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r í i Á ikt i sus cantos tiistcs, las proezas de los guerreros campesinos, las cuitas del amor, las aventuras de los gauchos malevos. Su guitarra, sonando en el silencio nocturno, evocaba los tiempos patriarcales que nos cuenta la Biblia, y su voz quejumbrosa dilatábase melancólicamente en la extensión del desierto... La música del pueblo es lo más hondo y grave que ha producido el hombre: las quejas, los dolores, los anhelos de la humanidad anónima están sintetizados en esa música que brota del alma incógnita de la muchedumbre, como una flor amarga. Y como no existe pueblo alguno que no haya padecido ó amado mucho, todos los cantos populares son bellos y tristes, lo mismo los del Norte como loo del Mediodía. Una balada germana tiene la unción seligiosa y caballeresca de los bosques inmensos velados por la nieve; los apasionados lamentos de una malagueña despiertan en nuestro corazón oleadas de sentimiento. Los cantos argentinos son como la gente que los canta: mestizos de indio y de español. La vidalita recuerda á Andalucía; pero es menos vehemente, un poco menos declamatoria y apasionada, mucho más simple y campestre: la tristeza del indio ha puesto en ese tierno y breve cantar una nota de dulce resignación. Las milongas se parecen á las guajiras de Cuba, y sirven para que los bardos campesinos se ensarcen en torneos poéticos, llenos de alusiones picarescas y personales. Y lo que llaman tristes son la cosa más sentimental y romántica que ha podido inventar la musa del pueblo. Recuerdan un poco á las habaneras, y recuerdan también aquellas romanzas lacrimosas que suelen cantar las aprendizas de modista TJPOS ARGENTINOS T F VJLDOT 1- 1 ABIA en las tierras del Plata un individuo que resumía en su persona todo el romanticismo de aquella existencia libre, nómada y caballeresca de las llanuras pampeanas: este individuo era el payador. Venía directamente de la tradición ant. 8 ua. Los rapsodas grieg s eran sus antecesores, ó también los trovadores provenzales. Pero si los rapsodas pulsaban la dorada lira de Apolo, el payador se contentaba con un humilde instrumento de cuatro cuerdas, heredado de los conquistadores andaluces. La giiitarra le servía de lira, y todo su tesoro lo cifraba en aquel vehículo de las musas campestres. El payador no tenía otro oficio que el de cantar. Marchaba errante de pago en pago, de pulpería en pulpería, y cuando la noche llegaba, el cantor se tendía en el primer rancho que hallaba en su camino. Era un vagabundo y un ocioso Pero nada tenía de semejante con el mendigo ni el truhán: su vida estaba limpia de picarismo. 1 trabajaba, bien es cierto; pero en aquel país y en aquella época dichosa, el trabajo asiduo y ejemplar era innecesario para la existencia de los hombres. La vida sobria de la llanura no exigía grandes esfuerzos de consecusncia: comía la gente galleta dura y carne asada: á veces no había liiás que carne, y era tan fácil procurarse esa vianda, que apenas si se le daba algún valor. El payador comía con los paisanos, dormía, y cuando le hostigaba la nostalgia, levantaba el vuelo hacia lo desconocido. En las reuniones de primavera, al llegar las fiestas de la estjuila ó de la yerra, bajo el manto estrellado de la noche, el grupo de paisanos se abría un ancho círculo, y el payador cantaba