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C U A D 3 0 S HISTÓRICOS Kílv DOS DK íviAYO A 1 caer de la tarde del día dos de Mayo, cuando lanzaba el sol su último rayo, me topé con Daoiz y con A elarde. Yo iba con don Pelayo: un don Pelayo Pére; que pidió la absoluta siendo alférez, por razones que ignoro, después de haber luchado contra el moro, y á cada triquitraque dice: ¡A mí, Prim! y de ahí no hay quien le saque... Marchaba yo- -decía- -con don Pelayo Pérez aquel día, cuando voy y me topo (lo que va entre comillas es un tropo) al caer de la tarde, con clon Lucio Vclarde, dueño de un almacén de ultramarinos de los Cuatro Caminos, y con don Lino Daoiz, un prestamista de la calle de Lista. Adeudaba yo entonces á don Lucio diez pesetas, y el hombre fué tan sucio, que- -aunque nic vio con don Pelayo Pérez- -me reclamó la deuda... El ex alférez debía otros dos duros á don Lino, y éste fué tan marrano (ó tan cochino) que le exigió también el cumplimiento de sil deber... Entonces don Pelayo (perdonad si me siento, por una vez siquiera, clasicista) despareció vcloce como el rayo... Perdímosle de vista los tres: mí acreedor, el prestamista y un servidor de ustedes... Don Lino se timaba á las paredes. Velardc me agarró por las solapas, diciendo á voz en grito: ¡Xo te escapas! yo, para salir de tal apuro, le largué bajo cuerda medio duro (que era todo el caudal que poseía) y ofrecí darle el resto cualquier día... i Cualquier día iba á dárselo! De fijo, que podía esperar sentado... Y dijo el prestamista entonces, con elocuencia digna de esculpirse en mármoles y en bronces: -Me parece muy sucio (y aquí un verbo que no puede escribirse) el proceder de usted, señor don Lucio, pues si este caballero le ha dado á usted dinero, y yo di á usted cincuenta y tres reales y diez céntimos justos y cabales, ó- -lo que es igual- -trece pesetas treinta y cinco, me i arece que ha llegado el r omento del rej; arto, pues no está bien dejarme sin u. n cuarto... Para todo hay remedio; conque así. vea usted... -Xo veo el medio. -Pues yo sí que lo he visto. ¿Qué medio? -El medio duro, ¡vive Cristo! del cual me corresponde la mitad por lo menos... Y responde don Lucio: -i Eh! Poco á poco... No es que yo haya querido hacerme el loco, es un decir, ó el sueco, guardáiKb; me la luz pero no paso por carros y carretas. ¿Es, acaso, dueño usted de mandar en mi chaleco... -Soy acreedor. ¿i C ué, señor don Lino? A salirme a camino, para desvalijarme entre dos luces, como los bandoleros andaluces... Tiene gracia la escena. ¡Xíi que fuese Madrid Sierra Morena... Usted será el bandido! -le replicó Daoiz enfurecido. Y promovieron tal marimorena, pasando de los gritos y las voces á darse de- ¡uñadas y de coces, que fueron á la Casa de Socorro los dos púgiles héroes de Cascorro... Y, del sol á los últimos destellos de aquel inolvidable dos de Mayo, fui á la Dele con ellos... ¡Qué bien el ex alférez don Pelayo hizo al huir veicce como el rayo... CARLOS MIRANDA.