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vestidos, soñar despiertas con la aguja en la mano y levantar hermosos castillos en el aire. Dama Pepita acababa de cumplir veinte años; era inocente como una chiquilla de doce (no de las de estos tiempos) y su fisonomía, á un tiempo apacible y maliciosa, hacía pensar en una virgencita del Correggio. Muchas veces la había acontecido soñar con novios y amantes que venían á buscarla de países maravilloso. s y lejanos. Aquella noche, apenas cerró los ojos, vio un hermoso navio cuya proa hendía majestuosamente las aguas del golfo. Era una gran mañana de sol; la luz formaba una especie de polvo impalpable que bañaba ardorosamente los raontes, la playa y hasta el mismo barco, que aparecía envuelto en una aureola de plata. Dama Pepita vio claramente cómo un oficia! de Marina agitaba hacia ella su pañuelo blanco. Era alto y rulsio, tenía los ojos azules y transparentes como dos gotas de agua y vestía un uniforme obscuro con charreteras de oro. Pues señor; á la mañana siguiente del sueño, la fragata escuela- daba fondo en la Concha, después de atravesar gallardamente por entre la isla de Santa Clara y el castillo, con todas las velas al aire, lio- era y hermosa como una gran paloma blanca. Y á primera hora de la tarde, unos cuantos botes conducían á bordo á Dama Pepita y á veinte ó treinta muchachas más, capitaneadas por dos ó tres señoras de edad provecta. A pesar de la severidad de costimibres, no era entonces una cosa escandalosa ni desusada, que las niñas casaderas acudieran casi solas á este género de invitaciones. Los jóvenes alumnos esperaban en la escala de honor, con la mano en la visera y su mejor sonrisa en los labios. Al cabo de poco tiempo, ya habían visitado todo el buque, sin omitir la cocina ni las cámaras de los oficiales, que eran investigadas curiosamente con una sola mirada escudriñadora lanzada desde la puerta. Si en la mesita de trabajo había algún retrato de mujer, entonces era el darse con el codo y el cambio de sonrisitas maliciosas. Después, ellos y ellas se dirigieron al gran comedor del barco, una de esas nobles y amplias cámaras de honor, como ya no se ven en los modernos buques de combate. El refresco estaba servido en mía gran mesa adornada con flores y banderas españolas é inglesas. La primera hora se deslizo sin que Dama Pepita se diera cuenta de ello. Las muchachas charlaban animadamente, coqueteaban, reían como locas, Algunas se aburrían de muerte al lado de los jóvenes genüemen. Dama Penita había bebido un poco de Champagne y se encontraba ligeramente turbada junto á un guardia marina alto y rubio, en quien hacía esfuerzos para reconocer a! hombre de sus sueños. Hablaba, hablaba cada vez más, sin ton ni son, sin saber lo que decía ni pensar en que la aguja del reloj corría, corría insensiblemente. De pronto, se sintió mareada; miró á su alrededor y lo vio todo confuso; la cabeza se le iba y se hizo cargo de que el barco brincaba espantosamente. Las pocas parejas que quedaban en el salón subían despavoridas hacia la cubierta, como si de repente se hubiese declarado un incendio á bordo, ó hubiera estallado un conflicto terrible ante el cual fuera preciso huir, correr precipitadamente. Ya en la cubierta, Dama Pepita tuvo necesidad de apoyarse en el guardia marina para no venir al suelo. Una enorme nube negra ocultaba el pico de Arratsaín, situado al Noroeste, y reflejaba en la bahía su color siniestro, plomizo. Parecía como si una fuerza sobrehumana agitara poderosamente las capas profundas del mar, cuya superficie aparecía jadeante, sometida á una especie de ebullición extraña, revelada al exterior por infinitos rizos de espuma blanca. Dama Pepita hablaba el inglés como cualquier señorita de Mayfair, el barrio más elegante de Londres. La palabra galerna acudía á su mente cuanao un qñcial se acercó y la puso al corriente de la situación en dos ó tres frases angustiosas y precipitadas. Dama Pepita supo con estupefacción que el comandante había dado orden de levar el ancla y de hacerse á la mar inmediatamente, pero sin perder un minuto ni un segundo. Tenía miedo de que le cogiera el chubasco encerrado en la bahía, abierta al mar y á todos los vientos, y deseaba á toda costa llegar á Pasajes antes del anochecer para poder guarecerse en ei puerto. Era un hombre tímido, pero obstinado en sus resoluciones. Varios oficiales d e marina le hicieron observar lo peligroso que era el acceso al puerto de Pasajes cuando el mar no estaba para bromas. Esto le había hecho vacilar un momento. Pero cuando, para acabar de convencerle, le hablaron de que, antes que nada, era preciso desembarcar á las muchachas, se encolerizó horrorosainente y anunció que no estaba dispuesto á escuchar indicaciones de nadie. ¡Tendría gracia que el barco se perdiese estúpidamente por complacer á media docena de mocosas! ¿Cuándo se había visto una cosa semejante? A todo esto, dos ó tres botes que rondaban valerosamente alrededor de la fragata se llevaron á tierra á unas cuantas muchachas y á las pocas mamas que habían ido en clase de personas de respeto, y que en el momento del pánico no se acordaron para nada de las demás infelices que habían sido confiadas á su autoridad. Desde el primer momento, no habían hecho más que gritar: ¡Mis hijas... ¡Mis hijas! Y como el comandante persistiera en no detenerse, el barco salió de la bahía, llevándose á la pobre Dama Pepita y á diez ó doce amip- as más, que quedaban abandonadas á su suerte, solas, totalmente solas, libres por primera vez en su vida del obligado acompañamiento de hermanos y mamaitas. Y ninguna de ellas tenía la menor conciencia de su situación. Yacían por tierra con el peinado desbaratado y las mejillas lacias, sin que se les diera un ardite de mostrarse en aquel modo á los jóvenes marinos que las habían visto un momento antes con la copa de Champagne en la mano, la tez fresca y los ojos encendidos de alegría. Solo Dama Peoita lloraba en un rincón, rodeada de un grupo de alumnos que trataban de consolarla inútilmente. ¿Por qué llorar? ¿Por qué alarmarse: Aquello no era más que un pequeñísimo contratiempo, de los más pequeños que podían surgir en la accidentada vida de mar. De allí á una hora desembarcarían en Pasajes, buscarían coches, ó carros, ó caballerías (con dinero todo se encuentra) y antes de llegar la noche cada muchacha estaría en su casa, cenando tranquilamente con sus padres y comentando las peripecias de la desagradable jornada. Pero Dama Pepita estaba segura de que en Pasajes no encontrarían ni un solo coche, ni una mala carreta, ni siquiera un caballo, y, en ese caso, no quedaba más recurso que volverse á pie. Y pensaba en el efecto que producirían ella y sus diez ó doce amigas, caminando de noche por la carretera polvorienta y solitaria, á la luz de la luna, en amor y compa. ña de unos cuantos marinos ingleses. ¡Bonito modo de entrar en San Sebastián! Entre tanto, el aire empezaba á condensarse, a obscurecerse; media hora después de salir de la Concha, una niebla espesa y densa se formó alrededor del barco, envolviéndolo en un velo impenetrable, qué ocultaba por completo la vista de la tierra. Después empezó á llover y se hizo de noche. Hubiera sido una insensatez aproximarse á la costa con aquel tiempo, y el comandante declaró solemnemente que había que pasar la noche en el mar. ¡Una noche fuera de casa! ¡Y en el mar! Dama Pepita y sus compañeras de infortunio acogieron la noticia con ayes y con lágrimas. Una sensación de pavor obscuro sobrecogía el ánimo de todas, como si las hubiesen liablaao de la proximidad