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u. LAS SILBAS EN EL TEATRO T ejando aparte las muestras de desagrado que existían en los teatros de Grecia y Roma, tan antiguas, que ya Epigénidcs mereció la hostilidad de los espectadores por intentar que desapareciera ac uel tantas veces inoportuno loro que representaba la tradición griega, hemos de ocuparnos de las silbas en la escena española. Con las comedias debieron comenzar y con ellas prosiguen para tormento de autores dramáticos, desesperación de cómicos y miedo de empresarios. Ya Lope de Rueda en sus Loas pedía la benevolencia del público, y acjuellos sucesores del famoso Caíihoja, cuidábanse de evitar á todo trance el desagrado de los bancos y desvanes, pues á veces no había objeto á mano que no volase al improvisado escenario, ni frase agresiva C uc no lastimase los oídos más ó menos castos de damas y galanes, teniendo necesidad de correr la cortina más c ue de prisa ante el miedo de lo C uc; pasar pudiera. A fines del siglo xvi las silbas estaban muy generalizadas y era rara la comedia c ue no sufría las iras del público. Tirso de Molina, el inspirado fraile mercenario, dice. No eran las comedias buenas, pues de disparates llenas á otro las silbaban. Cristóbal Suárez de Figueroa, en su libro El passagero. Advertencias útilísimas á la vida humana (Madrid, 1617, por Luis Sánchez) dice, al folio 104: Dios os libre de la furia mosqueteril; entre quien no agrada lo qtie se representa no hay cosa segura, sea divina ó profana. Pues la plebe de negro no es menos peligrosa desde sus bancos ó gradas, ni menos bastecida de instnimeníos para el estorbo de la comedia y sus regodeos. ¡Ay de aquellos cuyo aplauso nace de carracas, cencerros, ginebras, silbatos, campanillas, capadores, tablillas de San Lázaro y, sobre todo, de voces y silbos incerables. Todos estos géneros de música rcso 1 i) ii no liá mucho en cierta farsa, llegando la dtsverguenís i pedir que saliese á bailar el poeta, á quien llamaban por su nombre.