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-Sq a aé cartas de iifa Clara IV Contrastes. -Convencionalismos del luto. -Variedad de criterio, -El color del luto. -usos y costumbres. -Duración de los lutos. -Alivio seriedad y sencillez. -Las joyas. Prórroga. -El novenario. -Dispersión. -Ministra del Sacramento y madama. -El bautizo de un obispo. -Cuestión de nombres. -Vulgaridad y cursilería. -Regalos. -Parentesco. T ienes muchísima razón, querida Consuelo: la vida está tan llena de contrastes, que puede decirse que es un puro contraste toda nuestra vida. Tu carta me da de ello buena prueba, pues en ella tienes la bondad de consultarme sobre cosas tan opuestas como un duelo y un bautizo. Afortunadamente, la primera de dichas consultas no te interesa más que por referencia, puesto que se trata de la muerte de una tía de tu mejor amiga y no de persona alguna de tu familia. Comenzaremos si te parece por el asunto triste, para ocuparnos luego con mayor placer en el agradable. Este asunto de los duelos, y diremos mejor de los lutos, no está sujeto á otra legislación que la de la costumbre. La forma material de exteriorizar nuestro dolor por el color, la forma ó el adorno de nuestros trajes, no puede ser más convencional. ¿Qué tienen que ver el grado ni la intensidad del dolor verdadero que el alma siente al perder para siempre un ser querido, con el figurín que adoptemos para vestirnos? El luto es uno de tantos caprichos de la moda que se nos impone por la costumbre general. Es, sin embargo, muy humano el instinto de demostrar el dolor por signos exteriores, y nos lo demuestra la historia de todos los tiempos. Siempre han existido formas de luto para expresar el dolor, pero la prueba de lo arbitrario y convencional de estas formas se comprueba por la gran variedad que los distintos pueblos y las distintas épocas han creído las más apropiadas para aquel objeto. Yo he leído que los hebreos, para dar pública prueba de su dolor, desgarraban sus vestiduras. Calcula lo que varían los tiempos y dime en confianza si se encontraría entre nosotros viuda ni huérfana inconsolables que se decidieran á salir á la calle con los vestidos hechos jirones por grande y sincero que fuera su dolor. Lo mismo digo de la costumbre de los egipcios de afeitarse las cejas en señal de luto. En cuanto al color del luto, que á nosotros nos parece que no puede ser más que el negrp, creo recordar que las matronas romanas para el luto de sus hijo s se vestían de azul celeste, y aunque desde el siglo XVI se adoptó el traje negro y hoy es éste el que se usa en todo el mundo cristiano, el rey y los cardenales vestían en Francia de color violeta, 3- aun hoy los musulmanes gastan para luto ropas azules ó violeta, grises los abisinios, y azules los japoneses y mucha parte de los chinos. Indudablemente que á cada pueblo de éstos le parece que el color de su luto es el realmente serio y triste y les extrañará la excentricidad de los que. lo llevan de otra manera. Por este carácter puramente convencional, opino yo que no cabe discurrir sobre la forma más apropiaba ni el tiempo debido de los lutos, porque no hay razón sólida en que apoyar un juicio sobre estas cosas. Se trata de usos y costumbres, y á ellos hay que atenerse sin meternos en innovaciones. Por esta razón tienen una duración determinada los diferentes lutos, como si fuera posible ni lógico calcular de antemano lo que va á durar exactamente nuestro sentimiento. Respecto de este punto, te diré lo que hasta ahora tengo por vigente de esta legislación que no está escrita en ninguna parte. El WCá f luto de las viudas es de trece me K V ses; el que se lleva por los padres dura un año; por los abuelos y los hermanos, seis meses; por los tíos carnales y primos hermanos, tres meses de medio luto. Quiere la ley de la costumbre que no se salte de pronto del traje de duelo al de color, y ha establecido esa transición que llamamos alivio de luto. Respecto del rigor del luto, no me atrevo á darte reglas fijas, porque en esto más que en nada impera despóticamente la moda, y, por lo tanto, varía muy á menudo Lo fundamental en esto, puesto que hemos convenido en que nuestro traje exprese nuestro dolor, es que la seriedad y la sencillez dominen. El excesivo adorno, sea del color que sea y cualquiera que fuere la tela que se lleve, siempre resultará menos natural y propio para una persona cuyo espíritu acongojado no debe tener pretensiones de lujo ni de vana ostentación. Por esta misma causa, encuentro muy lógico que durante el luto riguroso no se luzcan joyas. En esto verás seguramente bastantes excepciones, y no faltará quien te diga que se pone éstas ó aquellas preseas, porque proceden de la persona fallecida y constituyen para ella como una reliqaia ó sagrada memoria. En cuanto al tiempo de duración, también es varia la práctica, y generalmente tiende más bien á prolongar que á abreviar el tiempo del luto: unas personas porque creen de buena fe que estos signos exteriores forman parte integrante de su pena, y otras, aunque no participen de tal creencia, para que los demás no digan que estaba deseando dejar el luto por prematuramente consolada. ¡Hay tantas cosas en que tenemos la pretensión de engañarnos los unos á los otros! Me dices que la tía de tu amiga le había servido de madre, y como, después de todo, estos usos y prácticas mundanos tratan de reglamentar los lutos interpretando el grado del dolor por la proximidad del parentesco, si como madre la crió y como madre la quería, luto de madre debe llevarle. Muy bien me parece que te hayas dedicado á acompañarla: tus consuelos, dada vuestra íntima amistad, tendrán para ella más eficacia que todas las frases de fórmula que la dirán y escribirán sus amigas y conocidas. Por lo demás, no te aburrirás del t o d o e n estos días del novenario, porque, aparte del Rosario en colectividad, que ahora es costumbre rezar en la casa del duelo, aquello se convierte en una reunión como otra cualquiera en que se charla de todo, se bromea y hasta se ríe. A mí me ha sucedido, al ir á dar un pésame, llegar á la puerta y creer que me había equivocado de piso. Tal era el ruido y la animación que se percibía desde la escalera.