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IXDOI OS IDE: B I I R O p o b r e amigo m í o Cuando leí su carta, ima profunda tristeza invadió mi alma, y mis laIJÍOS sonrieron con amargura. E n pocas lineas, de un modo muy lacónico, me comunicaba que se había retirado del teatro, cediendo al peso abrumador de la indiferencia del público y de la ingratitud del empresario que quiso rebajarle el sueldo. E s t o y viejo, me decía en su epístola; los años no pasan en balde, y yo ya he cumplido los sesenta y dos. j ii cuerpo se inclina en dolorosa curva hacia la tierra, como si en ella buscase su último y eterno descanso: las arrugas surcan mi rostro y la cabellera c ue ayer cubrieron costosas i) elucas es hoy blanca como la nieve. Mis facultades están ra casi agotadas, y sería una necedad rebelarme contra el destino. E n estas palabras, en aquellas líneas trazadas por mía mano temblorosa y débil, se encerraba un desenlace amai- guísímo que no creí llegase nunca. ¿Cómo podía yo figurarme q r -olvidar tan pronto á im. artista sus aplausos, colocándole en el pedestal de la gloria... Y, sin embargo, por nnty trisíe, por muy doloroso (jue parezca, así había sucedido. l obre cómico viejo! oT re artista que gastó el dinci- á manos llenas y (jiic sólo- upo conservar, conao r e cuerdo de sus triunfos, algunas coronas d e laurel, cuyas inmarcesiLdes hojas p a r e cían ahora una cruel ironía. i Leí muchas veces la carta de mi amigo y creí v e r en cha una protesta estéi il y rauda. Acudieron entonces á mi mente r e miniscencias doruiidas en el fondo de Tui alma evoíjué 1 o s recuerdos d e días más felices en los cuales la juventíid me alentaba en mi camino. El autor de acjue 11 a carta cjue estrujaban mis m a n o s había sido im tenor que alcanzó ruidosos y m e r e c í d o s triunfos y ue se vio agasajado e o n los elogios d e l a Prensa. Su abolengo n o podía ser más h u milde. Hijo de u n honrado zapatero de portal a rendió el oficio de su p a d r e peí o luego aconsejado por varios amigos, consagró exclusivamente sus energías al cultivo de un arte que le ofrecía vcntiu oso y risueño i) orvenir. La suerte le acomj) añó en su camino y al poco ticmijo su nombre ei a repetido con admiración por las gentes y su profesión le producía lo bastante para vivir con desahogo. El ansia de conseguir triunfos era la única idea (jue le jjreocupaba, y al regresar del teatro, tembloroso aún i) or las emociones sufridas, encerrábase en su habitación, y allí, con los codos apoyados sobre una tosca mesa de pino y la mirada fija en las notas de los entágramas, estudiaba con fe y ahinco, corrigiendo poco á poco sus defectos. Como justo remio á su fatigosa labor, llegó á ser el ídolo de los piiblicos. Y así como el arte recompensó sus trabajos, el amor le negó sus reciados favores. E n mío de los teatros en que trabajó, conoció á una joven m o r e n a