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Y por si acaso le es fácil tropezar con una de esas pequeñas causas, yo, en ve? de dar consejos que tú no has de seguir, voy á contarle un incidente de mi vida cpie también sobre ella han soplado con furia los huracanes... Me casé, un año antes que tú, al cumplir los diez y ocho, lo cual fué ya un inmenso dis jarate. Estaba enamorada de mi marido ó creía estarlo; uién no ha creído amar á los diez y ocho años? ¿Pero es ue á esa edad se nos puede exigir, en sana lógica, un rofundo conocimiento de la vida y una inmutable fijeza de ideas? ¿No debía prohibirse tpie una ersona tan joven como yo entregara ciegamente su cuerpo, su alma, su vida entera, en una edad en que todavía no se ha contrastado nuestro ropio carácter, en que aún no se han definido por completo gustos y aspiraciones, en c ue aún no han cristalizado dentro de nuestro ser pasiones y sentimientos... Mi marido me adoraba; era todo un señor de arrogante figura, altiva é impecable; un conquistador cuyas buenas forliinas no tenían número, uu clubinan impenitente, rico y desocui) ado, tirador de x chon, jugador de polo: todo un señor, repiío, todo un señor de cuarenta y tres años. ¿Sonríes al leer su edad? Pues ella acabó de cautivarme. ¡I ibráramc Dios de un jovencito de esos, tímidos y atontados, que empezaban á revolotear sin maña por los salones... Yo quería un liomhrc, un hombre de mundo. Y con él me casé; fui feliz al princi io, ¡ya lo creo! ¡Un viajecito or l rancia é Inglaterra. ue yo no conocía, y desi) ués dos meses en los lagos de Italia, cuyas aguas azules reflejaron mil veces nuestra luna de miel, siempre en creciente... Mi marido ejercía sobre mí verdadera fascinación; era amable, cariñoso y tierno; me hablaba de amor con el tono triste y desengañado de mía larga experiencia que me hacía llorar; ¿y guaiio... i Oh, las nmjeres le miraban con el rabillo del ojo; algunas se volvían ¡jara verle más á sus anchas, como al personaje de acjuella novela de Prévost que leímos ¡untas; yo estaba orgtillosa. orgullosa... I Me adoraba, te digo; yo era para él un juguete ¡jrecioso, una chiquilla muy mona y muy buena, alocadilla á ratos, risueña siem re, á uien i a inicianlo poco á poco en los grandes misterios de la vida... Y fué una lá. stima que no viniera al mundo tercero ¡con qué ansia lo deseaba yo! para atar con más sólido lazo los hilos de un amor que por ley divina había de durar eternamente... Volvimos á Madrid; las costumbres de mi señor marido fueron cambiando de una manera lenta v progresiva; comenzó i) or acompañarme menos; C (mtinuó por acompañarme oco; concluyó i) or no acompañarme nada. Volvió á su Club, á sus ¡lartidas de caza, á sus correrías en automóvil; se acostaba á las tantas, me besaba en la frente (á mí. que le esperaba y fingía dormir) se iba á su cuarto... Yo sufría y lloraba. Así ¡jasaron meses, así transcurrieron años. Al princi io ¡jrotesté y fué inútil; después me rebelé y perdí el tiem 0; ¡aijagada or siempre la antorcha le Himeneo... Creí morirme, ¡lero no me morí; me fui acostumbrando, óyelo bien, querida, me fui acostumbrando; hice examen de conciencia v rae quedé aterrada: mi señor marido no me imnortaba ya; además, su figura, su arrogante figura, decala, se iba volviendo viejo... Yo frecuentaba el mundo, ¡jorque en algo había de entretenerme, y el mundo me recibía con todos los honores; la falsa modestia, ¡Jara qué? era gua a, alta, esbelta, rubia, mis ojos eran grandes y azules; en fin, tú nic conoces; ¿verdad que he sido gua ¡ja? Los hombres me rodeaban; los mismos que de soltera no me hicieron el menor caso, me recitaban ahora madrigales y se declaraban enamorados; ¡lo que atrae el fruto ajeno sin peligros ni responsabilidades... Yo, en el fondo, seguía siendo buena; en el fondo, entiéndelo bien; me reía con lodos y á todos alentaba, sin singularizarme con ninguno. Pero... ¡jcro conocí á Rafael Alcázar. No recuerdo dónde, ni recuerdo uién me lo ¡jresentó: en cambio sé que desde el primer momenta sim ¡jatizamos. Era un hombre infinitamente ¡jeligroso; parecía bueno, era un cómico su ¡jerior á toda onderación: eso lo a ¡jrendí más tarde, y, naturalmente, á costa mía. Alegre en su tristeza (llevaba, decía él. un ¡jrofundo dolor en el alma) ¡jintoresco y gráfico en el decir, atildado y correcto en sus maneras, cautivaba ¡jor su ingenio, cautivaba por la mirada profunda, un poco adormecida, de sus ojos negros; cautivaba también por la innata elegancia de sus manos, blancas y cuidadas como las de una diosa. Congeniamos en todo; entendía la vida como yo; teníamos iguales aficiones, gustos idénticos, unas mismas anti atías, una misma manera de sentir, y eso era ya un peligro, que nada hay en el mundo tan peligroso, Fifí querida, como una persona con ¡uien tro ¡jiezas á todas horas y con quien estás tan identificada, C (ue no puedes saber á ¡5 unto fijo si es ella ó eres tú la que piensa... ¿Querrás creer que ese hombre no habló nunca de amor? Ello fué, sin embargo, tal y como lo cuento. No me hablaba de amor, ¡jero yo sabía ¡jerfectamente que me hacía el amor, y encontré su conducta tan original y de buen tono. C uc tentada estuve de darle las gracias ¡jor n (j decirme una cosa ¡ue yo leía en él sin la menor necesidad de oírsela. Ese era otro peligro, el más grande; contra los ¡ue á tontas y á locas te confiesan su amcjr en ¡jubileo ó en privado hay siemjjre defensa; desgraciada de ti si tropiezas constantemente con un hondjre ¡ue tú crees que te adora, ¡pero c ¡uc no lo dice! la curiosidad, la vanidad femenina entran en juego y empiezan las concesiones que mulie te ha ¡jedido... ¡tú eres mujer como yo y sabrás com ¡jrendermc li Nos veíamos en todas partes: en los teatros, en los tés de Erdana, en casa de Zutana. en los bailes de las Embajadas, v hablábamos tanto, tanto, ¡ue las gentes murmuraban ya, sin razones positivas para ello. De reijente, ¡zas! ocho días de ecli ¡jse, y mis amigos mareándome: ¡Gracias á Dios ¡ue se ¡juedc hablar con usted! ¿Qué ha sido de Rafael Alcázar... ¡Que dure la ausencia... -i Que no vuelva... 1 El primer día me extrañó no verle; el segundo sufrí: el tercero pensé en escribirle; el cuarto ¡uise buscarle y abrazarme á su cuello... A ¡jareció al octavo; traté de estar severa y estuve ridicula. -i Al fin se digna usted honrarme con su grata ¡jresencia... ¡Si yo no fuera tan bondadosa... Por ¡ue, amigo, ¡uien fué á Sevilla... Re ¡jlicó burkí) ¡F ah 1 ¡Como no tengo silla ¡uc ncrder... -i Y como tam ¡joco le im orta á usted ¡jerdcrla... Me miró en silencio. ¿De veras- -dij (j- -me ha echado usted de menos... Y sonrió incrédulo. Xo su e ué decir; le hubiera pegado; dos estú ¡jídas lágrimas salieron de mis ojos... -He tenido mil cosas ¡ue hacer- -añadió, como quien cuenta algo sin importancia. -He traído á Vladri (l toda mí galería de cuadros de Extremadura, y estov loco, tratando de instalarla en casa; ¡bien podía usted ayudarme necesito una cabeza femenina que organice aquello, y como vivo solo... ¡Ah. entonces mañana mismo voy allí I -Muchas gracias- -contestó muy formal; -á las once la es ¡jero; ¿es tcm ¡jrano... ¿Pero cree usted en serio que v (jy á ir a U casa... -Naturalmente; ¿qué tiene de particular...