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de una pronta vejez. Nunca pudo lograrlo, y á la mortificante arruga culpaba del desdén amoroso en que yacía á pesar de sus ojos refulgentes como soles de triunfo y su cintura de una artificial cslieltez. Esta apenada duquesa de mi cuento no es una de aquellas duquesas pálidas, finas, verdaderamente aristocráticas de los cuentos magnánimos. Es todo lo contrario. Es ajamonada y bajita; no tiene nada de señorial y sólo puede apuntarse en su haber un corazón espléndido, incapaz de la rnenor felonía. Enviudó muy joven, y en su madurez prematura apreciaba un galanteo de amor más que un fastuoso presente. Habían pasado aííos y ningún atrevido amador osó llegar hasta ella en demanda de la inefable dicha. Su reocupación tocaba en manía. Por más que acudió á las fiestfas solemnes, amablemente invitada por ei Señor Re Carlos IV, en donde abundaban los caballeros nobles- -aventureros en el uerer, -nadie observó el donaire con que la redicha duquesa llevaba su paletina y su airón de flores en la ca eza. Y por esto sufría y se lamentaba con amargura. Su belleza se i erdió para siempre. Jan. iás oiría junto á su oído el dulce parloteo de gratas sensaciones. Nunca llamaría á sus puertas el amor. Este irritante abandono puso en su cara una mueca tristona de romántico dolor que contrastaba, de cierto modo grotesco, con las protuberancias avasalladoras de su ilustre persona. Además, se tornó huraña, severa y terminante. Todos los días regañaba á los criados por el más fútil motivo; mandó llevar á los desvanes míos bizarros cuadros de torneos y guerras quemó ella misma los tomos poéticos que leyera en su juventud, al pie del mirador, entre suspiros y miradas á la lejanía, y prohibió las flores en la mesa y en su habitación; gruñó á su doncella porque ésta le dijo sus amores con un palafrenero geiftil. Así todos los días, siempre. En el pala. cio se acabaron las fiestas; en el parcpie no se oyó el apacible desmayo de los violines; los surtidores sonaban á queja; un ambiente de paz se hizo en los salones de damasco y los lienzos se cubrieron de polvo. Una vida mortal. Cierta noche, en la riente primavera, cuando la duquesa dormía, fueron llegando al parque silenciosa mente los quince ó veinte criados del palacio, atraídos por una cita de Pascual, el pinche traviesísimo, habilidoso en intrigas y gran conocedor de las debilidades humanas. Este famoso Pascual concurría á las zambras de candil más endialíladas y siempre tenía en los labios una jácara llena de mordacidad. Reuniéronse en una lejana plazoleta, así que se celebró con punzantes burlas y risas desentonadas el objeto de la secreta intriga, explicado con inimitable gracejo por Pascual, éste dio fin á su importante discurso con estas palabras: -No os burléis demasiado. Se trata de algo más grande que acaso no comprendáis. Es preciso que vuelva ai corazón de la señora duquesa una ráfaga de esperanza que será su vida. Vamos á mentir, no á chancearnos, y la mentira que cometamos será á modo de ima medicina venenosa, pero que surte sus efectos. Si me obedecéis, volverán á reír los ojos y los labios de la entristecida dama. Para ello- -escuchadme bien- -tengo este plan... nizante, pronunciando una orden enérgica y rotunda; había llegado la santa hora de descansar. V despidióse de todos con la ceremonia acostumbrada: -Jü Santo Ángel de la Guarda proteja vuestro sueno. En su gabinete scncillísñno no había aroma de violetas ni adornos de co iuetería refinada. L or la ventana entreabierta introducíanse, sigilosos y augustos, rayos do luna; se escuchó un sus iro; la du (uesa es eró la contestación del eco; cmi) ezó á desnudarse... Entonces ocurrió lo inaudito, lo milagroso, lo inesperado. Del fondo del parque llegaron las armonías sutiles, delicadas, confortadoras y divinas de una singular orquesta; eran escalas de placidez acariciante en las que palpitaba la más pulida poesía pastoril. Aquello tenía algo de hechizo. La duquesa se sobresaltó; corrió á los pasillos y encontró á im viejo sirviente; éste, ceremonioso y afectado, ahogando unas fuertes ganas de reir, exclamó conmovido: -A vos, señora duquesa, brindan esa música y esas canciones tan lindas. Un gallardo galán me rogó, d spués de confesarme que está prendado de vuestros encantos, que le permitiese cantar cerca de vuestro palacio. Perdonadme, señora, si obré mal, i) ero el caballero era tan apuesto... -Dejadle- -contestó la duquesa, -desde mi cuarto escucharé sus trovas. Pasaré una noche divertidísima. Y así que volvió de nuevo á su alcoba, apagó las luces, 3 sentándose junto á la ventana, saboreó con leleite las coplas que á su amor ofrendaban. Una v ítilcísima cantó: Ten, Amor, el arco quedo y no me hieras. Amor. El imposible es la flecha de irreductible pasión. Mi dama es noble y bardo soy. Tiene el amor la disculpa de la más grande ambición. Para el amor no hay fronteras ni edad tiene el corazón. Mi dama es noble y llardo soy. La deleitosa armonía de la trova terminante ue encerraba la más noble y es ontánea pretensión, transportaba á la duquesa á los lejanos tiem os en que su alma sensible se adormeció en amores. Lhi dulce arrobamiento se apoderó de ella. o (piiso buscar con la mirada en el fondo del par ue, que parecía encantado, la figura del caballero del amor. Se le imaginó á su modo y le Uso un chamljcrgo con cinta azul y una chupa bordada de chorreras con listones de encaje y esisadín y cintillo. La magia de aquella música sedante revivió en la duquesa la mirada de fuego y el fuego de la juventud. Volvió la vista al pasado, y ara pensar mejor, ajx) yó la frente en las manos y éstas tocaron la arruga imborrable indicadora de la triste edad; entonces la duquesa tuvo un estremecimiento con escalofríos; pero la orquesta de ensueño preludió más vibrante y la trova con que el galanteador daba su despedida sonó quejumbrosa: Todo es uno i ara mí: esperanza ó no tenella, or ue si hoy muero i) or vclla, mañana or (iue la vi. Cesó la or uesta. En el silencio de la noche estival los surtidores blancos tenían rumor de conversaciones en voz baja; el aire tibio llevó á la luc ucsa fragancia de rosas y mirtos. Entre nuljes, la lui i mostrábase socarrona con un gesto burlón. En las ventanas altas del alacio a arccieron las doncellas y las fregatrices gratamente sorprendidapor la serenata de encanto. Lo que entonces vieron íií Como todos los días, deslizóse aquel en que aconteció el milagro de que os voy á dar cuenta, en la más silente soledad y recogimiento. La duquesa refunfuñó á los criados con la sobriedad de siempre, y ésto. s, mordiéndose los labios ara no romper en risas, se miraban á hurtadillas y enviábanse gestos de intención. Sólo las doncellas eran ajenas á la urdida hazaña. Se hizo la noche. Al sonar nueve metálicas campanadas, la voz seca, agria, de la buena duquesa se escuchó en la estancia como im eco débil y ago-