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...que en el cielo estás escrita... Un relámpa a; o rasgó los aires. Su luz nacarina y cnlebreante, escalofrió de supersticioso terror á los viajeros. El peregrino se santiguó repetidas veces, envolviéndose en su larga esclavina- -sembrada de conchas (le tamaños varios- -para defenderse de la lluvia uc, cayendo en gruesas gotas, empezó á salmodiar sobre la tierra seca extrañas y misteriosas melodías... La montaña en que se encontraban les ofrecía un triste desamparo... No había cerca un árbol, ni una l) ared ruinosa, ni una cabana de pastores, al abrigo de la cual pudieran hallar alguna defensa contra la tempestad. Abajo, muy abajo, entre el verdor intenso de los valles, en pleno renacer, asomaban como medrosas unas casas pardas con montera de tejas negras... Era el pueblo que acababan de abandonar... Al frente, al otro lado de la cumbre, se veía la ciudad. Una ciudad hoy semimuerta, pero que en tiempos muy remotos, por sti posición estratégica, tuvo importancia no pequeña... De ello, aparte los relatos más ó menos sospechosos de i) arcialidad de sus hijos, según los cuales ante los muros de la vieja urbe se desarrollaron las más bravas batallas de la antigüedad, aparte esto, daban buena prueba de lo que fué y de lo que significó en la historia, su amplio é imponente castillo, al arrullo de cm- os torreones y baluartes parecían haberse agru ado las viviendas, asi como los barrancos escarpados é inaccesibles por un lado y las murallas que por el otro la cercaban... Toilo en muy mal estado, todo desmoronado y carcomido, pero más imponente tal vez por su misma vetustez v ruina... ¡Que más grandiosas son las cosas cuando se las contempla á través de la leyenda y de los siglos! Pero la ciudad estaba lejos y locura insigne fuera pensar en guarecerse en ella antes de ser calados or la lluvia... Los ojos del peregrino, hombre como de sesenta años, de pálida faz y luenga barba, buscaron con desolación... Allá, en lo más alto ¿e la montaña, una torre de las del antiguo telégrafo óptico diríasc que pretendía hendir con su plataforma superior las parduzcas nubes de cuyo vientre salía el rayo... Y adosada á la torre había una casa... La mano del peregrino señaló á la cumbre... -Allí encontraremos acobijo... Pero el labriego, incrédulo, rió, mostrando la blancura marfileña cíe sus dientes... ¿Es que acaso no vive ahí nadie? -Sí que viven, pero no le abrirán... ¿Cómo... ¿A dos pobres viandantes se les ne Tará la limosna de un techo para guarecerse... Es que no son cristianas esas gentes? -i Ya lo creo... ¡Cristianas y bien cristianas son las dos mujeres que habitan esa torre... ¡Como que jamás dejaron un domingo sin oir misa ni Pascua florida sin confesar y comulgar... ¡Es cuando únicamente se las ve, aunque envueltas en velos muy espesos... -Pues entonces... ¡Ah, entonces... Habéis de saber, señor peregrino, que en el mundo pasan muchas cosas sin que sepa uno por qué pasan... -Decís cosas de Perogrullo... El labriego miró indeciso al peregrino, como auien no comprende lo que oye... Se encogió de hombros y en su perenne murmurar siguió tirando del manto que cubría aquellas vidas solitarias deseosas de ocultarse... La chiquillería de la aldea, uc con frecuencia rondaba por la torre para robar jos hiíros ó las uvas, asegf. ralia (lue con las dos nmieres vivía una niña, hija de la hija v nieta de la abuela. Algunos, iuás ai) ocados y su) ersticiosos, afirmr, l) an por el contrario que los gritos y llantos que alguna vez turbaban el huraño silencio de aquellos parajes, no prove- nían de humana criatura, sino más bien de un alma en pena que allí acudía para exponer sus cuitas, en venganza, á las hoscas mujeres... La más joven, la hija, tuvo fama de ser mujer hermosa... De lejanas tierras acudían galanes para verla, atraídos por el renombre de su belleza y su misterio ue la hacían cíen veces más apetecible... La madre, tras las centenarias i) aredes de la torre, la- r. islraía avaramente á las ajenas admiraciones... Pero aunque mucho la guardó, no fué lo astante á impedir ue un día, mejor dicho, una noche, un aventurero, al pasar, quemara incienso y mirra ante el altar de la divina Venus y la arrancara después, loco, de la cárcel en que se consumía su juventud v lozanía, haciéndola volar y libando con delicia las primeras mieles de la bella... El peregrino, casi escandalizado, extendió la mano para imponer silencio al hablador. -j Callad, callad. Pero el labriego prosiguió. Antes de acabar los dos años, la mozuela gallarda, cansada de recorrer el mundo, volvió á los lares de su torre... ¡Pero no volvió sola... Malas lenguas de gentes curiosas que todo lo husmean, hicieron correr la voz de que entre sus brazos, dulcemente, traía otro ser, carne de su carne... Y desde entonces, se oían al través de las sombrías ¡jaredes lloros y risadas infantiles... La abuela gimió, sollozó, se desesperó, ¡y echó doble cerrojo á las ventanas y á las puertas... ¡Castigo del ciclo... Los antiguos del lugar decían ue ella, en su juventud, también voló y volvió al nielo llorosa v con una hija... El peregrino iK) ¡udo aguantar más... -Mirad, mirad cómo arrecia la fórmenla... ¡Estáis provocando la cólera celeste con vuestro murmurar... ¡Santa Bárbara bendita... Ya me he dado un punto en la boca v además me marcho. ue puede ser ue el señor peregrino tenga razón... Estamos cerca de la torre y yo sigo mi camino bacía la ciudad, que ni mojarme me imi) orta mucho ni mi mujer puede aguardar ue abonance el tiempo para tomar la medicina ue le mandó el doior... El viejo ijcregrino uedó solo y con lentitud se dirigió hacia la torre... Un pesado aldabón mostraba su oxidada herrumbre en el centro de la vieja puerta. El viajero fué á llamar... ¡y se detuvo I Dentro oyó ásperas voces en disputa... ¡Y oyó también el llanto desgarrante de una niña... n DE CARA AL SOL Sentado ante el fuego del hogar, ue hacia evaporar el agua que em a) aba sus toscas vestiduras envolviéndole en nimbo vaijoroso, el peregrino hablaba blanda y lentamente... Su voz era dulce y persuasiva... ¡Un murnuirio ue se filtraba por los oídos y llegaba derecho al corazón... A su lado, con la cabeza baja y el ademán luimiidc y abatido, le escuchaban dos mujeres... De h s ojos de la más vieja, de la madre, se deslizaban á lo largo del consumido rostro amargas lágrimas, ue iban á perderse, en inmenso abandono, entre los pliegues del vestido... Su llanto era tran uilo, hondo. in sollozos ni convulsiones... La sin ventura lo dejaba correr con desconsuelo, incai) az (le profanar con un moi imicnto la majestad de su doior... lín la mirada de la hija se advertía un relámpago de vida, de ilusiones y de esi) eraiizas... Para ué martirizarse inútilmente? -niusit; d) si la vo z del peregrino. ¿Para né aumentar nosotros las tristezas que envía el Creador... N o puede ser esto un acto de soberbia... No micdc ser esto pre-