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rfl r 1. T 1ii. 4 í I! 1 I 11 i- IBP? EL TESORO DEL EMIGRANTE p ra una noche estival, ardiente y luminosa como el amor y la i azón. Salíamos de Buenos Aires con rumbo á Europa, y navegábamos solare un mar tranquilo que hacía guiños de plata bajo el cielo polvoriento de estrellas. lui el salón de primera clase ronroneaba aún el eco polifónico del gran Buenos -Vires; diríasc del transatlántico, un trozo de la Aletrópoli Cosiuoiiolita lanzado al Océano. 1 hirtos de la algarabía de la ciudad, que conlinuaba allí, mi amigo y yo nos aislamos sol: rc cubierta, para charlar frivolamente, aspirando á pulmón abierto la caricia suave del aire marino. Cuarenta mil ilesos! -exclamé sorprendido. ¡Casi cien mil francos, y viaja en tercera; es increíble! -í? ues créalo usted, yo le conozco m u c h o tenía su almacén en la calle de Cuyo, en la esquina de mi casa, i Cuarenta mil pesos en diez años de privaciones y sacrificios! Es un caso curioso de timidez y voluntad prodigiosamente combinadas. Alas de una vez me contó el mismo su historia, orgulloso de su enriquecimiento. E s la historia de una vida rectilínea: tuvo allá en Italia, en un pueblccito donde era labrador, un cariño, que acaso no fué t a l conveniencia disfrazada de amorío, relaciones con la hija de unos agricultores propietarios de cuatro tierrucas de pan llevar; ero no pudo casarse por desigualdad inesi) erada de sus bienes. Cna tempestad devastó la campiña que cultivaba el labriego, y tímido, desesperado, vencido, se enroló entre los emigrantes como quien va al suicidio. E n Buenos x ires se empicó inmediatamente comenzó en su mismo almacén ganando treinta pesos por mes, con casa y comida. Cora ró dos camisas de lana burda y unas alpargatas. ientras usaba una de aquéllas, lavaba él mismo la otra. Así con lo demás: nunca un cigarro humeó en sus labios; jamás una copa de licor le alegró de las fatigas del trabajo; sus ojos no se deslumhraron ni una sola vez en la iluminada sala de un t e a t r o en una palabra, no conoció Buenos Aires. Ea calle Florida, Palermo, la calle Corrientes, la avenida Alvear, la avenida de I Iayo- -remedo de los grandes bulevares parismos- -ninguno de los paseos de la nueva ciudad, ni aun la calle donde estaba el almacén, tuviéronle un día entre los transeúntes. h ué indiferente al gran clamor de civilización y de regocijo m u n d a n o que latia en el corazón de la gran urbe kalcidoscópica; sobrio, casto, retraído como un monje, se pasaba la vida del lecho al mostrador, del mostrador al lecho; trabajaba, dormía y apilaba monedas y billetes. Acaso también su corazón y su carne se metalizaran aquél jamás se hinchó congestionado por una pena de a m o r su cuerpo no experimentó nunca el cosquilleo de una ansia de amor. Así vivió tres años, al cabo de los cuales echó sus cuentas el pobre emigrado era casi rico. ¡Reflexion ó T r e s años más, y habré doblado mi caudal. Y aguantó por otros tres años la misma existencia pasiva y animal. Después volvió á balancear y volvió á esj erar, y como lo mejoraran de i: iuesto y el amo le interesase en el negocio, cumplió diez años de encierro, y en el último balance su cuenta de gastos, quitada la comida, no sumaba cien pesos y su haber ascendía á cuarenta mil. Ahora vuelve á Italia hecho un indiano rico y novelesco. lirelo usted, viste todavía el mismo traje dominguero con que desembarcó; los mismos zai atos cine caaibió por alpargatas en la puerta del almacén donde se enterró vivo diez años. Mírelo usted, viaja con su dinero; lo lleva todo en ese pañuelo de hierbas que oprimen sus manos de mercader. Miré hacia la tercera clase: entre un amontonamiento de seres anónimos, cjue cantan aires populares, haciendo volar sus esperanzas bajo la majestad de la noche brillante, estaba el hombre, sentado, impasible, mirando al mar, con mirada fija, de cristal, como si mirara sin ver. Aquellos ojos redondos y claros, de un verdor de agua estancada, no eran el espejo del alma (acaso ese hombre no la tenia) y hubieran carecido de expresión á no prestársela los arcos exagerados de las cejas cerdosas, asombradas é interrogantes, como es peculiar en los idiotas. E a mandíbula inferior avanzaba hacia fuera con repugnante gesto de avidez. El vello ya rojo, ya negro, de la barba sin rasurar muchos días, ensuciábale el rostro