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tan corto número de viviendas; de modo que las casas andan sueltas y dispersas por la llanura. La iglesia en una gran plaza vacía, la fonda en medio del campo, la farmacia junto á la estación del ferrocarril los edificios se huyen unos á otros, como almas desacordes. En Europa, los pueblos proceden de otra manera: son un apiñamiento de viviendas, todas amontonadas junto á la iglesia, como si tuviesen miedo de encontrarse solas, como si sintieran frío y buscaran el calor mutuo. Rezuman humedad las paredes, y cada pared conserva la huella, él sedimento de los siglos. Emana de las viviendas olor de antigüedad. Hay en ellas algo de triste, de nostálgico y de intimo que ata los seres al terruño; entre los recuerdos, los dolores y las alegrías compartidos en común á través de tantas generaciones, hacen que el hombre eche raíces en la tierra lo mismo que los árboles. Las casas también son cosas que han arraigado en el terreno; la idea del terreno va acoini) aña (la á la idea de familia, y! a familia á su vez con la casa; el predio agrícola, la casa y la familia son partes que se suman 3 fortalecen, esa soledad de desierto, es una gente extraña, sobria y sufrida, fatalista como un árabe. Tiene, sin embargo, una compensación: su facultad de ensueño. Con un caballo para errabundear, con una infusión de mate para estimular los nervios y una guitarra para entonar canciones románticas y plañideras, tendrá suficiente riqueza. Su fortuna reside en su imaginación y en su libertad. Libre como el viento de la llanura, tornadizo y pasajero como el viento, su casa es frágil y llevadera, cambia de lugar con la facilidad del viento; nómada 3 pastor, caballero empedernido, ama su caballo sobre todas las cosas, porque su caballo le hace libre á él, el más libre de los hombres, el que ignora el ahorro, la precaución, el miedo al mañana, el porvenir, el instinto de arraigo y perseverancia. Más lejos aún, la llanura se convierte en desierto. El paisaje adquiere un áspero tono de salvajismo. Ya no quedan ni rebaños, y el tren, iinico explorador de esta inmensidad, cruza por las lagunas fangosas en donde viven á bandadas los patos, las gaviotas, los graves flamencos de patas sonrosadas. Cientos 1 H i i I, ¿fe A a iwi í: hasta formar una entidad completa. Pero en la Argentina los pueblos están formados al acaso, y las viviendas campesinas son perfectamente nómadas, eventuales, transportables y endebles como la tienda del beduino. Llaman rancho á estas viviendas. Y ved de qué se compone un rancho: cuatro paredes de tierra ó de tablas, un techo de paja, un fogón al aire libre, un cráneo de buey para sentarse, dos sauces para prestar sombra. La llanura infinita alrededor, y un caballo junto á la choza para cabalgar en largas caminatas. El terrible pampero sopla sobre la llanura, y el pobre rancho se estremece al imperio de aquel viento asolador. En verano, el cielo vierte llamas sobre la llanura. Sobre esta llanura desolada que ninguna montaña defiende, ninguna selva presta amparo y frescura, el huracán y el incendio celeste, la lluvia y el polvo caen y ruedan libremente. Y allí está el rancho indefenso, frágil como la tienda de un árabe. Ningún adorno, ninguna comodidad; la gente que se basta con tan oocos útiles en de patos negros huyen al paso del tren, rastreando á ras del agua, y se ocultan en los pajonales y cañizos que les sirven de guarida. Nubes de gaviotas vuelan sobre las lagunas y en sus blancas alas pone el sol sus últimos rayos. Soledad, silencio. Un paisaje desolado, primitivo, de una salvaje tristeza. En el horizonte se besan amorosamente las dos líneas del cielo y de la tierra, y ambas se esfuman en la vaguedad del crepúsculo. Es una sensación de alta mar. 7 caso en lo más remoto se columbra una mancha pequeña, un árbol, á semejanza; 4 e los barcos muy distantes que se divisan en el hoÉi onte del Océano. El sol, fatigado de caminar por IÍL cumbre del cielo, se acuesta sobre- elrdesierto. Un montón de: nubes le rodean. Suavemétífcj la luz se amortigua. Sobre la llanjira cae ttiia penumbra melancólica... Entonces la ííampa, cuando el crepúsculo toca á su fin, ofrece un tono dé tristeza única, un efecto de desolación que aplana, una congoja y un vació que estremecen. JÓSE M. SALAVERRIA. DJBUJüS DE fLf