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M U J E R E S DE PARÍS Ivliki i. DE I OUG- IT pí sto se va! -debió pensar Liana de Pougy cuando hace tres años recibiera el telegrama de Niza anunciándola el fallecimiento de Juan Lorrain... -i Esto se va! -ha debido decir ahora también al ver que nadie se acerca al solitario hotel de Saint- Germain, donde Liana descansa bien á su pesar y porque... á la fuerza ahorcan. Juan Lorrain no podía dar dinero ni brillantes á la que fué solicitada por reyes y principes, pero la dio algo que vale mucho más: la celebridad. Mientras Juai- Lorrain vivió, Liana de Pougy figuró siempre en vedette en el escenario parisiense y no pasaban quince días sin que el nombre de Liana de Pougy corriese, con cualquier pretexto, por las columnas de todos los periódicos. Cuando no era un escándalo, era la primera representación de una pantomima; cuando no, era un libro que aparecía en los esca arates firmado por Liana de Pougy. Claro que firmado nada más... Lo que había dentro no se le hal) ía ocurrido nunca pensarlo, y menos escribirlo, á Liana de Pougy. Pero murió Juan Lorrain y el sol de la celebridad de la gentil artista comenzó á eclipsarse. Estas es- trellas viejas viven en París del cartel conquistado anteriormente. De vez en cuando llega un millonario jovencito que acaba de heredar, y lo primero que pregunta al llegar á París es por la Otero, por la Cavalieri, por la Ana Ileld, por las diez ó doce fototipias de la serie 5. que hemos contemplado golosos en nuestra mocedad. Suelen decirle: Pero ¡iiombre de Dios I, si tienen ya la edad de cinco loros... i Xo importa! El millonario quiere satisfacer su curiosidad, conocerlas, tratarlas, y, si se dejan, conquistarlas... Casi siempre... se dejan. Y satisfecho el capricho, y con un par de centenares de miles de francos menos en los bolsillos, si alguien los censura, contestarán: ¿Y la satisfacción de decir que he sido el amigo de la Fulana? Las cocoltes viejas dan pocos golpes, pero ¡los que dan... Se arecen al pescador aquel que pescaba truchas con mazo... Era raro que pescase ninguna, pero ¡la que pescaba la hacía polvo! Liana de Pougy ha entrado ya en la categoría de las retiradas, y ahora se dedica á vivir de sus rentas en un hotelito en los alrededores de París, v á ver los campeonatos de boxeo, porque los luchadores la entusiasman lo mismo si son negros que si son blancos. Lo importante es que sean fuertes y que sepan darse bien de puñetazos. Alguna que otra vez cae un príncipe extranjero que se deja mondar como una atata... Y menos mal si no se lleva algún golpe, como csíe prínciije Gika que se atrevió á salir á la calle días irisados con Liana de Pougy. La criaturita se haí) ía puesto un sombrerón ¡ue daba miedo... En fin, cómo sería el artefacto, que llamaba la atención de los transeúntes aquí, d o n d e no choca nada por chocante que sea! Es decir, no era el sombrero lo que chocaba, sino aquella especie de grulla que se cobijaba bajo las alas. Y el prínciiie se las echó de Quijote, insultó á los que se reían del sombrero de su dama y... ¡no quieran ustedes figurarse la que se armó! Transeúntes, vendedores ambulantes, porteros, cocheros, verduleras y carreteros salieron detrás del príncipe y de la dama y los pusieron á caldo... Xo pararon de correr hasta llegar á la C o m i s a r í a Aquello parecía el ensayo general de una vista cinematográfica. ¡i obre Liana de Pougy I Ha vuelto á encerrarse en su hotel de Saint- Germai: recordando los tiempos en que su casa y sus hechuras la autorizaban á vestir las Mjjk prendas más extravagantes. nwkt Y al mirarse al espejo debió murmurar definitivamente ¡Esto se fué! JOSÉ JUAN CADENAS,