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sujetas á los extremos; el brazo cogía un ramal y lo volteaba en alto; lo lanzaba luego, y aquella especie de hidra silbadora, agarrándose al cuello de un corcel ó al cuerpo de un hombre, detenía y encadenaba la fuerza más veloz y poderosa. La segunda cualidad del gaucho consistía en el valor Nadie podía ampararle en la soledad de la llanura; no existiendo policía rural ni población pacífica, nutrida y sedentaria, el hombre aquel se veía solo en mitad de la naturaleza, y á sus fuerzas propias encomendaba la salvación. Si un tigre le saltaba en el camino, el gaucho había de apearse, y con el poncho en la izquierda, el cuchillo en la derecha mano, tenía que aguardar la acometida de la fiera y matarla de un golpe certero, definitivo. Si un rival salía á desafiarle, á su cuchillo entregaba también su salvación. La justicia estaba lejos, ó no estaba en ninguna parte, ó si existía era parcial y arbitraria. A veces también, una nube de indios cerriles, llamados malevos, irrumpía súbitamente sobre las estancias y poblados, y entonces el gaucho se unía á los pocos soldados que podían arbitrarse y hacía la guerra á los bárbaros. O también, lo ue era bien frecuente, se encendía la guerra civil entre los bandos políticos, y el gaucho, que amaba el peligro, espoleaba su caballo é iba á combatir por la bandera del patrón. El patrón, ó sea el amo, era su única ley; comía de su carne, y en sus pagos vivía desde niño; lo amaba con solicitud de perro batallador. Pero mi día cualquiera, el gaucho mataba á un adversario, era una desgracia que había que pagar con la huida. Lluía, en efecto, y su vida se transformaba en un continuo vagabundaje. Desde entonces se convertía en gaucho malo. Corriendo por la llanura, á espaldas de la ley, comiendo lo que podía robar, durmiendo bajo la cúpula del cielo... lü a un hombre bien proporcionado, suelto y ágil de movimientos, como buen caballista. La sangre española y la india estaban en él representadas á partes iguales. Todavía ahora pueden verse en los campos de Entre Ríos y de Corrientes tipos de hombres altos, nerviosos, bellos, de ojos grandes y algo oblicuos, color aceitunado, pelo negro, fuerte, lacio y abundante, miembros proporcionados, figura esbelta, aire un poco indolente y soñador. Le gustaba llevar la barba grande y corrida. Bajo el chambergo de amebas alas, sus ojos miraban con un tono entre altivo y retador. De su persona entera surgía un algo de noble y de ingenuo. Vestía el chiripá, lienzo de tela sujeto á la cintura y revuelto sobre las piernas: bota de piel de potro; espuela grande y aguda; el poncho de color pardo sobre los hombros, un pañuelo de color al cuello, y atravesado al cinto, por la parte trasera, el facón, casi tan largo como una espada, de corte afiladísimo y punta fiera. Sobre su caballo, el gaucho se sentía igual á los reyes. Montan aquellos paisanos con una grave prosopopeya, con un gesto rígido de señor feudal. Van tiesos, en su alta silla, y ni por casualidad vuelven la cabeza. Caminan al paso, jactanciosamente, con aire taciturno y noble. Su distintivo es la ponderación de la sangre fría, cualidad príncipe del valor hombruno. Y como su cariño, su fortuna, su ideal entero estaba en el caballo, el gaucho destinaba todo su caudal en vestir señorialmcnte á su buen potro; las bridas, los estribos, el atalaje completo era de plata labrada. Como sus antecesores y padres origínanos eran de casta de hidalgos, el gaucho heredó de ellos el tono caballeresco, peleador, altivo y un tanto jaque; y de sus madres indias heredó ese matiz sombrío, ese prurito de queja sentimental que es, sin duda, un resabio de la tristeza sombría del indio y de la desolación de la llanura. Era hijo de la soledad, y la soledad dio á sus cantos el dejo monótono, sentimental y amargo de la vidalita, canción simple, de música sobria, cuyo motivo ó lei motiv consiste siempre en la queja por la ausencia ó la ingratitud del bien amado. Pero el gaucho ha desaparecido ya... El ferrocarril, ¡os alambrados, la afirmación de las leyes, el aumento de ciudades y estancias, la propagación de la agricultura, la invasión de los inmigrantes europeos y el predominio de otros valores más consistentes, como el de la codicia, entre todos han causado la muerte del gaucho. Sus hijos son ahora peones asalariados, que apenas pueden competir con la asiduidad económica y plebeya de los europeos. La invasión extranjera los ha empujado, los ha ahogado miserablemente. Aún se conserva un resto de vida primitiva en las provincias de Entre Ríos y de Corrientes pero allí irá el europeo á exterminarlos. Sólo queda del gaucho la leyenda y el fervor patriótico con que se pondera su recuerdo. Ha pasado á ser tipo literario, como el bandido andaluz, como el majo madrileño, como el contrabandista pirenaico. El criollo ilustrado, ante la adulteración de la raza primitiva, ante la dispersión de todos los valores nacionales, siente una vaga melancolía cuando recuerda al gaucho, aquel hombre bueno y fiero, astor l 4 -4 í lr rife; Víj- y nómada, bárbaro y poético, enemigo inconsciente de la civilización y de! urbanismo. Su patria era la llanura, el desierto. En la linde del desierto habíauna ciudad, Buenos Aires, que recibía el aliento de Europa; esta ciudad era el enemigo fatal del gaucho. Al fin la ciudad salió vencedora, y de alll vino la ola civilizada que alambró, demarcó y legalizó la llanura. El desierto se ha acabado. El gaucho, entonces, se acabó con el desierto. Ahora vive solamente en las historias, en los libros de literatura, en la nostalgia de los criollos y en las tarjetas postales. JcsÉ M. a SALAVERR 5 A. DIBUJOS DE HSPl