Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
templa el cuerpo á maravilla. El hombre vive su propia vida y no la que los demás le imponen, muchas veces con prácticas ridiculas y absurdas. Se vive la verdadera vida, la que viven los hombres fuertes, las aves y las fieras. Pero como todos ellos, las fieras, las aves y los hombres, tienen tm enemigo común, que es el hombre de ahí que todos vivan en completa calma hasta que aparece el enemigo, cuya jjresencia es siempre sospechosa. No es raro que el águila reciba un balazo traicionero, ó el lobo caiga en la trampa, ó al hombre lo asesinen por robarle; de ahí que al sentir el latido del Pernales, Juan, su padre y la Martina se apercibieran á una legítima defensa... Apagada la luz y rodeado todo de un trágico silencio, oyóse claramente un recio pisar sobre la nieve endurecida. El viejo alargó la mano y descolgó un fusil que se hallaba en bandolera sobre la cornamenta de un venado. Nadie palideció y todos se dieron ánimo con la mirada. Fuera, se oia el rumor de una voz acre é imperativa á la que seguían como quejidos de mujer... La puerta del caserío retembló de dos porrazos; el perro comenzó á ladrar furiosamente. ¡Quieto, Pernales! -ordenó el viejo con recia voz, á cuyo mandato reculó gruñendo el animal hasta colocarse detrás de su amo. Elste gritó de nuevo; ¡Quién va... -Soy yo, señor Juan... Simón el de Aguarondo, el Canastero por mal nombre... ¿No me conoce su raercé? ¡Yo no conozco a nadie í -Abra en caridad de Dios. Vengo del ¡jegujar con ¡ni mujer que está fuera de cuenta y vamos para el pueblo... -Pues seguir vuestro camino y no molestéis á nadie. -La nieve iia borrado! a vcrca... j- a nocne se na echado encima... Mi mujer viene mala... Y si seguimos para el pueblo, nos vamos á despefiar ó nos quedaremos arrecios... Abra en caridad de Dios y denos acobijo por esta noche... Los tres se miraron en consulta. Martina se dirigió á la puerta, 3 sin meditar lo que hacía aflojó la tranca. El viejo se dirigió rápido á ¡a puerta y la ccalzó de nuevo. ¿Qué haces... ¿Estás leca? -murmuró. ¿No comprendes á lo que viene esa gente? Saben que tu marido ha de llevar mañana el importe de la renta y quieren darnos el golpe. -No, padre. No es eso. Yo conozco á ia mujer oc Canastero y sé que está para salir de su cuidado. No abrirles seria un contra Dios, v si por un casual esta noche... -Lo que sena un contra Dios sena abrir la puerta- -añadió Juanillo. -El Cancaícro pucílc venir con l añagaza del empreño para que abramos... ¿No es verdad, padre? -El Canastero es un hombre de bien- -repuso Martina vivamente. -Todos somos hombres de bien; pero si nos ponen una faca al cuello, hacemos lo iue nos manden, así sea matar a. 1 lucero del alba. Se han dado muchos asos de éstos, E. 1 robo con añagaza es corriente en stos montes... ¿No es verdad, padre? -Nada, nada. La puerta no se abre. ¡Señor Juan! -replicó desde fuera el Canas! c j. -Abra en caridad de Dios... Venimos de paz... Mire que nos vamos á helar aquí... -Mira, Canastero. Yo no te abro; i) ero toma la llave del tinaón y acobíjate allí hasta qu. e raye el día. Entonces nos veremos las caras, y si precisas de algo DIBUJO DE REGIOIP se te dará si hay de qué. Ahora, no le abro ni á mi padre. Y por debajo de la puerta le arrojó la llave- -Está bien, señor Juan, y Dios se lo pague á su mercé- -dijo humildemente la voz del Canastero. A poco, todo quedó en silencio. La familia deliberó de nuevo. Abrir la puerta hubiera sido una locura. El robo con añagaza es frecuente entre los forajidos andaluces. Los casos se habían dado á docenas... Poco más, poco menos, asi entraron en el caserío de Cazorla, haciendo tres muertes para robar todo lo que había, que no llegaba á siete duros. Pues, ¿y el lance de Casaquemada? Los bandidos se encontraron en el monte al hijo del amo mientras cazaba, y coa amenazas de muerte lo echaron delante para que abrieran los colonos... Al día siguiente, todos, incluso el señorito, habían fenecido, pegándole fuego al caserío para borrar lo hecho... Un frío de muerte recorrió los huesos de Martina. Toda idea de piedad quedó borrada ante la brutalidad de los hechos relatados. Así pasó la noche. Una noche de trágico insomnio, de temor, agrandado por la proximidad del peligro... Los hombres, con las armas aisercibidas. La mujer, escuchando a. ngustiosamentc. Hacia el alba se oyó un terrible y cruel lamento apagado or la distancia. Pernales gruñó azorado yendo á husmear la puerta. Todos oyeron el c uejido y, ys. álidos y tétricos por la continua tensión nerviosa en que se hallaban, se r iraron llenos de recelo y sobresalto. El perro vol vió á la lumbre y se tumbó con las orejas enhiestas... Ama. neció Dió. s. Amaneció un día augusto y soberano. P 2 ra el 25 de Diciembre. En toda la cristiandad se celebraba con pompa y regocijo la Natividad del Señor... El viejo subió al sobrado y por el tragaluz atalayó curioso la puerta del tinaón. El Canasicro, arrebuj üo en una sórdida manta llena de remiendos, daba tremendos tiritones de frío. Sus ojos inexpresivos, de bestia cansina, contemplaban un cielo plomizo y turbio... Como calculando la altura del sol... ¿Qué ve usté, padre? -murmuró quedo juanillo. -Me parece que esa gente viene de paz. ¿Abío entonces? Así no vamos á estar todo el día. -Abre y no te descuides por si acaso. Yo quedo aíiuí pa- a ahrasar al que se mueva... yVbrió Juanüío el portalón y Pernales se dirigió presuroso á reconocer el terreno. El hombre de la- manta astrosa se puso en guardia contra el can que empezó á ladrar al intruso. Juanillo impuso silencio y dio los buenos (b as al Canastero. -Buenos los tengas... ¿Y tu padre? -Adentro está. ¿Pa qué lo quieres? -Llán; alo, que ha ocurrido una desgracia... Tras un breve parlamento, llegaron el viejo y la Martina; en el interior de la zahúrda yacía sobre el suelo la mujer del Canastero, lívida, exangüe, agarrotada por el frío, sobre un charco negro, coagulado, siniestro. Un bulto informe, un bulto trágico y repugnante, un feto amoratado y rígido, yacía, tamhíjii helado, entre las piernas agarrotadas de la madre muerta... No hubo nada, que explicar. El Canastero discilpó á su amigo cuando el viejo se lamentaba balbuciendo excusas... -Sí, señor... yo JO comprendo... -decía el hombre con humildad bovina. -Son cosas de la vida... Yo, en su caso, tampoco hubiera abierto... Ustedes estaban en su derecho... Son cosas nuescras... de los ¡lobres... ¿Qué le vamos á hacer... Y luego... todos á una se pusieron á remediar lo que va no tenía remedio PKDRO B, 4 LGAÑÓN. OE NUESTRO COKCURS, DB CUENTOS. L E Í A H 1: M, F,