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borozada. E n efecto: dejó sobre mi plato una caja alargada. L a abro, y ¡tableau! E r a un abanico de pluma... ¡Figúr a t e! Cuando ya no se veían por el m u n d o Sin poder contenerme, solté la carcajada... LAURA. -j Jesús! ¡Qué disparate! BERTA. -Yo no lo hice con mala intención. Pero Javier lo tomó por donde quemaba. ¿D e qué te ríes? dijo muy fosco. D e que te han tomado de p r i m o le respondí. ¿P o r q u é? P o r q u e este abanico estaría de moda en tiempos de Calomarde. ¿D e modo que no te g u s t a? N a t u r a l m e n t e h o m b r e si yo llevara eso en la mano, se me reiría la gente. P u e s tiene un rem e d i o ¿C a m b i a r l o? N o romperlo. Y lo hizo añicos, furioso. Descuida, exclamó, que no volverá á suceder. Y así ha sido, porque nunca ha vuelto á regalarme nada. L A U R A -Y ha hecho perfectamente. ¿A quién se le ocurre semejante atrocidad? BERTA. -Reconozco que fué una imprudencia. P e r o á saber lo que otra hubiera hecho en mi caso... Tú misma, que tanto hablas, si tu marido, en vez de dar tales pruebas de buen gusto, se hubiera descolgado con un abanico de plumas... LAURA. ¿Quieres saber la historia del buen gusto de Luis? Pues oye. A poco de casarnos, llegó el día de mi santo. Yo también aguardaba impaciente su obsequio. Y me t r a j o ¡calcula! Un corte de vestido, de seda, rameado, una verdadera facha, que le habría costado un disparate. Y tales aspavientos nice, que el poure, en u n arranque de sinceridad, me d i j o P u e s m i r a no sabes lo que me alegro; porque temía que n o te g u s t a r a i como yo no entiendo de estas c o s a s B E R T A -L o archivarías en el ropero de las antiguallas... LAURA. -Se lo llevé á la modista, para estrenarlo cuanto antes. B E R T A ¿Y tuviste valor... LAURA. -Lo tuve. Parecía una caricatura. Lo estrené para una comida de confianza que dimos á varias personas de la familia. El criado, siguiendo mis instrucciones, me vertió encima una sal; estropeando aquel vestido maravilloso. ¡Qué bien fingí el sentimiento producido por el incidente U n a tela tan magnífica, regalada por mi marido... El, ganoso de consolarme, intervino: M a ñ a n a te traigo otro corte igual. Entonces, yo, há. bilmente, le insinué la idea de adquirirlo de otra clase. ¿P a r a qué dos iguales? Ya que tenía gusto en regalármelo, que fuera diferente; así variaba. Yo misma lo escogí, á ruego suyo. Desde entonces. cuando se aproxima una fecna de las de regalo, procuro insinuarle lo que más me a g r a d a H e visto unos tibores japoneses primorosos en Lagardenia roja... (bien: L o s muebles de mí gabinete van estando muy a j a d o s Y él, de fijo, me compra los iarrones ó manda renovar el mueblaje. B E R T A ¡A y Laura, cuánto sabes! Debía frtcuentar tu trato para aprender de ti. I -í- fcijii m t M 0 Mm, Jl ¡5 pero que valía menos que si fuese de percal. ¿Crees que me eché á reir, como t ú? ¡Ni mucho menos! Fingiendo á la perfección- -ya sabes que eso no nos cuesta mucho trabajo, le dije qtie era precioso, que me encantaba hasta más no poder. L A U R A -N o tengo más mérito sino que observo y medito. Al hombre se le puede herir impunemente en el corazón, en la dignidad, hasta en el bolsillo; pero hay que respetarle siempre su punto vulnerable: el amor propio. AUGUSTO M A R T Í N E Z O L M E D I L L A D nUjOS OE M DFZ B R I N G Í