tenía los braz- os largos, de simio, y las manos sarmentosas, cuyos dedos garrudos, temblaban casi imperceptiblemente sobre el pañuelo de hierbas que contenía el tesoro. Podía tener cuarenta años, y era aiembrudo y brutal como un gorila. Debí hacer alguna mueca de re ugnancia mientras consideraba á aciuel estupendo avaro, porque mi amigo m u r m u r ó ¿N o me negará usted que su tenacidad y su constancia son admirables? -Admirables si las hubiese dedicado á un fin más alto, beneficioso para la humanidad... -P u e s las ha dedicado á su propio bienestar. Acaso el egoísmo sea el primero y el más lógico de los altruismos... Además, su vida no ha sido teda un camino de rosas; considere usted la fuerza de voluntad empleada para vencer tantas privaciones... -N i voluntad ni privaciones, amigo mío. T e nacidad, sí; persistencia de un deseo ruin, fortalecido año tras año por la aglomeración de dinero. ¿D e qué ha podido privarse? El que no goza d la vida es porcine no la sabe gozar. Mal puede, quien nunca vio cuadros, ni de pinturas entiende, suspirar por la adquisición de lienzos valiosos; el oído no acostumbrado al arrobamiento de melodías dulcísimas, no ha de sentir ni por un instan- puede aún, revolviendo el poso agridulce de surrecuerdos, entrever envueltos por la sombra poética del pasado la sonrisa de unos labios sangrientos, que besaron con besos malditos, pero de miel; la mirada de unos ojos hermosos que dijeron odio, después de haber dicho pasión; el gesto supremo que consiente- -que rimó el gran poeta de Italia -de una pérfida que fué amante, que le ha hecho desventurado, pero después de haberle hecho feliz. Mi amigo iba á replicar; pero yo agregué á tiempo: -Además, ese hombre tuvo un deseo, el dinero hoy tiene una preocupación, no perderlo. Sí grande fué aquél, piense usted un momento cuánto debe angustiarle la última. Callamos. Me ofreció un cigarrillo, y fumando nos pusimos á contemplar la noche, aquella noche estival, ardiente y luminosa como el amor y la razón. A la mañana siguiente, notamos á bordo un movimiento inusitado. Los oficiales iban y ven í a n registraban á algunos pasajeros de tercera y á gente de la marinería. Habían robado su caudal al italiano. Nos contó el hecho el contramaestre, un lobo de mar, cenceño y velludo, con la tez culotada como su pipa. -Dormía con su tesoro bajo la cabecera- -nos dijo; -alguien hízolc cosquillas en los pies enan- te la nostalgia de lo que no escuchó; como no come faisanes el cerdo, ni bebe Champaña el chim ancé, ni sienten el a r t e algunos críticos, así á nada aspiró el palurdo c ue vivió con todas sus facultades atrofiadas, hasta sin el noble instinto (L la especie, origen de los grandes placeres y de las grandes tristezas. -Sin embargo, es un hombre dichoso: jamás deseó, ha dicho usted, luego no sufrió jamás. Si el amor es hermano del dolor, según aseguraron desde remotos tiempos filósofos y poetas, este afortunado no padeció el dolor. Del alma, de la sensibilidad nos vienen todas las dolencias morales; confiese usted que ese hombie insensible es más dichoso que usted y que yo. Tiene usted muy mal concepto de la dicha. El insensible n o es dichoso ni desgraciado: es insensible, is una cosa. Mil veces más afortunado es el triste, que, víctima de una pena de amor, do dormía, y como sentárase de pronto, otro le quitó el pañuelo lleno de billetes y monedas. No saben los señores la revolución que ha armado el itahano; está loco por su dinero; pero, sí, sí, estos pihuelos de mar son más listos. ¡Vaya usted á saber quién habrá sido! Confieso que me alegré. -U n usurero de menos- -dije á mi amigo. Lo hubiera sido en su tierra, no lo dude usted; la casualidad es á veces una Providencia. Nos fuimos á proa. El hombre estaba allí, acodado en la borda, llorando á gritos toda la inutililidad de su esfuerzo. De sus ojos inmóviles, redondos y claros, de un verdor de agua estancada, las lágrimas caían hilo á hilo, y aquellas lágrimas viles, de una tristeza mezquina y prosaica, se mezclaban sin merecerlo con la tristeza infinita, misteriosa y poética del mar. FELIPE S A S S O N E UIBUJOS DE MÉJ. DE 2 BUNGA