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t TIPOS ARGENTINOS KXv l a iLXJCíiO de patriarcado; en cuanto á leyes, su única lev era su propio albedrío. Nadie más libre y nómada que él. Su raza era el fruto de un acaso. Una vez llegaron ciertos hombres audaces, desmembrados del tronco social europeo, que acaso huían de las leyes y de los respetos sociales; af uellos hombres encontraron unas mujeres salvajes que iban errando por las i) raderías y los bosques, siguiendo el rastro de la caza; se unieron los hombres audaces con las errantes mujeres y surgió el gaucho. Pero aquellos hombres europeos, de ojos brillantes y rostros barbudos, trajeron consigo caballos, ovejas y novillos; las reses, sobre la llanura inmensa, se multiplicaron en vma forma bíblica, como las arenas ele la mar; y entonces el gaucho tuvo su profesión, hecha á la medida de su personalidad: se hizo pastor. Lo cual quiere decir que acentuó su nomadismo hasta un grado supremo. Su ocuijación era bien sencilla: en mitad de la llanura había una estancia, cuyo predio alcanzaba muchas leguas de tierra, toda llana y cubierta de yerbas; miles de reses vagaban por aquella libre pradera, y el gaucho era el encargado de vigilarla, bajo los estímulos de un señor criollo, tan rústico y salvaje como el mismo gaucho, por lo regular. Allí se hacían los famosos rodeos, en que media docena de jinetes empujaban y reunían diez ó veinte mil animales indómitos; allí se domaban los cerriles potros, sin más ayuda que el valor del gaucho. Eran los buenos tiempos en que la propiedad argentina lindaba casi con el barbarismo ingenuo de las edades primitivas. La tierra no cstsiba amojonada, carecía de alambradas y de caminos; cada propietario ignoraba el número de sus reses, y en algunas ocasiones los rebaños se mezclaban y confundían, hasta que el arbitrio de un estanciero separaba para si la cantidad de animales que podía separar. Y el gaucho era el factor de estas expoliaciones, que verificaban sin malicia ni por obedecer á ningún instinto de ganancia, sino por darle gusto á la espuela y al lazo. Manejar el lazo y las boleadoras era su fiesta y su mayor regocijo. El lazo tenía varías brazas de longitud, y aunque el potro fuese más cerril y corredor, aunque el toro fuese más bravo, al gaucho le bastaba tender la cuerda, y el animal caía prendido de la parte del cuerpo que el tiradot liabía señalado, lo mismo de un cuerno c uc de una pesuña. Y con las boleadoras hacía prodigios. Eué el arma tremenda de los indios salvajes, tan eficaz como la flecha y tan certera como el tiro de un arcabuz. Consistía en tres ramales cortos, con tres bolas civilización es inflexible: arrastra las cosas y deshace todos los vestigios pintorescos del pasado. Por donde pasan la locomotora y la electricidad, las formas amables del tiempo viejo tienen que retirarse y morir. Allá en la Argentina, sobre la ancha llanura del Plata, vivieron algunas cosas y algunos tipos pintorescos, nacidos de la conjunción de españoles é indios. El tipo culminante era el gaucho. ¿Ha 1) éis oído hablar de ese ersonaje romántico, mezcla de hidalgo castellano j; de indio salvaje... Pero el gaucho ya no existe. Sin embargo, su existencia es tan reciente, que por el testimonio de los que le vieron puede todavía trazarse su retrato. El gaucho no era un hombre: era un centauro. La imaginación gráfica é ingenua de los pueblos primitivos reunió en un solo individuo al corcel y al caballero; los habitantes de la virgen América, al ver los guerreros esi) añoles, supusieron también que el hombre y el caballo formaban una. sola persona. El gaucho era como aquellos centauros de la antigüedad pagana, ó como los dioses hispanos que los inocentes indios veían ante sus ojos. Nacía, y antes de pretender andar, sabia tenerse sobre el caballo. Vivía á caballo. Saltaba del caballo para morir, y en muriendo se acaban sus cabalgaduras. Nada podía interesarle del mundo, si no fuera su caballo. Para él no existían las demás cosas amables que ocasionan el amor ó la codicia de los otros hombres; no conocía la sensualidad de la vida sedentaria; no tenía noción de los apetitos civilizados; ni la buena casa, ni la blanda cama, ni la despensa bien nutrida, ni el atesorar, ni el estar provisto de las amenidades, nada le producía ambición. La misma familia le in uietaba poco. L nicamentc amaba el caballo. Y es porque su caballo lo representaba todo conjuntamente: la libertad, la independencia, el orgullo, el valor, la dicha de correr sobre la llanura sin fin. La primera cualidad del gaucho era el nomadismo. Para encontrar un nómada tan recalcitrante como el paisano platense habría que buscarlo entre los tártaros de Asia ó entre los gitanos de Europa. Pero lo mismo los tártaros que los gitanos gustan de ir vagabundeando en cuadrilla; son sociables, forman tribus ó grandes familias, tienen jefes y señores, marchan unidos hacia un ideal común, ate. soran y guardan, se sujetan á ley es ó costumbres colectivas y tradicionales. El gaucho no era sociable, ni formaba tribus, ni apenas comprendía la familia; no respetaba á ningún jefe ni ninguna clas