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J, a conversación en visita. -Consejos negativos. -Las piedras y las estatuas. -Regla g e n e r a 1. -Ü n a anécdota de Ventura de la Vega. -El arte... al revés. -Modelos del género. La magistrada. -Exceso de intimidades. -Lo fundamental de, la cortesía. -El cuento de las codornices. -Aíarujita la chistosa. -La familia Ripalda ó el Tribunal de examen. e dices, Consuelo querida, que desde que no nos vemos, y á consecuencia de haber comenzado hacéis y recibís muchas visitas; que esto te agrada mucho, pero la conversación general, sobre todo en tu casa, te preocupa, porque te resulta difícil sostenerla sin decir tonterías. Es tan distinto, añades, sostener una conversación con personas á quienes se conoce, de charlar en el colegio con compañeras cuyos gustos é ideas se sabe uno de memoria. Ya lo creo que es distinto, y me explico perfectísimamente que te preocupe la dificultad de sostener una conversación general con j ersonas desconocidas, cada una de las cuales, como decimos vulgarmente, es hija de su padre y de su madre. Claro es, querida sobrina, que no es cosa de prepararse para una visita como se haría para dar tma conferencia en una academia; todo lo estudiado y aprendido, aun suponiendo que pudiera venir á pelo, en el giro siempre imprevisto de la conversación de varias personas, resultaría de una afectación ridicula y antipática. Lo único que te puedo decir sobre este asunto es algo negativo; es decir, que no voy á indicarte aquello que se debe decir, sino aquello de que no se debe hablar. Alguien ha dicho que en cada bloque de piedra hay una estatua y que toda la cuestión de la escultura consiste en saber quitarle la piedra que le sobra. Así creo yo que son la mayor parte de las cosas: su bondad y su belleza consisten en quedarse libres de lo que las afea ó las pervierte; de lo que les sobra. La conversación de una muchacha de entendimiento y de cultura, como tú eres, tiene que ser agradable en su misma ingenuidad y sencillez, pero bueno es que te fijes un poco en los defectos de que adolece mucha gei. te en esta materia, para que puedas evitarlo. ¿Qué regla general podemos establecer para averiguar lo que puede resultar desagradable para el prójimo? La más sencilla es observar qué defectos del prójimo nos resultan á nosotros desagradables. En esta materia de la conversación, á poco que observes encontrarás curiosos ejemplares. Hazlo, Consuelito mía, detenidamente, con el fin que te revelará ima anécdota que voy á contarte. Mi suegro, que fué muy amigo del gran escritor Ventura de la Vega, me refirió que en una ocasión llegó á casa del poeta, con muy eficaces cartas de re- coúiendación, tía joven de p ovmcias que deseaba dedicarse al teatro. Había representado de afición, y todos declan que tenia grandes aptitudes para declamar; pero él había oído hablar del J arte, y eso era lo que le i- preocupaba y para lo que veriía á Madrid. En qué consistía eso del arte? Ventura de la Vega, á quien declaró ingenuamente sus dudas y sus deseos, lo llevó aquella misma noche al teatro, donde hacía un drama romántico y en verso un actor que en las comedias de costunibies estiba muy bien, pero en el género dramático no pasaba de una medianía. -Tome usted estos gemelos, joven- -le dijo Ventura de la Vega al aficionado, -y no me pierda usted ni una frase ni un gesto al primer galán. Así lo hizo el muchacho con todo interés, y al acabar el drama, volvió D. Ventura, y le preguntó: ¿Ha observado usted bien? -Sí, señor, muy bien. Todo? -Todo. -Pues bien, ya está usted al cabo de la calle. La contrario de eso... ¡es el arte! Fíjate en las señoras y señoritas cuya conversación te resulte molesta ó inconveniente, y lo contrario de eso es el arte de la conversación. Segura estoj de que los modelos de este género no han de faltarte, porque, desgraciadamente, abundan pero mientras los encuentras, voy á tener el gusto de presentarte alguno que otro que por acá tenemos, para que pueda servirte de término de comparación. Vamos los martes por la tarde á casa de la señora de un magistrado, excelente persona que se desvive por ser amable, pero que tiene el triste don de aburrir á la gente. Ella se lo habla, todo, y el tiempo que dura la visita lo consume con el relato minucioso de lo que no nos importa. Va una señora á visitarla por primera vez, y la cuenta las criadas que tiene, las que ha tenido que variar, porque esto del servicio se ha puesto imposible lo que le hizo ayer la Juana con el salmón, lo que lia roto esta mañana la Pepa, la contestación que la dio la Jacinta la semana pasada, por lo que tuvo que despedirla; lo que le sisaba una cocinera muy recomendada por el panadero, que sólo pudo aguantar tres meses... y asi por este estilo todas las interioridades y pormenores, que -i á persona muy allegada é íntima le pueden interesar, á los demás no nos ameniza gran cosa el rato. Cuando el capítulo de las criadas se le agota, recurre al de las enfermedades, con tal lujo de pormenores, que su conversación, más que de visita, parece de consulta con un facultativo. Pues, después de colocarnos los padecimientos de sus hijos, á partir desde el sarampión que tuvo el mayor, hace doce años, nos entera del estado de sus intereses, de lo confiado que es su esposo con un amigo que es un bribón de siete suelas