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ir, al sacrificio para colmar de bienes á la tribu de mis hermanos Antinahucl no contestó. Con la mirada insegura y torva, los brazos tendido: baja la cabeza, pálido y desencajado el semblante, nadie en él hubiera reconocido al indomable é impetuoso guerrero de los onghiahrahs. líl anciano sachcm que este efecto habia producido con sus fatídicas palabras, asió de la mano á la desdichada Hou- Oh pee y la condujo fuera de la choza del consejo, diciéndofa: -Todo está preijarado para que la más feliz doncella de los on. ghiahrahs vaya en busca de Niang al fondo de la catarata. ¿Está mi hija dispuesta? -Lo estoy, padre mió. Guerreros y mujeres, niños y ancianos, toda la gente de la tribu agolpóse á la orilla del lago, donde una pequeña y blanquísima canoa, profusamente adornada con flores y frutas, se hallaba preparada, conforme al ceremonial acostumbrado, i) ara conducir á la joven dichosa que en bien de su pueblo había de hallar la tumba en ac ucl esi) antoso terremoto de aguas. III La noticia de lo ocurrido en el conseio de los al ser elegida la víctima de Niang circuló rápidamente por la aldea y todos los habitantes i) reci 5 Ítáronse á la orilla del lago para ver salir de la choza á la joven Hon- Oh pee, que en com iañía del anciano indio caminaba al lugar del sacrificio. Poca era ya la distancia que de la barca la separaba, cuando rápidamente y abriéndose calle á viva fuerza por entre la muchedumbre, con su negra y ondulosa cabellera tendida sobre la espalda, centelleante la mirada, erguida la cabeza, majestuoso y resuelto el ademán, apareció la hermosa PcnoukahZcuinn, y con rapidez sin igual saltó á la barca, enqiuñó el remo, y separando de la orilla la débil emjjarcación con un solo golpe, dijo, con argentina voz -Antinahuel vivirá dichoso con el amor de lioiiOh pee, y yo seré feliz pidiendo á Niang libre á mis hermanos de los males que les amenazan. Con espanto presenciaba esta escena un octogenario indio, que su encorvado cuerpo dificultosamente sostenía apoyado en el asía de una mohosa y vieja lanza. Ya la canoa que á Pcnoukah- Zeninn conducía hallábase en el centro de los rápidos, y con vertiginosa carrera marchaba hacia el abismo, cuando el anciano se dio cuenta del terrible espectáculo que presenc: ba, y acometido por violenta excitación nerviosa, con último y supremo esfuerzo se lanzó al la. go, saltó á una canoa y arrojándola dentro de la corriente: ¡No! -gritaba. ¡Xo es mi hija la destinada al sacrificio! ¡No quiero perderla! Ella es la encarga- da de entregar mi espíritu á Wacondah. ¡Xo tenijo otro amor que el suyo! Es mi único consuelo: ¡Es mi única felicidad La distancia y el Ljano estruendo de las cataratas apagaron la voz del anciano, que, como si no fuera bastante la impetuosa marcha c ue imprimía á la canoa la corriente de las aguas, remaba con titánico esfuerzo y angustiosa ansiedad para alcanzar á la embarcación donde su idolatrada hija corría hacia la horrible mansión de Niang. Más que embarcaciones, parecían las de Penoukah Zeninn y su padre dos flechas lanzadas por arco extraordinario con fuerza sobrenatural. La febril ansiedad del anciano, la agonía ue á su alma torturaba, vióse un momento próxima á terminar con el triunfo de u delirante propósito. La barca que le arrastralia tan próxima llegó á estar de la de su hija, ue ya los crispado- dedos de su mano la tocaban. Con indescri til) le júbilo soltó los remos, extendió li brazos, con ambas manos aferróse á la canoa de Penoiikah- Zeninn, y en el momento en C ue con frenética alegría gritaba: ¡Oah! ¡Oah! ¡El Gran Iís íritu no quiere (juc el viejo sacheni pierda á su hija Violenta sacudida separó á las dos barcas y las colocó sobre el borde de la catarata. El arco iris las iluminó un instante con sus l) rillantes colores, y envueltas en inmensa y argentina nube, acompañadas del estruendo por las aguas producido, ambas rodaron al fondo (leí abismo, que de tuml) a sirvió al anciano guerrero 3 á la tan desdichada y hermosa hija de ía tribu de los onghiahrahs. IV Aquel lugar que los indios consideraban mansión del genio del mal, donde era sacrificada la más hermosa doncella, es hoy el sitio de los Estados Unidos imprescindiblemente y con asombro visitado ¡jor cuantos viajeros llegan á la América del Xorte. El noml) re de X iágara que tiene aquella maravilla de la Xaturaleza, es conocido en todo el mundo; pero sólo mis lectores conocen la fantástica tradición de los indios, primeros i) obladorcs de aquellos deliciosos bosc ucs, que acabo de contarles. Algunos habitantes actuales de aoucl país cuentan hoy, y muchos aseguran haberlo visto, que en las noches de luna, durante el mes de Abril, se ve claramente entre la bruma producida por la catarata vagar en rápidos giros las almas de las doncellas indias sacrificadas al genio del Xiágara. Y la verdad es que aquel lugar, iluminado ov la luna, es tan fantástico que la imaginación menos soñadora fórjase mil extrañas visiones al contemi) lar aquel monstruo desconcierto de las aguas, produciendo el más gigantesco, hermoso y sobrenatural espectáculo que á la vista del hombre i) ucde ofre FEDERICO TAQUES. DIBUJOS DE MEDINA VEí A