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¡Se -X CUADROS DE AMERICA. LA PAMPA K 1 salir de Ikicnos Aires, el ánimo se queda pcri) lc jo y desconcertado como ante un juego de restidigitación. bd ruido, la 0 ulencia, el lujo de las calles y los edificios, se cambian súbitamente en una calma de desierto y en una ol) rcza de páramo. Se acaba la ciudad y comienzan los miserables suburbios, las calles enlodadas y sin terminar, las cliozas con techo de cinc, los eriales donde merodean fierros tinosos jacos matalones. Una población adventicia y tur ia acamjja en esos arrabales confusos, una población liccha de inmigrantes, de gentes borrosas é indeterminadas, bohemios del múñelo, acarreados yx todos los vientos del acaso, y que aguardan, cerca de la gran ciudad, á que se les dé entrada en la vida de los negocios internos. La proximidad de París se adivina or los neblccitos llenos de ciuintas, palacios y jardines, mientras que á Buenos Aires le sirven de vestíbulo unas barriadas vitandas. Pero las ciudades europeas están hechas siglo á siglo, esfuerzo tras esfuerzo, piedra sobre jiiedra, en tanto ue Buenos Aires es un algo que surge rci) entina y fantásticamente, y toda ella ofrece el as ecto de una cosa cpie se está formando, creciendo y renovándose á cada momento. Y apenas han desaparecido los últimos suburbios, comienza el campo raso, las praderas infinitas, los rebaños, los pantanos. La l ampa lle. ga hasta las mismas puertas de Buenos Aires. Algunos pueljlos cortan inopinadamente la monotonía de la llanura, y en torno á estos i) ueblos se ven campos de cultivos, como unos oasis placenteros, lín algunos untos, el paisaje ofrece un cierto as ecto de vejez ó de cosa consolidada y definitiva. Los árboles forman lineas largas y obscuras, ó bosquecillos aislados; pero los ini. smos árboles padecen de idéntica monotonía; son sauces llorones, románticamente inclinados hacia tierra; escuetos y fúnebres chopos, de largas líneas místicas que apuntan al cielo; densos y negros eucaliptus. Los cultivos tampoco ofrecen m. ucha variedad: inmensos predios de trigo, enormes campos de alfalfa, extensiones de lino, cuyas florecillas azules matizan candidamente la llanura verde. lás lejos, el desierto llega y el tren avanza en línea recta á través de la llanura, sin ningún ol) stáculo de puentes ni de túneles. Xi una colina, ni tina ligera loma, ni un jiedrusco siquiera; todo es llano, alirumadoramente llano, igual y simple. Un campo raso é infinito se extiende Ijajo el limpio cielo; y el sol vierte á torrentes su luz sobre la inmensidad de verdura, semejante á un Océano. Para que la idea del mar sea más exacta, rompen de tarde en tarde la igualdad del llano unos montones de árboles que vistos desde lejos ofrecen la apariencia de barcos obscuros, enormes, sin mástiles; unos barcos extravagantes que simulan ir navegando sobre la línea del horizonte. Y la pradera está llena de rebaños. Los rebaños no tienen pastor, ni cabana, ni perros vigilantes; las teses vagan dentro de las cercas de alambre, sin ami) aro contra el sol y la lluvia; allí nacen, allí duermen. Cuando algún, animal cae muerto, le quitan la piel y dejan el cuer o á la intemperie; el sol y los cuervos se encargan de destruirlo. Y el rebaño sigue pastando tranquilamente junto á la osamenta de la res. A veces las sequías son harto largas, el hambre arrecia y las bestias mueren á miles; entonces la llanura se llena de cuerpos descarnados... r l campo tiene un carácter de juventud ó de cosa in ovisional. Están trazados los caminos de manera rimitiva, y las heredades se separan por simples alambrados; no se sabe en dónde comienza un sembrado ni dónde termina un erial; hasta los arroyos parecen nuevos, como si aún no hubieran tenido ticm 0 para ahondar su cauce definitivo; todo es rovisionai y recién empezado en ese país reciente. Los ueblos no se evaden á este carácter de interinidad y juventud. Son pueblos provisionales, que no sugieren ninguna idea de estabilidad. Las casas, de ladrillo, no están pintadas todavía, y aunque se han trazado las calles, el plano es harto amplio 3 jactancioso para