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LAS DONCELLAS DEL NIÁGARA uchos siglos antes de C ue hombre alguno de la raza blanca pisara el continente americano, dos numerosos i) uebIos indios disputábanse el absoluto dominio del territorio (pie hoy constituyo el Suroeste del Canadá y I Noroeste del Estado de Xueva York. Era la de los iriquois una poderosa nación muv temida v res ictada por los pieles rojas de toda la América del Norte. Entre las seis ó siete tribus c uc la formaban, una de ellas, la de los Oncjhiahrahs. tenía fama or el valor temerario de sus guerreros, por la extraordinaria belleza de sus mujeres y por la sabiduría de sus ancianos. líran dueños de toda la margen iz uierda del lago Eric y dedicábanse los hombres á la caza del bisonte y del búfalo, cuando sus vecinos los liiirons no les pro orcional) an ocasión para sostener sangrienta lucha. Aquella tribu, que tan hábiles cazadores tenía y con tan valientes guerreros contai) a, era, entre todas, la que con más fanatismo se entregaba á las prácticas de su extravagante religión. Su aldea principal se hallaba situada poco más allá de una milla al Norte de aquel precipicio, donde el lago Erie arroja sus aguas; de aquella maravilla sin igual en la tierra: de aquel rocoso anfiteatro, en el que enonnc masa líquida, de más de diez mil metros l cúbicos por segundo, se precipita con hórrido estruendo, formando inmenso caos. Y aquella enorme cantidad de agua, ue i) arece descender del ciclo, aquellas extensas y blancas nubes que, elevándose del fondo del abismo, el anfiteatro Velan y el azul de la atmósfera encapotan, tienen por base tranquilo lago, donde las aguas quédansc inmóviles, cual si la horrible caída les produjera profundo letargo, del que luego despiertan con espantosas convulsiones, produciendo aquel indescriíjtible well- pull. aquellos rápidos, cuya hirviente, vertiginosa é infernal carrera el ánimo suspenden y el espíritu del hombre más esforzado amedrentan. Tan imponente espectáculo no es extraño que los indios lo tuvieran por sobrenatural y que lo considerasen mansión de Nianq (genio del mal) eterno enemigo de Wacondah (dios del bien) al que los pieles rojas adoraban tanto como temían los onghialirahs al mal espíritu, que, según la tradición india, habitaba en las cataratas por él formadas, y al que se esforzaban en complacer para librarse de los males sin cuento que podía causarles. Era creencia y artículo do fe entre los OTU hiahrahs, que del genio del mal nada tenían que temer si todos los años, en la época que ellos llamaban zvassi- pi- oni (primavera) b enviaban la doncella más hermosa de la tribu.