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las t r a m a d a s de nichos que semejan e s t a n t e r í a s donde el c o m e r c i liinnano deiiosita sus artículos de d e s e c h o alrc c (l (a- de los ani (losos -necios m a u soleos; bolUmdo losas se: -iilcrates s 2; rabadas con doí entes epitafios v más doiierites p o e s í a s a s p i r a n d o el ijcríumc de las flores que iiallardean bellas v lozanas i) Oi virtud de un abono abundante y n u t r i t i v o leva. ntaudo cruces d e r r u m b a d a s á impulsos de la in ra. tinid de los arientes (pie se conn- n a. les remente los legados de los olvidados m u e r t o s isan lo cráneos, cohinmas cnel) r; les v costillas con la. misma traiupiilidad é indifeiencia (pie im s e c a d o r pisa, en su r a s i r o j o pascando á todas h o r a s mi emiiienie insisnificaiicia por ai ucl vasto p u d r i d e r o donde ci isíalizan las s u p r e m a s r e i v i n d i c a c i o n e s abriendo, en í- n, adiora una fosa v lue. si otra, uc iba cer r a n d o á medida uc echaba cu ellas los t a r ó o s de mercancía a eriada, se deslizaba nd existencia de una m a n e r a rc, í; ular, nictí idica, apacible, sin uc la perliirbaran deseos, envidias, íenaircs ni ambiciones. I s decir, (pie si no ozaba en izra. do m á x i m o las dulzura: (le la vida, 1 ani Oco paladeaba la acritud de todas sus acerbidades, b ra, (Iehníti amen 1 e, un homl- ire c o n f o r m a d o un ser meílianamcn. te dichoso. Pero lle; o un día... m e i o r dicho, una noche, y allí se vino ahajo mi castillejo de mart il. l i a t r a n s c u r r i d o va mucho tiem o desde enlonces v aún se conserv- a en nn cansada retin: i la visi in clara v horrible de lo ipic siicedií) en mi pre- encia todavía p e r d u r a n en mi memoria v t r a s t o r n a n mi encanecida cabeza los accidentes -detalles del dram. a de ulti- a. tnmba en ipie tul, á un mismo tiempo, espectador v personaje. Yo, antes de vi ir con los muertos, no Ivdiía sido realmente un caballero l U u a r d o ni un Solinián el Ma, a; nifico: mi entereza y mi energía eran una inCíig nita niti s e m e j a n t e á la de c. -ios j aierreros cu cuya ln! ja de servicios se escribe: i aíor. íf! e supone Xo obstante, al) oco tiempo de hallarme en el cementerio residían en mí todas las m a r c i a l e s cualidades ue adornaban á los doce P a r e s de l rancia. I. ü contacto con la muerte, cine yo veía á todas h o r a s en sus m á s imponentes nn ilíi les manifestaciones, liahía vit -orizado nti corazón, dáirdolc esa fortaleza ue no logran destruir ó c ucbrautar ni los hombres con sus ini (iui (lades ni la suiierstición con sus almas en pena y sus fantasmas. Kn ac ucl formidable tenijilo c o n s a g r a d o á lo (pie fué, n a d a me iireocupaba ni me comnovia. Con la misma calma glacial que caminaba c o n s t a n t e m e n t e sobre los g r a n des y los i) e (pieños sejiulcros y con la misma impasibilidad estoica uc h u n d í a los c a d á v e r e s en las zanias ue mi azadón abría, h u b i e r a yo visto b a j a r los m u e r t o s de los nichos y echar á c o r r e r agitando sus flamantes ó a n d r a j o s o s sudarios or todas las avenidas del cementerio. P. n conclusión, Perinín el enter r a d o r era, ó se lo su onia, un spiri! jorl. un émulo de J u a n sin miedo, i ero llegó, como he indicado a. ntes, la noche del 23 de J u n i o v cu ella, e n t r e los despojos (pte yo había seimltado, ite (l (S también ent e r r a d a mi p r e s u n t u o s a leyenda. F. scuchad cómo fué el h. echo. Hacía r ximaniente una semana (jue, sin (pie midie supliera ele donde ni or donde había venido, se había p r e s e n t a d o en la ciudad la fiebre amarilla. Cn los iirimeros momentos, la eiiideinia no hizo más cjuc iiicotear en el vecindario, como picotea un pollo d e s g a n a d o en un montón de trigo, v surgió a (pií un caso, allá otro, y luego otro, (pie a u m e n t a ron algo el ingreso en mis dominios y recari -aron un tanto mi t r a b a j o Mas aún no habían t r a n s c u r r i d o cinco días desde los p r i m e r o s chisiiazos, cuando la peste dijo ¡Allá voy! -á este (piiero y á éste no (piiero, comenzó a c t i v a m e n t e á c e r c e n a r existencias, sin rcjiarar c- n sexos, edades ni linajes. L a población estaba a n o n a d a d a las a. utoridades, a t o l o n d r a d a s por el pánico, iban de ira lado iiara otro, como r a t a s cpie en una r a t o n e r a buscan la salida, sin h a c e r n a d a de p r o v e c h o y los médicos, como de co. sttimbre, graves, presumidos y desorientados, discutían y disputaban, sin iioder a r m o n i z a r sus c o n t r a d i c t o r i a s opiniones, m i e n t r a s las gentes se m o r í a n á c h o r r o s burlándose d e s c a r a d a m e n t e en las i) ro iias b a r b a s de los concilios de doctores, de llijiócrates y de sus discíjiulos, de la l arniaeoiiea y de la l eraiiéutica. I n fin, en todo el día 23, (pie fué el de autos, yo, el scimlturero, dando piadoso r e m a t e á la d e s t r u c t o r a t a r e a de la Parca, había hecho descender á los fosos de la eternidad innumerables c a d á v e r e s (pie h a b í a n venido, no de uno en uno. sino en gripxis. cual si se d i r i g i e r a n á una r o mería o r g a n i z a d a por el ángel e x t e r m i n a d o r cu las amplias p r a d e r a s ele lo infinito. Pero lodo, amigos míos, concluye en este mundo, -también había de concluir mi iienosa labor de aífucl día. terrilile. v las once y media de la noche sólo (ptedaba en el recinto de los sepultureros un c a d á w r cs erando ue lo bajaran al hoyo. I lecho esto, t e r m i n a b a mi fatigosa misión y podía r e t i r a r m e á descansar h a s t a la hora en ue el deber me l l a m a r a o t r a vez á mi sitío. Sin embargo, por d r t u d de ese regodeo (pie se apodera eiieralmente de todo aepicl que ve i) r inio el fin de una l a r g a y a b r u m a d o r a j o r n a d a en vez de aca. bar v m a r c h a r m e me tendí sobre el cés e (l, di fuego á mi y me puse á fumar tranípiilamente, teniendo á mi lado el a t a ú d lleno, y á mis pies, junto á las h e r r a m i e n t a s del t r a b a j o la l i n t e r n a encendida. Pd m u e r t o (pie tan iiacientemente esiieriüía nn último servicio, no era un m u e r t o era una m u e r t a una m o n j a f r a n c i s c a n a que había fallecido, víctima del eonta. gio, cuando más valerosas pruebas de celosa iiiedad v evangélica misericordia estaba dando en un hosjiital de epidémicos. 1 tenue reflejo (ie la luz de las estrellas que titilaban en el lejano y obscuro fondo de un ciclo sin luna, se veia v a g a m e n t e tendido boca a r r i b a d e n t r o de la caja, el c a d á v e r de la religiosa, a t a v i a d o con el hábito de San P r a n cisco. F. l cuerpo ni e r a el de u n a joven ni el de una v i e j a e r a m á s bien, como dicen los inteligentes, el (le u n a fruta en sazón, el de u n a mujer m a d u r a Cáianto á su estética, á pesar de las huellas n e g r u z c a s y r e p u g n a n t e s que en el r o s t r o había dejíido impresas la enfermedad, t o d a v í a se acisbaban los signos y reminiscencias de una belleza a d m i r a ble. Yo, á la p a r (pie c h u p a b a golosamente mi pipa, y o b s e r v a b a cómo el h u m o del tabaco subía hacia el cielo en ¡ie ueñas esjiiralcs, m i r a b a y r e m i r a b a á la m u e r t a con u n a insistencia un t a n t o i r r e v e r e n t e pretendiendo descubrir en los rasgos de su d e m a c r a da faz lo ue h a b r í a n sido en vida a uellos des ojos (lite estaban entonces al alcance de mis m a n o s H a brían p e r t e n e c i d o- -m e decía- -á u n a m u j e r de alma c a n d o r o s a y vocación de santa, ó serían los restos de u n a ¡ívn m u n d a n a que después de q u e m a r m i r r a en los a l t a r e s del a m o r se dejó caer en el claustro ara n o en el infierno? Ha m a t e r i a fría é insensible que estaba á mi lado m e t i d a d e n t r o de c u a t r o g r o s e r a s tablas, era la de u n a virgen pura, 6 la de una M a g d a l e n a d e s e n g a ñ a d a y a r r e p e n t i d a? ¡Quién sabe! lillas, m u e r t a s ó v -as, son siempre, lo mismo p a r a los sabios (pie jiara los ignorantes, un misterio impenetrable. bora b i e n cuando más engolfado me hallaba en estas divagaciones filosófico- Ucri 1 es. sonó de p r o n t o en el esiiacio una vibrante canqianada. y en segtiidti oti a V o t r a s cuantas, hasta doce, Ph a la media noche, (pie anunciaba con su lengu; i de metal el reloj de la e ueña t o r r e de la ermita. Había, pues, que concluir. J- hií á l e v a n t a r m e ara (Jar cima á mi t r a bajo, -en este moment (í oí ue sobre mi cabeza se a g i t a b a una cosa. 1i ré hacia a r r i b a y vi c r u z a r entre las sombras una lechuza C ue, después de h a b e r s e bebido uizá el tibio aceite de la lámjiara de un sepulcro, caminaba. con su uelo torpe y perezoso, en liusca de un nuevo alirevadero. La dejé m a r c h a r inqnuiemente, cogí mi l i n t e r n a y me incori) oré. De súbito se me apagó la luz como si h u b i e r a soplado