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T. río nicrn. aba, 1 a tierra se encogía resípicbrajándijse y la mies sedienta alzaba las panojas raquíticas con la cerviz doblada. El musgo de las tapias del molino y de las losas que le ícjaban era yesca l ajo los fuegos de un sol dcs iada (lo en el zaguán, pisoteadas or las gallinas hambrientas, enfermaban do ocio las herradas almadrcñris y el gran paraguas l) isiego, y el vaho añejo de la humedad sahumaba su acritud en los ardores del aire. V. molinero tenía una hija moza v galana: la hija moza del molinero llevaba una mansa tristeza en los ojos y un dejo cadenciosamente desmayado en el habla. ir- A roncera al ajetreo casero y tenía, latente y oculta, una gran rebeldía á la servidumbre. Sus oíos eran claros; sus cabellos, castaños, y tan señoril la gentileza de su talle, ue era acaso, en la intinn dad de su alma, el aventador de su rebeldía á la servidumbre y de su repugnancia al trabajo rudr) bh a el molinero rócer de estatura, viejo y aguileno: tenía los movimientos torpes y la lengua más torpe que los movimientos. La edad le blanqueaba barbas y guedejas y ¡a harina los haraiios ue vestía: parecía la estatua de mármol de mi profeta hebreo. La moza sentía un vago anhelar inquietante que era la nostalgia de lo desconocido: el viejo, las amarguras del desamparo ennegrecidas por la edad. I,l eval) a en el aínia una desolación tan gi ande conio la de las micses agostadas. Avanzaba Agosto; el arrovuelo exhausto parecía una cinta de plata constelada con las irisaciones de la lumbre del cielo, y su épica voz de las rapsodias invernales desmayó hasta caer en un largo gemido soñoliento. A la luz bermeja del atardecer salía el molinero del molino, y clavando su talle aventajado al borde del cauce, miraba extático los desmayos de la corriente. El ambiente caliginoso alzaba del cauce un cejo denso y opalino acabando de agotar sus menguados arrestos; el viejo hundía en él la furia de sus ojos y volviéndose á la moza, que rumiaba sus ensueños en el poyo del imibral: El sol nos roba el agua y con el agua el pan gritaba en su lengua tartajosa. El sol enrojecía con sus reflejos gachos la última dentellada de la sierra; el viejo, alzando los ojos amenazadores y el puño encrespado: i Asesino, ladrón, asesino l vle gritaba enfurecido. La moza, con estoica indiferencia, perdía su mirada triste en la vaguedad del crepiisculo. La hija del molinero, que trajinalia en los aledaños del molino, vio al mendigo, y como le vio inválido y joven, llenósela el alma de compasión. Del viejo arcón de talla donde el pan se endurecía, sacó un zoquete y brindóscle al mendigo. El pan que le daba la moza iba amasado con sangre de su iiadrc; en él iban las fatigas de muchos dí as y los desvelos de muchas noches. La moza suspendió el trajinar de ünísima gana y vino á sentarse en el ¡oyó de piedra; el mend. ígo. á la vera suya, mordía el santo pan de la limosna. El molinero chapoteaba en el fango amenazanrlo al sol, y el sol se burlaba del molinero enii) añando en sudor las arrugas de su frente, cómo un salivazo lanzado por su alta faz de ardieruc úr nu- a contra la faz de cordobán del viejo. í a moza demandó al tullido el suceso de su desventura, y el tullido rezó el i oema de su vida aud; iriega, entreverando amargas realidades con esperanzas halagüeñas, que no hay alma tan verma donde no florezca el árbol de la esperanza. Ilabló le su i) eregrinaje limosneando por las romerías de la comarca, V de tierras lejanas y de luengas jornadas, y alumbraba la relación con a uellas mansas caricias de sus ojos febriles. La moza le oía extática, enhebrando el hilo (le la relación cuando el mendigo le perdía ara morder el pan, y entonces buscaba con sus ojos claros la lumbre de sus ojos negros. ííncauzada su charla, el tullido volvía con ella á los lances de su miseria aventurera: el viejo continuaba chapoteando en el fango; el sol huía y la noche lagrimeaba s bre el desfila (lero angosto el rocío de sus melancolías. El mendigo pidió al viejo licencia para posar solare los duros maderos del zaguán las fatigas de la jornada. El viejo, que era compasivo y se veía cerca le los umbrales de la hermandad de los mendigos, le dio posada. En sus cortos y tristísimos sueños cíen veces se vio arrastrando su ancianidad desamparada por los caminos, pordioseando el favor ajeno de puerta en puerta. El tullido besó la puerta hospitalaria que amparaba su astrosa persona con fraterna confianza. En las frondas del alisal vecino piaban los gorriones la balada de los humildes. r Una tarde llegó al molino un mendigo plañendo la eancamurria de sus lástimas. El mendigo era joven y tullido perdió un brazo en tma cantera y el miedo á la vida miserabte en el polvo de los caminos. Tenía el talle alto y desnutrido, la tez abrasada por la intemperie y uiía expresión ensoñadora en los ojos grandes, negros y dulzones. Cuando alzaba el eco monórrimo de sus lástimas parecía trovar una balada de melancolía norteña, y cuando besaba la limosna parecía querer entrar con las caricias de sus ojos agradecidos hasta el fondo de las almas buenas. La tarde aquella el ambiente ardía y el río se desleía en el ambiente. La muela giraba con una pereza desesperante, y el verdín que alfombraba el fondo del cauce exhausto flotaba aterciopelanclo su cristal cenagoso. El viejo, hundido hasta las corvas amojamadas en el fango, cerraba con césjied las fugas del agua; y al incorporar trabajosamente su cansada humanidad, asaeteaba al sol con unas miradas enconadas tan profundas como el odio que le tenía, l d tullido llegóse al molinero. -Molinero- -le dijo, -traigo cuatro leguas lc camino y diez horas de hambre dame pan, molinero, pcn- amor de Dios. -Pídesele á ese hulrón que me lo roba- -contestó el viejo señalando al sol. Un velón ahumaba la corteza empedernida de un leño del cual pendía, y á las mortecinas lengüetadas de su candela orlada de tizne, atendían el viejo á la molienda calmo, sa y la moza á la charla del tullido. Embellecía su lengua los lances de su ambular peregrino por poblados y despoblados, y al pasarlos por la criba de sus remembranzas, sólo respetaba la parte seductora de la vida nómada, olvidando, acaso insensiblemente, los rigores sufridos; que no hay mavor cristal de aumento que el tiempo visto de espaldas, ni verdad más grande que aquella del viejo llardo castellano de que cualquiera tiempo pasado fué mejor. La moza, entornando los ojos, entreveía, detrás de los riscales nativos, dilatarse los horizontes hondos V rientes de sus ensoñaciones solitarias: y al volver á la realidad sentía enconársela la rebeldía latente contra aquel vivir de un deseo sin esperanzas de conseguirlo. Y ya líien entrada la noche durmiéronse todos al canto monórrimo de las aguas y al lento bataneo del sencillo artificio, el viejo y la moza en la lobreguez de sus tugurios y el mendigo sobre la dureza de los granos hacinados. -A En pago acaso de su caridad, tuvo el molinero a uella noche vma modorra apacible soñó con prodigalidades de las mieses, torrenteras en la hoz y giros vertiginosos de las ruedas del molino. Antes del alba espantóle la modorra un rumor trepidante lejano a uel rumor, no le confundían los oídos del viejo, era el clamoreo de una tronada que avanzaba sobre los calvos riscales. Alzóse el viejo, trémulo de gozo.