Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
te, perdido ya todo r. spelo á la mansión olímpica y á sUs inmortales moracKjres; ondulaba y palpitaba aquella turbamulta compae; a con ensordecedor esiruendo, como bulle y rebrama un mar embravecido. Y en tanta confusión y en fragor tanto, H- rdianse las voces en los ámbitos del es jacio sin que pudiesen los dioses entenderlas. (iravc, apacible, bierático, alzóse un dio. -extendiendo sus brazos hacia el ueblo, imi) uso silencio con un soberano ademán. Cesó el griterío, cesó el movimiento y sobre aquella muchedumbre extática descendieron, claras y distintas, estas palabras -De grande entidad debe de ser, ¡oh, pueblo heleno! la causa que te mueve á hollar la sagrada morada de tus dioses. En otras ocasiones, habéis venido á implorar justicia los pobres y oprimidos contra vuestros tiranos y opresores ó á demandar favor los poderosos i) ara reprimir á vuestros siervos que ponían todo su conato en declararse h o r r o s mas hoy, unidos y concertados vemos á los altivos y á los miserables, á los que rei) osáis en muelles lechos y á los que dormís en empedernidas yacijas. ¿Qué queréis? ¿Q u é deseáis? ¡Tome la voz el más anciano de vosotros y exponga de una vez vuestros anhelos! De un grupo de corifeos partió y adelantóse un viejo, levemente corcovado, de blanca barba y venerable aspecto: -i Oh, seres inmortales! -dijo con reverente, pero firme acento. -Xunca turbara la humanidad vuestro sosiego si en vez de procurar liacerla sabia curarais de hacerla feliz. Abrís á nuestras inteligencias fáciles caminos ara las investigaciones filosóficas; nos mostráis los misterios de la mecánica sideral; ponéis de manifiesto los abstrusos principios que gobiernan á los seres; nos favorecéis dándonos ai) titudes especiales para la oesía y el a r t e ero... ocultáis cuidadosamente lo que más nos interesa, lo que nuestro corazón ansia con más vivos anhelos: la felicidad. Sois generosos; sed espléndidos. Xo queremos ser sabios Cjuercmos ser felices. -E s razonable, es justo lo que pedís. Tornad cuando el sol enrojezca con su postrera lumbre la cima del Himeto y concKeréis nuestras resoluciones, -las cuales, yo os lo fío, serán favorables á vuestros deseos. Y con reposados continentes alzáronse los dioses y se retiraron apoyándose en sus argénteos cayados y arrastrando las pomposas haldas. Mientras, el pueblo, poco antes irritado y á la sazón domeñado y manso, salía de la olímpica mansión esperanzado y satisl cho. J) e iluso, de candido, de visionario y de poco avisado tildaron ai orador sus cüm añeros: mas él, con la serenidad de la clarividencia y la ürfia de la fe fundada, insistió de tal modo y con tal elocuencia que los dioses hubieron de acceder á su demanda. L na vez acordado mostrar al homl. irc el camino de la felicidad, vicronse los dioses en grave aprieto. ¿i caso sabían ellos, con ser omnuH) tentes, (jué había menester el hombre para ser íeliz? La felicidad de los mortales, ¿sería la misma de los dioses? Xueva y larga y tendida discusión albcjrotó á los inmortales: al fin i) revaleció la opinión del dios conciliador y (juedó resuelto iic el hombre mismo, un hombre sui) erior en algún modo á los demás, fuese el designado para pronunciar la palabra definitiva y legarla, como pieciada herencia, á la humanidad. Aqtiella tarde, al ocaso, cayó blandamente la nueva sobre la multitud anhelante como lluvia sobre campo reseco. De ciudad en ciudad, de villa en villa, de campo en campo se esparció la noticia, y las gentes gozaron ya de tm rincíi) io de felicidad, por iue en sus pechos, antes helados, sintieron el calor de la esperanza. Nació, por fin, de modo misterioso, el Elegido de los dioses: el Ilombre. Sobre su frente espaciosa volcaron las deidades sus dones más reciosos y ftié inteligente, hermoso, fuerte, oderoso y j u s t o sti espíritu inquieto le m o i ó á toda suerte de empresas y de aventuras. Fué sabio y deslumbró á la T i e r r a fué guerrero y domeñó el m u n d o fué navegante y sti audacia extendió los límites del orbe conociclo; ftié inventor y doté) á los hombres con valiosos descubrimientos; fué apóstol y cambió la faz de las sociedades. Gozó todos los placeres, sufrió todas las amarguras, sintió y ensó mucho más de lo que había sentido y pensado toda la h u m a n i d a d sus sentidos sutilísimos y sus facultades afinadísimas le permitieron escudriñarlo, analizarlo y saberlo t o d o el universo ftié pe (ueño para tan sobrehumana grandeza el Ilombre, magnífico y grande siempre, vio pasar ante sí generaciones inntimerables que le adoraron y creyeron en él como en la eterna existencia del Sol, pues por tradición, cuidadosamente conservada, sabían que el Hombre era el Maestro que algún día pronttnciaría la mágica palabra ue les daría la felicidad. Súbitamente, en cierta ocasión, el mundo pareció quedar vacío, desolado. El Hombre había desaparecido. La humanidad, desatentada, loca, prorrumpió en quejidos de dolor y rugidos de ira. Todos los ueblos lanzáronse con ansia, con delirio angustioso, en busca de su esperanza desvanecida. (Jasáronse muchos años y muchos lustros y las gentes, ¡lerturbadas, recorrían en vano los esconces más abstrusos de la Tierra. Reuniéronse los dioses en conventículo magno. ¡Cómo! -decían algunos, los más autócratas, de los inmortales. ¡De modo tpie ya no le bastan á ese ser egoísta los jilaceres, ni la ciencia, ni la virtud! Quiere todavía m á s! ¡Quiere ser feliz, como nosotros los seres su remos! Tamaña soberbia y tamaño desacato merecen castigo severísimo. Otros dioses menos entonados, erorando con más mesura, hallaron casi natural la etición de la humanidad. Y hubo uno, el c uc con tan afectuosos modab s dirigiera la voz al ueblo, que defendió muy gallardamente el alegato del hombre. ¿Q u é quieren, qué claman, ciué vociferan? -decía el Ilombre, oyendo desde el lecho, ya cercana la hora postrera, el clamoreo de la muchedumbre que allá en la ptierta pugnaba por entrar en el aposento del moribundo.