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da conocía al tenebroso libertino, que, por tra parte, debía gozar de una gran fortvma. Apenas el vigilante nocturno escuchaba á lo lejos de la, carretera las alegres notas que acompañan á las frases egipcias Son las mujeres de Babilonia- las más ardientes que el amor crea. corria al encuentro íle D. Rosendo, que así se llamaba el personaje, y abriéndole la puerta de la verja dejábale encerrado, echando por fuera la llave de la cancela. Escena semejante repetíase todas las noches. Sin duda por esta circunstancia fué mucho el asombro del sereno al observar cierta interrupción en las costumbres del trasnochador. Llegó á su hotel el caballero cierta madrugada á eso de las cuatro. A través de los vidrios de su dormitorio vióse encendida la luz eléctrica por esnacio de dos horas. La claridad del alba impidió á las gentes enterarse de un fenómeno extraño. ¿Cuál fué... Pues fué que la luz continuó encendida durante todo el día y toda la noche siguiente: noche en la que D. Rosendo ni salió á la calle, ni pidió de comer, ni respondió á las voces con que la po rtcra intentaba despertarle, á eso de las tres de la tarde. Alarmada la pobre mujer ante silencio tan prolongado, dio aviso á un guardia, y éste á su vez al Tuz, gado, que se presentó con un cerrajero y con ÑicPery- (kit, at- nigo íntimo del secretario, á quien había pedido permiso para intervenir en este qtic parecía suceso lleno de ríiísterio. Xo bien el cerrajero violentó la puerta de entrada, en vista de que el inquilino del hotel no se di. gnabá contestar á las repetidas llamadas al timbre eléctrico, un cuadro aterrador ofrecióse á los ojos de todos. Tras un corto pasillo, veíase una lujosa habitación ¡le dormir okgantemente decorada. Los muebles estaban en orden perfecto. Tan sólo las ropas del lecho mostrábanse revueltas. ¿Por qué... Porque un cuerpo humano habíalas arrastrado al caer exánime sobre la alfombra del suelo. El cadáver del morador le aquella vivienda yacía recostado de espaldas sobre un charco de sangre que se descubría bajo su cabeza. Las piernas aún estaban en alto, sin salir de la cama. Esparcidos por la estancia se veían varios objetos. Un tarjetero, una petaca, un revólver y una navaja de afeitar. El papel que cubría las paredes era grisáceo; las cortíiías, grises; la colcha, gris: y la barba del interfecto, gris también. ¡La cosa no estaba muy clara... El muerto no se movió al sentir entrar al Juzgado. Debía llevar varias horas en ac uella incómoda postura, y de que no cambiara de posición en tanto tiempo y de cierto olorcillo nauseabundo dedujo el juez que D. Rosendo había dejado de existir el día anterior á eso de las ocho y diez de la mañana. Indudablemente se trataba de un crimen; el charco de sangre, las armas tiradas por el suelo y otros detalles probaban que no se tratalia de una muerte natural. Por otra parte, un señor al que tanto le gustaba ir á Eslava, no es natural so. que se hubiese dado muerte. El asesinato era evidente, pero ¿cómo había podido cometerse... Aquí empezaba lo misterioso. El hotel no tenia más que una puerta de entrada, y ésa cerrada por dentro con llave y cerrojo, que fué preciso hacer saltar con palanqueta. Las ventanas que daban á la calle también se hallaban no solamente cerradas, sino recubiertas con burlete, lo que quitaba posibilidad á la hipótesis de que el asesino hubiese huido por las rendijas. Un libro que sobre la mesa de noche se distinguía estaba cerrado, y cerrada asimismo la navaja de afeitar que descansaba en el sucio. Aquella estancia parecía, en efecto, la habitación particular y predilecta del Sr, La Cierva, Todo estaba cerrado. Tan sólo la petaca y el tarjetero hallábanse abiertos. Con avidez vertiginosa lanzóse el actuario sobre aquellos objetos; mas un registro detenido demostró que el criminal no se había ocultado ni en la cartera ni en la petaca. Inútilmente registraron los guardias todas las dependencias de la casa. La más espantosa soledad reinaba entre sus muros. El miserable autor de la muerte había escapado. La huida era evidente; jjero, ¿j or dónde se había fugado... En tal estado las cosas, Nic- PeryGut adelantóse hacia el juez y demandóle licencia para practicar algunas operaciones El detective famoso obtuvo en seguida la venia del magistrado. Y empezó á operar. Tomó en sus manos el liljro, leyó el nombre del autor y vio que no era de los qtiC con sus obras pueden acarrear la muerte. Recogió luego la petaca. El puro estaba intacto. La intoxicación por tabaco de la Arrendataria era imposible, Al revólver no le quedaban cápsulas vacías ni llenas, pues estaba descargado. La navaja de afeitar también estaba descargada. Y sin sangre. Por el cuarto no se veían periódicos, ni artículos breves, ni versos modernistas... La inteligencia de Pérez trabajaba febrilmente. Nicanor em ezaba á desconfiar del éxito... De pronto, exclamó con seguridad: ¡Ya lo tengo! Y lanzó una sonrisa de satisfacción. ¡Ja... ja... ja! (Próximamente. Su vista de lince había tropezado en un detalle al 5 arecer insignificante. -Que llamen á la portera- -dijo, tomando entre sus dedos un vaso de cristal que se hallaba sobre la mesilla y contenía residuos de un líquido blanquecino. ¿De dónde le traían ia leche á tu señor? -preguntó l érez á la testigo apenas hubo comparecido. -De Madrid. De una Casa de Vacas de la calle de... -i Basta! -rugió Nicanor. ¡He aquí el asesino... El verdadero criminal está oculto en el vientre de D. Rosendo. La sangre se la ha hecho al caer desde la cama, presa de agtidos dolores. Pero la causa de su muerte ha brotado de este vaso... ¡Misterios de la leche adulterada! Aquel nuevo triunfo del penúltimo de los detectives dejó pasmados á los demás señores de la justicia. Algunos de ellos tuvieron ue sonarse repetidas veces. ¡Tal era el pasmo! Níc- Pery- Gut quiso por sí mismo comprobar la verdad de sus asertos y se dirigió á la Casa de Vacas en cuestión. Allí vio, efectivamente, varias vacas demacradas- Sobre una ventana del establo observó un frasco de creosota. Aípiellas vacunas damas de las camelias hal) ían sido la causa del mortal accidente. Pero habían ¡iroporcionado u n nuevo triunfo á Nic. E, l misterio del cuarto gris perla estaba aclarado. Perv- Gut respiró satisfecho y encendió el puro de D. Ro sendo, puro que se había traído consigo Nicanor, sin duda para una distracción. Por Nic, L U I S DE T A P I A