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-Pretenden, padre- -respondióle con melodiosa voz su hija Delia, -que los dioses te enviaron á la Tierra para que escribieses y legases á los mortales el libro de la experiencia y el arte de hallar la felicidad. Ah! Muy cierto es, hija mía; merced me lucieron los dioses de su más preciado don, del que más anhelan los hombres sin acertar con él, sin duda alguna porque lo han al alcance de la mano; llegué á ser feliz, muero contento. La felicidad nos hace olvidadizos, y yo, no exento de los humanos defectos, no tuve nunca tiempo, en mis muchos años, para consagrar un instante á. la dicha de las generaciones futuras. No importa; me sobra tiempo todavía. Dame, Delia, aquel rollo de papiros; es el libro que pusieron en mis -Toma- -dijo cerrando el infolio; -ahí está escrito cuanto aprendí y cuanto sé. Cuando Delia salió al peristilo, cien brazos nervudos arrancaron de manos de la niña el grueso infolio. Entonces entablóse entre la muchedumbre, ebria de egoísmo, tm pugilato estruendoso por la posesión del libro; en la refriega quedó destrozado, hecho añicos. El Hombre, rodeado de su esposa y de sus hijos, expiró plácidamente mientras á la puerta de su hogar la humanidad arrebatada destruía brutalmente su más bella esperanza, tal vez la única razón de su existencia. Y los hombres nunca supieron que en un ángulo del infolio bárbaramente pulverizado, el manos, para que en él vertiese mi ciencia, los dioses inmortales. Y abriendo al azar el grueso libro, mojó el cálamo en ia tinta que en una vasija de cobre le ofrecía Delia y escribió en el ángulo de una hoja una frase breve con caracteres menudos, casi ininíeligibles. DIBUJOS DE A- E, DEZ BRJ Hombre, con letra menudísima y temblona, cóntestando á la pregunta ¿Qué ha menester el hombre para ser feliz? escrita con k ¿ras de oro por lo3 dioses en la primera hoja, había ti azado estas palabras: El amor, sólo el amor basta. h. L A F U E N T E V A N R E L L O NUESIRu CÜNCUSSO DE CUENTOS. L M A B E T