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en ella un fuelle invisible 3- (jercibi muy cerca de raí un pequeño rumor de tierra removida, ¿Qué significaba aquello? X o acertaba á expHcármelo. El insomnio, el cansancio, el total aplanamiento de mi organismo, me privaban acaso de la necesaria lucidez para hacer racionales conjeturas. No ol) stantc, intenté encender nuevamente mi linterna para hacer exploraciones, i) ero en vano; cuantas veces surgía la llamita en el extremo de las cerillas que yo frotaba en la fosforera, y sin c ue se notara siquiera el suave aleteo del céfiro, otras tantas se apagaba instantáneamente, como se hal ia apagado la luz de la candileja. Entre tanto, el rumor de tierra removida se acentuaba y yo iba sintiendo ya un 110 sé c ué que me ponía los pelos de unta y me da. ba vértigos. No empece, sacando fuerzas de fla ueza y taladrando materialmente con mis (jupilas la espesa obscuridad de la noche, miré fijamente hacia el punto de donde partía el extraño ruido y vi con asoml) ro que el piso se movía y resquebrajaba á impulsos de algo ó de alguien que quería salir á la superficie. Pero quién empujaba el suelo cual si emiiujara una puerta? Era algún animal subterráneo y misterioso que- quería ingresar en nuestra pictórica zoología, ó era algún infeliz que hablamos enterrado vivo? Por desgracia, tardé menos en saberlo que he tardado en olvidarlo. A los pocos momentos de haber empezado aquella inquietucl de tierras que se esponjaban y se abrían como si huroneara debajo de ellas un topo ds grandes dimensiones y cuando más fija tenía mi vista en el fenómeno, sin acertar á mover los pies nara avanzar ó retroceder, pues me lo impedía una fuerza avasalladora que 3 0 110 podía contrarrestar, vi surgir con espanto, por entre los pequeños surcos recientemente abiertos en el suelo, primero, una mano y un brazo; luego, otro miembro igual; uno y otro, blancos, rígitlos, descarnados; en seguida, más horrible aún que la cabeza de Medusa, brotó en el mismo punto una calavera blancuzca y pelada y tras ella la ósea y curva jaula de un tronco, que quedó erguido cual si estuviera sentado. Antes de que yo pudiera reponerme del pavor que el tremendo v sobrenatural suceso me había producido, la siniestra aparición, como si buscara algo, volvió su vacía cabeza á uño y otro lado y se fijó por fin, con tenacidad, cual si lo mirara, en el ataúd de la monja muerta. En seguida, á aquel armazón de huesos sin carne, sin sangre y sm nervios, se le notó una agitación neurótica, se llevó las delgadas canillas de los digitales á sus órbitas sin ojos, frotó en ellas como si quisiera ahuyentar las imágenes de un suefío xaIÍ 13 UJ 0 S DE MEKDÉZ BRINCA tídico y al instante las bajó rá iílamente al suelo, se apoyó en él, i) alanqueó y sacó de tierra todo e! esqueleto, jue quedó plantado y oscilando en las tinieblas. ¿VI ver en pie aquella horrible silueta que se destacaba turbiamente entre los tupidos crespones de la noche, como se destaca en la penumbra un relieve gri. s en el fondo negro de una lápida, sentí un pánico tan inaudito, una especie de ferocidad tan cobarde, que se centuplicaron mis energías y tuve ánimos para arríuicar mis pies del sitio en que parecía que estaban clavados y huir locamente á refugiarme en el interior de una cripta próxima. Una vez en mi escondite, y crc endo estar á salvo de cualquier atentado del espectro aquél en quien se notaban inovimiento. s, actitudes, tendencias y aspiraciones como si estuviera animado de un es íritn prodigioso que le daba privilegios, no. j a de sujjcrliombre, sino de supermuerto, me asomé con precaución y miré donde se hallaba. Me quedé helado, se me secaron las fauces y desde el estóniago me subió tumultuosamente á la garganta una pelota. líl armazón de huesos, haciendo rechinar y crujir sus articulaciones ás) eras y desengrasadas, se había UCSL 0 en camino y se dirigía resueltamente adonde estal) a el féretro de la profesa. ¡Yo me ahogaba! Llegó en cuatro zancadas al pie del ataúd, giró su hueca cabeza en todas direcciones, y convencido sin duda de uc en aquella soledad absoluta podía obrar sin peligro, se inclinó, metió los secos brazos en la caja, sacó á la- muerta y... le aplicó los labios á la horrible y perpetua mueca de su boca desdentada. Instintivamente di un grito ue resonó en todos los ámbitos del camposanto. El esqueleto entonces se detuvo receloso, miró hacia donde yo me hallaba, reflexionó un momento y en seguida dejó en tierra el cadáver. Inmediatamente, con ademán decidido, se vino hacia mí, penetró en la cripta, me encontró y, sin darme tiempo para defenderme, me agarró por la cintura, me levantó en vilo, me llevó en el aire y me arrojó, al fin, brutalmente, dentro del ataúd de la franciscana. Acto continuo, se bajó, cogió otra vez en brazos á la religiosa y, cargando con ella, desapareció ve oz entre lo? panteones. No pude resistir más; tornóseme todo tenebroso, sentí que se me rompía algo debajo del cráneo y perdí el conocimiento. Cuando volví en mí, me encontré recluido en este manicomio. Desde entonces, aquí estoy entre vosotros tranquilo y satisfecho. ENRIQUE LAMBy L. DE NUESTRC! CONCUT 5 SO DE CUENTOS. LEMA El. MENTIR DE LAS t íRZLhM