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de esas calles transversales que van á parar al puerto; una vía tranquifa, dormida, por donde no pasaban apenas transeúntes ni carros. Algunos alpargateros trabajaban á la puerta de sus casas maniobrando prestamente con la delgada trenza de cáñamo que atravesaban de cuando en cuando con una. lezna. El aire olía á redes y á brea, y no había más tiendas que unos cuantos tabucos obscuros y húmedos, desde cuyas puertas se veían los montones de jarcia y los aparejos de pesca. Dama Pepita vivía con mis padres mucho antes de que yo viniera al mundo, desde que una serie de calamidades se había cebado en su familia, dejándola sola y desamparada. En mi casa se la trataba con mimo, y era considerada como una especie de abuelita adoi tiva. Los criados la respetaban casi más que á mi madre. Ella era la encargada de algunas misiones difíciles y aun peliagudas, entre otras, la guía y alta dirección del Rosario. iV Ii madre solía confundir ciertos elementos de carácter diametralmente opuesto, como, por ejemplo, los misterios dolorosos con los gososos, y era también incapaz de recitar la letanía de memoria sin vacilar y atascarse en los momentos más culminantes. Todos los días del año, al dar las ocho, la vieja doncella vascongada de Dama Pepita encendía las velas del altar, arreglaba las flores en los jarrones y ponía las sillas en orden. Después se dirigía al salón donde estábamos todos esperando, y pronunciaba sigilosamente cierta fórmula invariable; -Dama Pei) ita, naidcsú cncáii. Lo cual quería decir en romance: Dama Pepita, cuando usted guste. Más tardo, á la hora de cenar, la doncella aparecía I) or segunda vez, y murmuraba nuevas palabras mi. s. teriosas al oído de su señora. -Dama Pepita, ya se querrá dar una poca de bandolina. La víejecilla se escurría entonces disimuladamente y aparecía unos minutos después en la mesa, con una leve capa de polvos en las mejillas y su peinado de cocas muy bien atusado, muy crfda (lo, y brillante como los suelos encerados del país. Se pasaba los días recluida en la casa, rezando y haciendo labores de gancho. Lhiicamente por la mañana se ponía su mantilla, cogía un enorme libro y un rosario y se encaminaba á San Vicente pían píanino. La indumentaria era siempre idéntica; vestido negro y manteleta adornada con pesados hilos de azabache. En el pecho, un gran camafeo rodeado de esmalte negro. Sombrero, por nada del mundo. Su itinerario era también invariable; jamás cambiaba de calles ni de aceras. Durante el camino encontraba siempre á las mismas personas, (pie la miraban oblicuamente, experimentando quizá un vago deseo de saludarla como quien saluda á una amiga antigua. Cerca ya de San Vicente, se hallaba entonces la librería religiosa. lí dueño solía estar de ie en la puerta, y se quitaba la boina al emparejar con doña Pepita, saludando con un tonillo protector. -i y ¿Ya vamos á un sa, Dama l cpita... Lo (pie es usted... ajj. ¡Siempre tan 1 Los (lías de fiesta tropezaba con grupos de gentío alegre y endomingado. Los hombres formaban corros á la puerta de la iglesia, esperando la salida de las mamas y de las niñas, uc marchaban delante l) r parejas, radiantes de alegría ante la esi) eranza de hablar con sus novios y de ostentar á sus ojc s los vestidos flamantes y los hermosos sonil) rcros nuevos. Cada una de las calles que desembocan en la Alameda era un torrente humano que se desbordaba sobre el ancho paseo, del cual se escapaba un rumor de pasos, de risas, de conversaciones; un fragor sordo que ahogaba el ruido de los cohetes y los acordes de la banda. Dama Pepita volvía a casa con el ánmio escandalizado y revuelto, y aprovechaba el momento de la comida para protestar indignadamente contra las costumbres actuales; la libertad para ha. blar, para mirar, para moverse; el modo de recoger la falda, de enseñar la enagua y hasta parte de la pantorrilla; las modas descocadas, licenciosas, indecorosas y, sobre todo, el lujo; aquel lujo que ella calificaba de indcccnle. Venían aquí como anillo al dedo las predicaciones contra el progreso y las libertades modernas, y, al final, el anatema contra la Prensa, los caminos de hierro, la luz eléctrica y la profunda revolución que ella observara en el modo de ser de la ciudad. ¡Qué diferencia entre aquel San Sebastián y el honrado San Sebastián de su época, cuando no existía ese horroroso y aborrecible Gran Casino, donde la juventud se arruina y se pervierte en tonto! La. gente pa caba fuera de puertas, en un sitio sombreado y tr. nquilo que llamábamos el Hornabeque donde había hermosos tilos y donde los domingos tocaba admirablemente una banda militar. -líl mundo marcha- -decía Dama l cpita, -marcha. ¡Pero es á su perdición! Si yo fuera el Rey, mandaría hacer una enorme hoguera con todos los libros que existen, y para reanimar la llama echaría de cuando en cuando algún periódico. Después, no pensaría más en Congresos, ni en Senados, ni en tribunales de justicia... ¡Una horca en cada esquina! i Dos horcas si fuera preciso... Ese es el único modo de gobernar. Mi padre intervenía á veces para defender á la generación actual. Cierto que la desmoralización de costumbres es bastante notable en nuestra época, pero también es verdad que nuestros abuelos, con ser todos ellos gente devota y temerosa de Dios, eran no menos inclinados (ue nosotros á la concul) iscenc ¡a y á los deportes pecaminosos, pero agradables. Dama Pepita movía la cabeza, sonriendo con aire de duda. -Será lo que quieras, hijo mío, será lo que quieras; pero, ¡cómo vas á comparar tiempos con tiempos! Nunca llegué á saber con exactitud la edad de Dama Pepita. Era sin duda enormemente vieja, porque había nacido quince ó veinte años antes que mi padre, y mi padre era del cuarenta y tantos. A través de su cara de abuelita se podía adivinar algo de la antigua hermosura; conservaba los rasgos puros y correctos, y, lo que es más raro, el ardiente fulgor de los ojos. Ün día se me ocurrió decir: -Dama Pepita, tú has debido de ser muy guapa, apa dice que eras una miniatura No comprendo por qué te has quedado soltera. b. lla contestó con una frase vaya: cosas de la vida ero conocí que había hecho vibrar una fibra dolorosa. Algún tiempo después me descifraron este enigma. Parece que allá en tiempos muy remotos, cuando nuestros padres andaban en mantillas, se anunció la llegada á San Sebastián de un buque de guerra inglés. La entrada en la bahía de un barco extranjero constituía siempre un espectáculo para la población, pero si se trataba de un buque de guerra, era más que un pasatiempo agradable, era un acontecimiento. Los oficiales desembarcaban y hacían amistades con las señoritas donostiarras; paseaban con ellas en e ITornabcque luciendo las cruces y el uniforme y, á veces, daban fiestas y bailes en el barco. Llegado c. momento de la nartida, muchos corazones de quince años se oprímian dolorosamcnto y soñaban con quimeras y proyectos imposibles. VA a uclla ocasión, el barco anunciado era una fragata escuela, un buque donde los guardias marinas venían haciendo prácticas ó estudios; en fin, algo así. Vaya usted á saber cuál sería en aquel tiempo la denominación técnica. El caso es que la nave fondearía en la Concha, y ue los alumnos darían una fiesta en honor de las lindas donostiarras. Hubo cuatro ó cinco días de expectación febril para las futuras invitadas; no comían, no dormían, no descansaban; no hacían más que coser y descoser