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-1,0 sabemos sm que quepa duda- -me dijeron, -porc uc la piedra qiic Konesa tiene debajo de su cabecera disminuye de peso, señal de que la enfermedad mengua también. Pasó alo ún tiempo sin noticias del viejo pescador. No me decidí á visitarle en su cabana, ó cueva stibterránea, construida con pieles de foca y costillares de ballena, porque, á la verdad, aaueí ambiente y aquel olor eran para tumbar de escaldas, por recio auc se tenga el estómago. Llep ó, sin embargo, un momento en que nos acercamos á la ranchería á fin de contratar á algtmos de los esquimales más robustos y diestros en la caza, que nos acompañasen con sus trineos y sus perros en una expedición que proyectábamos, y entonces quise informarme del estado de Konega. Sin señales de disgusto me respondieron que, ahora, la piedra pesaba más, indicio evidente de que el enfermo empeoraba... Y vuelta con la piedra! ¿Quién se pone á discutir con esquimales? ¿Qué decirles á gentes que comen, á manera de confitura, el sebo y la vaselina, y cuyas mujeres os abrazan si les regaláis una pastilla de jabón, que saborean quitándole el papel de plata, lo mismo que si fuese un marrón glaccf Al desviarnos un poco de la rancliería, vi que acababan de construir una cabana nueva, hecha por el sistema, usual en estos pueblos del círculo polar, de emolear como materiales de construcción grandes bloques de hielo. Estos sillares transparentes son sólidos y duran mucho. Y la cabana de hielo al principio es bonitísima. Un templete de cristal. Al través del hielo pasa una luz misteriosa, una claridad dulce, de infini a calma; y si el sol, al ponerse, hiere los muros, los arranca reflejos de fuego y pedrería y juega cotí las luces peregrinas, como si todo el edificio ardiese. Algunos esquimales se ocupaban en amueblar la nueva habitación con lujo; tendían cuidadosamente en el suelo pieles de reno, de oso y de perro polar, mullendo una cama; colocaban sobre un poyo de hielo una jarra de agua de nieve derretida, y una lámpara de las que ellos sus hijos dentro de las botas, siempre es cosa buena el amor... Aquella noche nos convidaron en la ranchería á un banquete. Rehusamos políticamente, porque sabíamos que se trataba de devorar cuartos de perro marino y morsa, y de beber aceite congelado; ofrecimos dos ó tres botellas de aguardiente, y prometimos ir un momento, como el que dice, á los postres. Aun esto requería valor. Nos brindarían algún asqueroso regalo... Grande fué mi sorpresa al ver al anciano Konega presidiendo el festín. Estaba tan demacrado que daba miedo, y no comía, mientras los demás tenían la cara roja de indigestión; les salía por los ojos la comilona. Al final, le fué presentada á Konega- -supremo obsequio- -una pipa rellena de tabaco, y el patriarca la apuró con voluptuosidad lenta, traga dose el humo para no perder nada del goce... Su cara expresaba perfecta beatitud. Al otro día salimos á la expedición, en la cual hicimos una matanza regular de morsas y focas, y regresamos á. los dos días, exhaustos de cansancio y habiéndosenos agotado los víveres. Para los esquimales había hartura, porque ellos devoran la foca fresca y no fresca... Nosotros sentíamos necesidad, y la cabana de la factoría, un poco más decente que las de ellos, nos pareció un paraíso. Mi primer salida ftié para rondar la nueva residencia, por curiosidad de ver á los novios, á quienes suponía comiendo el pescado crudo de la boda. Un silencio absoluto reinaba alrededor. Dentro se oía un gemido estertoroso, y se veía un bulto informe. Desvié el sillar ele hielo que cerraba la puerta y encontré al vicio Konega en el trance de morir. La lámpara estaba apagada, la cántara vacía. Me incliné para socorrerle; el moribundo abrió á medias los ojos, y, sin articular oalabra, se volvió hacia la pared. Fué como si me dijese: Déjame irme en paz; mi hora ha llegado... En la factoría me enteraron luego de la costumbre. Cuando se prolonga el padecimiento, el enfermo es abandonado dentro de una cabana, cuya puer- 1 A wsm ta se cierra. Ni él protesta, ni titubea la familia. El cariño es una cosa y esto es otra... ¿Verdad que es un pueblo extraño? -añadió Igor, que aún parecía sentir la horripilación de la cabana que creyó tálamo y era ataúd. -No es pueblo- -respondí. -Es una plaza sitiada por hambre... ¡Sobran las bocas inútiles... LA CONDESA DE PARDO BAZAN. DIBUJOS DE MÉNDEZ BRl G usan, donde arde tin puñado de mus o seco alimentado con aceite de ballena ó de foca. ¿Y qué imaginé yo? Como acababa de dejar en uua aldeíta, cerca de Moscou, á mi novia, y me acordaba bastante de ella en aquellas soledades, creí que la caljaña era para unos desposados, y sentí envidia, porque, aun en tierra de mujeres tatuadas y que llevan á