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de un corsario ó de que el buque iba á naufragar y a deshacerse impetuosamente entre las rocas. Dama Pepita pensó con espanto en la larga serie de horas que iban á transcurrir para ellas, perdidas? n el horror de la noche y en medio del mar, sediento e miplacable. Pensaban también en sus padres y en sus novios y en las consecuencias formidables que podia tener para ellas el hecho inaudito de haber pasado una noche entera fuera de casa, en compañía de los jóvenes marmos británicos v dcsoués de una buena merienda en que se había bebido Champagne v erez á todo pasto. Varios oficiales dieron escolta á Dama Pepita y á sus amigas hasta la entrada de la gran cámara de honor, adonde el comandante había hecho trasladar todas las almohadas del barco. En seguida, quedó vedado el ingreso á todo el mundo bajo penas severisimas. Entonces redoblaron los llantos y las lamentaciones. Dama Pepita sacó del pecho una virgencita del Pilar, algo mohosa, y haciendo esfuerzos para aparecer serena, empezó el Rosario en alta voz, que fué contestado por el coro general entre suspiros y sollozos. Al final. Dama Penita besó el su; Io é hizo voto solemne de no bailar la polca en un año ni de pasear en el Hornabeque si Nuestra Señora la sacaba con bien de aquel horroroso trance. El día amaneció radiante y el mar tranquilo como un lago. El viento había ahuyentado las nubes- hacia la parte de Francia y, á través de la atmósfera, maravillosamente transparente, se dibujaba, nítida, la linea verde de la costa. Dama Pepita despertó á sus amigas y subió con ellas á la cubierta. Ninguna lloraba ya, pero tenían los ojos hinchados y la cara lívida. El barco entraba majestuosamente en el puerto, sorteando los peligros de la estrecha garganta, erizada de rocas y de bajos. En I asajcs esperaban los padres de Dama Penita y las indignadas familias de las demás muchachas con coches y caballos dispuestos. Eran los vetustos coches de viaje de cada casa; armatostes venerables y panzudos que desde tiempo inmemorial dormían en el fondo de las cocheras, cubiertos de polvo y de telarañas y tapados malamente con unas telas viejas. No te quiero decir las escenas que se desarrollaron en el muelle; hubo besos, reproches, arrebatos de cólera y ríos enteros de lágrimas. Entre tanto, restallaban los látigos, sonaban los cascabeles de los tiros y, al fin, unos á pie y otros en coche, todos desaparecieron en la carretera, envueltos en una nube de polvo. La gente de San Sebastián había galido fuera de puertas y formaba grupos acechando la llegada de los coches, movida de la curiosidad de ver las caras de aquellas señoritas tan principales, que venían de -v ¿4 1 A i í i? 4 1 i. i e N W? Otras ofrecían el hábito- -para toda la vida- -ó prometían al cielo mil devociones y penitencias extrañas; las más jovencitas hacían voto de levantarse á las cinco de la mañana para ir á la misa del alba ó de pasarse un año entero sin tomar postre. Y la noche fué deslizándose con abrumadora lentitud, y cada hora que sonaba sorprendía á Dama Pepita y á sus amigas abrazadas unas á otras, apifiadas instintivamente como ante un peligro común, muertas de frío y de miedo, alternando las lágrimas con las promesas y las oraciones. pasar una noche con los jóvenes marinos inflescs. Las señalaban con el dedo por sus nombres y después murmuraban por lo bajo ó hacían comentarios maliciosos. Y yo no sé si fué una simple coincidencia- -dijo mi amigo para concluir, -pero el hecho es que tanto Dama Pepita como todas sus compañeras de aventura se quedaron para vestir imágenes. Las que entonces tenían novio riñeron con el á consecuencia del suceso. MANUEL A G U I R R E D E CARCER. DIBUJOS DE MM rÍNEZ ABADE