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Y venía la noche y con ella el regreso al pueblo. Juan dejaba siempre entre la carga de Jaruco, su camello, un lugar á Pino. El iba delante, guiando. ¡Horas divinas las de aquel viaje á lo largo de las playas, por los atajos medio perdidos en la arena! Desde el desierto, desde más allá del horizonte, subía la niebla roja, fundíase en un verde transparente de cristal y se borraba en lo alto, en lo más obscuro y hondo del cielo desde donde las primeras estrellas lloraban su luz. Al lento caminar de Jaruco, Pino seguís, su gorjeo, á voz queda, entre dormida, como se duermen al columpio de las hojas las cigarras cantando. También cantaba el mar en los mariseos y á las dos cadencias contestaba el ¡tan, tan! de las esquilas de otros camellos, lejano y dulce, camino del pueblo. Poco á poco sentíase Juan dominado por el encanto inefable de la noche; acortaba el paso; dejaba avanzar á Jaruco, y ya junto á Pino, se abrazaba á los pies de ésta, besándolos con la misma veneración con que besaría los pies á una santa. Y reclinado en el camello y abrazado á los pies ungidos con el aroma de los trigos y la tierra, Juan seguía su marcha, completamente feliz, olvidado le todo. Repicaba el esquilón del pueblo. -Es tarde- -pensaba Juan. ¡Otro día! Mañana se lo diré. 1 se había llevado á la madre, pero no se daba por satisfecha i la maldita! Juan la sentía rezongar á obscuras, dentro, en la casa. Pasaba horas y horas sentado al aire libre, con los ojos clavados en el hueco negro de la puerta. Parecía un animal receloso olfateando el peligro. La muerte se iba; la muerte volvía. Estaba allí, en la sombra, espiándole. Y la quietud del campo, la idea de la soledad en aquellas alturas le cortaban el aliento y le encandilaban los ojos. A veces el aletear de un insecto ó el crujir de una hierba al nacer, trocaban el espanto en alucinación horrible; botaba Juan i) or encima de las tuneras y corría, corría loco, cuesta abajo, hacia el puel lo. Y ya en el pueblo, en las calles solitarias, pegaba el oído á la puerta de los establos donde los camellos rumiaban tranquilamente. El rumor de vida le serenaba. Lejos cantaba un gallo; más cerca sonaba una esquila. Amanecía. ¡El alba! ¡El sol! Y ese mañana no llegó nunca. Lo que vino, sí, fué una sequía que dejó los campos hechos pavesa; después, el hambre. Desde el desierto soplaron grandes remolinos, llamaradas sin fin que en columnas de polvo pasaban á través de 1... isla, rodando silenciosamente, de horizonte á horizonte. Juan vendió sus tierras; después de sus tierras, á Jaruco. Su madre también se fué; la muerte se la llevó. Y como si esto no bastase, el indianete que le había comprado á Jaruco y las tierras dio en requebrar á Pino. Quería resarcirse de sus trabajos en América; formaba el nidal. Y para sus amores, ¿qué mujer más á propósito que aquella muchachita alegre como las campaY ahora, después de la boda y ya de noche, el venas en día de Gloría? lón derrama su luz en el mantel de la mesa Heno de- -Todo, Señor, todo está bien- -decía Juan senta- dulces y en la falda de las mujeres sentadas en torno. do á la puerta de su covacha mirando al campo que Desvanecidos en la penumbra de la pantalla, los era su altar. -Madre murió; ¡era muy vieja! Perdí semblantes sonríen tranquilamente. En el marco de mis tierras y Jaruco; el indiano hizo bien en com- la puerta, los hombres alargan el cuello para ver á prarme lo que le vendí; pero que ahora pretenda roPino; y entre risas de sátiros y pateos de mulos sin barme á Pino, no es justo. Señor, no es justo. ¡Te ronzal comentan la suerte del novio. ¡Qué mujer! lo digo yo! i La gloria! Fuera de la casa, tendido en un muro y A Juan no se le vio más en los corrillos de la plaza. lejos de todos, el borracho llora amargamente á la luz de la luna. Es un gemir monótono de una trisSólo bajaba al pueblo á mendigar, á cambio del sudor de sus brazos, un puñado de gofio co: i que ma- teza que enloquece. En los momentos de sosiego, tar el hambre. Después, con la azada al hombro, se llega el rumor del llanto hasta la sala. Al oirlo las mujeres se arrebujan medrosas. El llanto les recuervolvía á las Breñas ¡Pino! Juan tenía su covacha en la vertiente de un monte, da el aullido de los perros al ventear la muerte. En un corro, una vieja cuenta sucedidos profetizados junto al cauce de un río de lava petrificada; una madriguera de lagartos, tres míseros teniques res- por llantos sin causa. Desde el otro extremo de la quebrajados por las sequías sin fin. Frente á la casa, habitación, los convidados atienden á los cuentos, el patio, circuido de tuneras entre cuyas espinas adivinándolos por los ademanes misteriosos de la mujer. De súbito, como si obedecieran á una cony en hilos invisibles se columpiaban los arañones. A signa, gritan todos: un lado de la puerta, la destiladera, coronada de culantrillo, y á su sombra, el bernegal ventrudo donde- -i Que se calle! cae el agua gota á gota, con el gluc... gloc... monóAlgunos convidados se ponen en pie. El indiano tono, que alia, en el país canario, substituye, en la sale hecho un reniego. casa del pobre, el tic- tac del reloj Adosado á la pa- ¡O te callas ó te vas! red, el poyo cubierto de cal, donde las abuelas se El borracho no se va ni se calla. Continúa llorando escarmenan las greñas y rezan, al anochecer, el rocon hipo de moribundo y la baba reluciente en la sario de Animas; donde los lebrillos, puestos de can- l) oca. El indiano pierde la paciencia, y, en un impulso to, escurren el agua y brillan al sol; donde cuchichean de ira, lo arroja al suelo. En el suelo el borracho silos novios en tanto que sobre ellos, en las canales de gue llorando, llorando. El novio lo coge por un brazo la azotea, cantan los grillos sus amores de estío en V lo arrastra hasta el corral. Allí lo deja solo, tumla paz de la noche profundamente azul. Abajo, el bado patas arriba. La fiesta se reanuda. Pero las mullano, las eras, los tomatales; más allá, el terreno jeres siguen medrosas. Otra vez se oyen los gemidos: desolado, tierra de maldición; y lejos, como fondo el borracho ronda la casa. Después el sollozo se amorde dos palmas que, apoyadas una en otra, se morían tigua, se hace dolorosamente lúgubre á lo lejos... besándose, el mar lleno de luz, borroso en el horiLos novios se van. Unos convidados, algo bebidos, zonte y festoneado en la costa por una línea blanca; se emiieñan en acompañarlos. El novio se opone. Que la espuma sin matices, quejido ni movimiento... no. Es muy tarde, i Dos horas de camino I Quiere ir solo, llevarse á la mujer solo, como un gorila. La muerte visitaba todas las noches la covacha; Ya llega la novia. Vcá y allá, en el camiio desierto y en el aire resplandeciente, las palmeras dejan caer sus grandes abanicos. Uno tras otro desiilan los camellos, paseando de horizonte á horizonte su mirada desdeñosa. Delante, en la cruz de Jaruco, avanza Pino envuelta en su mantilla blanca; detrás, las familias de los novios, los padrinos, soñolientos á la sombra de los parasoles que oscilan al paso. La comitiva cruza lentamente con el silencio triste de las horas supremas que no han de volver. Al llegar al llano arrean á los camellos y comienza un trote horrible; se bambolean los parasoles; las mujeres ríen despechugadas, con la cabeza inclinada hacia atrás y la mantilla caída sobre los hombros. A lo último, en un camello despeluzado, un borracho abre los brazos y deja caer, sobre la pechera de la camisa, el belfo, babeando. La caravana se oculta en un recodo del camino; reaparece por sobre la tapia de una huerta y se pierde al fin. Sólo queda en el aire el tin- tan de las esquilas de los camellos, único eco de tanta dicha.