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M U J E R E S DE PARja I a señorita Blondinette es una antigua amiga nuestra. ¿No os acordáis de la señorita Blondinette? Id, id haciendo memoria. No pensaba la famosa divette dedicarse á las tablas cuando á los diez y seis años se casó con un negociante millonario... y viejo. Naturalmente, el matrimonio no fué feliz! Qué queréis! Estos señores gordos, viejos y ricos, son caprichosos, y creen que el dinero lo puede todo; pero las muchachas como Blondinette, un poco soñadoras y un mucho sentimentales, si en el primer monlento se dejan deslumhrar por el oro, luego meditan y le desprecian. En fin, que el matrimonio se deshizo, no sé por qué poderosísimas razones que alegó Blondinette. Ya supondréis que las razones que alefrara el marido no eran tan poderosas. Y á los diez y siete años la señorita Blondinette se presentó en los lugares alegres de París cubierta de brillantes y compitiendo en lujo, elegancia y riqueza con las más encopetadas beÚes de nuit. En París, cuando surge una de estas estrellas desconocidas, adviértese un ligero movimiento de curiosidad... Primero se la observa para ver si sabe llevar la ropa con distinción y si es- chic, y en seguida pregúntanse unos á otros: ¿Quién la enteretine? Claro que esto no puede permanecer secreto mucho tiempo, y, como es natural, apenas se señaló la aparición luminosa de la señorita Blondinette, súpose en París que su protector no era otro que Román D Aurinac, el hermano de Teresa Humbert... ¿Habéis caído ya en la cuenta? Os acordáis ahora de la señorita Blondinette? Cuando los Humbert fueron á refugiarse en Madrid, Román D Aurinac convenció á Blondinette para que se fuera á Buenos Aires, porque de este modo despistaba á la policía. Y la ingenua Blondinette, que no sabia una palabra de los líos de los Humbert, se presentó en Buenos Aires, donde la policía se apresuró á meterla en la cárcel. Y vean ustedes lo que son las cosas... En aquel momento comer. zó la vida artística de la señorita Blondinette. Puesta en libertad á las veinticuatro horas, los empresarios de los teatros se la disputaron á peso de oro, y como toda parisiense sabe, bien ó mal, cantarse tres couplets, la señorita Blondinette se dejó convencer por un director generoso, y mediante la módica retribución de mií francos diarios, consintió en debutar... Todo es empezar... Luego se aficionó á las tablas, triunfó en París, fué haciéndose cartel y hoy es una de las divettes más celebradas de los teatros del bulevar. Como tiene más historia que Simbad el Marino, un buen día se arrancó escribiendo en un periódico; el público leyó con gusto las cosas de Blondinette, y hoy, á sus méritos artísticos y mundanos, une los literarios que, yo os lo aseguro, no son mejores ni peores que los de Jane Catulle- Mendes, la marquesa de Noailles ó Lucía Deslaruc- Marnis. La señorita Blondinette ha entrado en su período de tranquilidad. Ahora, durante el día, escribe para Le Nouveaii Siecle, y de noche hace la comadre en la Grande Revue, del Olimpia. No tiene preocupaciones ni cuidados... Román d Aurinac, en sus días de esplendor, la regaló una buena renta vitalicia... ¡Que vengan á decir á la señorita Blondinette que los millones de les Crawford no existieron jamás! Pero, eso sí, la señorita Blondinette, aunque procura disimularlo, no es muy amiga de los es añoles... i En cada español ve un denunciador! ¡Ah, Cotarelo! ¡Quién te mandó meterte en ca a de once varas! JOSÉ JUAN CADENAS.