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prefirieron hacerse un medio que se adaptase á ellos. Y sucumbieron con gesto estoico. Os diré cómo. Ansia de trasponer el lindero sentía el mozo y anhelo de conocer lo que imaginaba fuera del bosque. En su centro naciera; allí había crecido y le habían educado sin que jamás le permitiesen alejarse de la señorial residencia cercada de prieta arboleda. El severo ayo, cuidadoso en sus paseos con Camilo de esquivar las lindes, reprimía el más vivo deseo del mancebo; ver horizontes amplios y despejados; ver tierra abierta, dilatada, desnuda de aquella vegetación pomposamente frondosa y verde la mitad del año, reseca y triste la otra mitad, impenetrable á la mirada y agóbiadora siempre; ver aquel mundo bello y lejano, entrevisto en sueños, éxtasis y vuelos del inqiiieto espíritu. Cierta tarde, Camilo, rehuyendo la obstinada vigilancia del ayo, partió á campo traviesa y llegóse al lindero del bosque, donde comienzan los encantadores jardines que dan á la comarca el nombre de El araich (jardín de los placeres) En punto tal, truécase la bronca aspereza del suelo en pendientes muelles y superficies aterciopeladas; truécase el hirsuto ramaje en redondeadas copas y en macizos de plantas; truécanse los fuertes colores pardos y verdes de la Naturaleza bravia en suavísimos tonos de delicada hermosura. Y al trasponer la linde, al par que la Naturaleza cambia su ropaje, los caracteres reflexivos, los huraños, los fríos, los graves y sesudos, tórnanse risueños, francos, placenteros, flíxibles, como si hubieran dejado allá en la Camilo Talavera no pudo permanecer recluso en sombría rispidez del boscaje los pensamientos alam- sus selváticos dominios; y dueño ya de ellos por hebicados, las ideas profundas, los sentimientos intrin- rencia, hubo de abandonarlos cuando comenzaba á cados, para substituirlos por pensamientos y sensa- poseerlos, trocando por el bullicio mundano el silenciones de encantadora superficialidad, de deliciosa li- cio profundo y la soledad pavorosa de las grandes gereza, de refrigerante frescura. frondas. En aquel tendido valle todo es bello, lindo, riente; Imperiosos menesteres de su estirpe lanzáronle á vierais allá una luz ni escasa ni excesiva, discreta, la lucha con los humanos en inferioridad de aptituc parciéndose y como posándose sobre las plantas, des bélicas por lo mismo que les superaba en dignilasfuentes y las estatuas con languidez, con acaricia- dad, en nobleza de sentimientos y en elevación de dor desmayo, con voluptuosidad exquisita. Vierais inteligencia. Claro está que en condiciones tales suallá multitud de doncellas luciendo inmóviles sobre frió estrujones del corazón y desgajamientos del pedestales la desnudez de estatuarias formas, bañán- alma; pero no fué en los sucesos más im ortantes de dose en las aguas límpidas, envolviéndose con falso su vida donde se decidió la suerte de su linaje, ué pudor en tules de neblina. Vierais aquellos cuerpos en un suceso nimio, insignificante al parecer, ijueril. gallardos ostentando su esbeltez ideal sin pesar sobre En los momentos que le quedaban libres de graves ios pedestales, con la majetiad ingrávida de las car- cuidados dio en la manía de limpiar minuciosamente nes nacarinas, rosadas, purísimas. Vierais las flores todas las monedas que llegaban á sus manos; y era del jardín pulquérrimo, los amplios tazones y las enor- de ver cómo quedaban de relucientes, coquetuelas y mes conchas, los pedestales, estanques y fuentes con tentadoras aquéllas monedas de oro, de plata y de sus leves matices de chinesca porcelana; vierais el cobre poco antes negruzcas, resobadas, sucias. cielo de una tarde plácida con los amortiguados coCamilo se extasiaba contemplando en las gavetas lores del ocaso. Y vierais, en fin, aguas y espumas de su, escritorio los áureos, argénteos y cobrizos monreflejando en sus corrientes mansas, en sus haces li- toncillos de numerario que con su brillo de metal sas, en sus esponjados borbollones las espectrales nuevo inspiraba simpatía. El espíritu refinado del gradaciones de la luz... aristócrata aborrecía los cheques oficinescos, el i) aPor los paseos enarenados discurría una muche- pel pringoso de los Bancos y la moneda manoseada dumbre elegante y frivola. Camilo la miró asom- de circulación vulgar, toda aquella plebe del dinero, brado; observó en todos los rostros el mismo indefi- nauseabunda, que desconocía la higiene, que trasnible aire, la misma expresión de embobamiento é cendía á despacho, á casa de juego, L carnicería, á inconsciencia, la misma sonrisa zonza, la misma mi- Ijlazucla de mercado, á taberna y á lupanar; ¡ero, rada errabunda c inexpresiva. ¡cómo se- complacía ante los discos limpios como donEl mozo recordaba el reposado continente y el cella recién bañaíla, frescos, sonoros, atildados, ricnrostro noble de su uadrc, la vivacidad de sus her- tcs, con la atractiva sonrisa de lo luciente y ñamanmanas, la a OStura y los semblantes expresivos de te! ¡Qué delicia coger á jiuñados atiuellas monedas, los criados, el aspecto enérgico c inlcligenle de la llenarse de ellas los bolsillos del chaleco y entregargente del bosque, tan activa, tan laboriosa, tan so- las luego en trueque de algún objeto ó servicio bria: y comparándola con los nobladores de J ¿1 araich como quien jiaga con el donativo de una joya! pensó: Será como csío todo el mundo? Camilo, caritativo y espléndido, aplicaba delicaEijóse en las mujeres. ¡Qué hermosas! Muv her- damente sus riquezas al socorro de los desvalidos y mosas, sí, pero de una singular belleza fría, estática, creía que despojadas las monedas de su condición sin. alma; ni expresión en las sonrisas, ni vida en las vil, ennoblecidas p or la limpieza y por el buen uso, facciones correctas, ni luz en los ojos, azules, claros, debían de tener él irresistible imperio de lo que mortecinos. siendo útil es también bello, bello por sí y por los Largo tiempo anduvo el mozo por las calles y pa- sentimientos que representa. seos de los jardines entre aquella multitud que ostentaba en sus rostros regocijados la uniforme marca de la estulticie. En aquel ambiente echaba de menos Camilo los impulsos de su alma briosa; sentía cierta laxitud, cierto inexplicable desmayo, cierta vaciedad de sí mismo que le puso en alarma; era que al pisar aquel valle delicioso sufría el enmohecimiento de las facultades, oxidadas por el medio. Pensaba aún; pero la inteligencia, enturbiándose también, se sumía en una inconsciencia progresiva, se adaptaba al medio. Y á la sazón fué cuando los goces fáciles atrajeron á Camilo y las distracciones fútiles le ocuparon. Pasó el tiempo y Camilo llegó á sentir el hastío, la insoportable fatiga de la monotonía de los placeres, la abrumadora pesadumbre de aquella placidez que envolvía como en difusa neblina los seres y las cosas. Ün día, viendo Camilo su rostro en un espejo, no pudo reprimir una exclamación de asombro, i También tenía él la odiada sonrisa, el gesto abobado de aquella gente, el esquince característico de los que tienen ya el alma muerta y de los que aún no han comenzado la vida. Y en un arranque, en una reacción violenta de su alma, que era el alma de su raza fibrosa, el mozo echó á correr hacia su bosque, adonde llegó jadeante, gustando por vez primera la intensa vida que se desprendía de los crudos contrastes de luz y sombra, de los troncos robustos, de las ramas erguidas, de los seres vigorosos de cuerpo y de cs íritu que no se rinden á desfallecimientos morbosos.