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Pino y el iníliano van or la vereda: Pino, montada en Jaruco. v el novio detrás, á pie, llevando por el cabresto al Negro, el otro camello de la pareja. Anda el Negro rijoso y no conviene quitarle la vista de encima. Al atravesar unos sembrados, el Negro se rebela el indiano intenta dominarlo á varazos y patadas; el camello esquiva los golpes; y de repente, con un achuchón tremendo, arroja á su amo al suelo; y allí, en los sembrados, le tritura con las patas, con el pecho, furioso. El hombre lanza un alarido e muerte; su voz se apaga; crujen sus huesos. Allí, cu el camino de sus amores! Desde lo alto de Jaruco, Tino grita sin aliento. Jarueo avanza indiferente; no lia olvidado la vereda que ha de seguir. En las casas distantes ¡ni uia luz! Nadie responde; i ni una voz! Pino, desvanecida, se apoya en la cruz de la montura; entorna los i) árpados; por sus ojos cerrados vuelan mil chispas, todo un reguero de estrellas... Juan permanece esta noche recostado en los muros de su covacha. La luna besa, en la soledad de los mares, la isla dormida, lín un hilo de arañón, (Íesde la pared á la destiladera, brilla un rayo de luz. n lomo de la covacha, la misma uietud de todas las noches en las cumbres, rota vagamente i) or los rumores del llano, bmtre las piedras cantan los grillos, y á su cric- cric incansable, res onde en el bernegal el gluc- gloc del agua, Juan no uiere llorar y llora. Cruje la tierra tras de los nopales. l, a muerte? Sí, vuelve la condenada. A ras de tierra, cuesta arri- en los días dichosos, allá, por la orilla del mar sereno, se acerca á la mujer y z b: ...ilos píjs dulcemente, acariciándolos. ¡Pino! ¡Pino! Pino no contesta. Lleno de angustia, Juan corre aturdido. Viene y va del patio á la casa como si buscase algo. Y mientras corre, grita y repite maquinalmente; ¡Tuche, Jarueo, tuche! líl camello obedece. Al doblar las patas delanteras para echarse, el cuerpo de Pino se desliza de la silla y cae en los guijarros del patio. De rodillas junto á la mujer desmayada, de cara de cielo, Juan la llama inútilmente ¡P i n o! ¡Pino! No sabe ué decirle de tantas cosas como lleva en sí. Todo, al pasar por su garganta, se condensa en este nombre que él ha besado mil veces al pronunciarlo en sus soledades y en sus amarguras. Y así como á los niños se les cuenta un cuento para distraerles cuando lloran, Juan habla del tiempo pasado á la muchachita querida, ¿Te acuerdas? En ese muro nos hablamos y nos UÍsiraos sin atrevernos á decírnoslo. Madre nos hablaba de sus tiempos de novia. ¿Te acuerdas de ella, i ino? Se murió la i) obre! ¡Ale he quedado solo, sin ella v sin t i! Mira á la casa; ¡ni luz tengo en ella... Y Juan coge el rostro de la muchacha buscando en él un destello de vida. Xada! Juan pierde el tino y corre hacia el pueblo en busca de socorro. A mitad de la cuesta se tletiene. ¿Qué va á hacer? Vendrán, se llevarán á Pino; si cura, será para el indiano. f V i- i w 4l kW -i y ha, asoma la cabeza de Jaruco. Sobre el cielo azul se destaca la silueta del camello. Es como una visión. Caída en la cruz de la montura viene Pino. Juan no se mueve, no tiene ni un arranque ni una voz de asombro ante este sueño suyo tan esperado, i Es tan natural, lo deseó tantas veces! Se incorpora y, como DIBUJOS DE SEGADOR i Ah, eso no! Juan vuelve á la casa En el patio, bajo la luna, Pino permanece inmóvil. Juan se tiende á su lado, la estrecha en sus brazos, la besa en los ojos. En la infinita soledad del campo, en la quietud de la noche serena, cantan los grillos... MIGUEL SARMIENTO DE NUP 3 TRO CO. VCURSO DE CUSNTOS. LEMA AQUELLOS D Í A S I