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están repletas y apuntaladas; cl pueblo es culto; probos sus magistrados; hasta las mujeres son honestas, pero no hay paz en la ciudad. Los filósofos riñen, y sus discusiones soliviantan á la democracia... Los magistrados no se atreven á expulsarles de la república, porque á ellos debe esta su esplendor. Además, la historia les dice que á pesar del decreto del Senado de Domiciano, ex ulsañdo á los filósofos de la gran ciudad, Roma cayó en cl polvo... ¡No, no; ellos son la levadura que hace digerible cl pan de la vida... un fermento indispensable, casi un mal necesario... De pronto la luz se hizo, y ella llevó la armonía á los discordes ánimos. Los artistas resolverían el iroblema elevando una estatua á la Verdad única; pero con tal arte ejecutada, tpie contentara á todos, idealistas y materialistas, cínicos y estoicos, epicúreos y pirronianos, académicos y neoijlatónicos... i Y allí fué Troya I Ábrese in contincnti público concurso, y todos los irtistas acuden á él; pero como todos presentan á la Verdad de una sola substancia, de una sola pieza y de un solo color, claro está! no gusta á nadie. Un artista eligió para esculpir la estatua el márp ol rojo; diólc á la cabeza semejanza con la de ¡Medusa y le puso en una mano una tea incemliaria, y en la otra una piqueta demoledora... NTaturahncnte, este engendro no gusta á los pacífico burgueses y lo destruyen. Otro esculpió en rocas l) asálticas la forma humana, indecisa y borrosa bajo un veio á través del cual se adivinaba una boca amordazada... y a uel pueblo libre destruye este fantasma de piedra negra. Un artista joven y bello, y tan hermoso de alma como de cuerpo, gran soñador y enamorado de la Belleza, creía que ésta era la Verdad única y en mármol blanco como la leche de los senos de la madre Venus, modeló un bello desnudo de mujer sin otros atributos que la divina belleza de sus formas púdicas. El ilustre Senado dice que la Belleza no es toda la Verdad y decreta que se destruya la estatua del bello Narciso, Y éste sale de la ciudad para no tornar jamás á ella. Otro escultor, más osado que los anteriores, presenta un mármol verde en el que se vislumbran unas duras y angulosas formas femeninas. Por la rasgada boca de la verde estatua parece salir un grito estridente; figura que surge del pozo angosto en el cual decía el clásico que tenía oculta á la Verdad, y empuña su diestra un zurriago amenazador. Aquel ueblo levantisco le temió al zurriago, y la estatua fué hecha añicos, Desierto el concurso, corridos los artistas, mohíno cl Jurado y algo soliviantado el pueblo por el ridículo fracaso de aquél, no hubo más remedio que llamar á los filósofos, á quienes se había pensado desterrar de la república, para que dieran solución al problema. Todos acuden con la noble frente levantada; ero sólo vmo contesta. Acerquémonos; hemos llegado al agora á tiempo de que replega su toga, extiende el brazo y romi e á hablar. Merece pasar á la posteridad su discurso. ¡Yo levantaré la estatua de la Verdad! Es decir, de la única Verdad posible, No está media verdad en los viejos. y la otra media en los jóvenes? Pues yo construiré una escultura que contentará á to (lo. s Y os pido poco tiempo: el preciso no más para inventar un paralogismo, Murmullos en el auditorio. Carraspeos en el Jurado, El orador prosigue impertérrito: ¿No me creéis? ¿No tenéis fe en la Metafísica? ¡Pues sois necios si estimáis que la Metafísica no puede realizar lo que al Arte le fué imposible conceijír siquiera! Como la Música llega á decir lo que no puede la palabra, la Metafísica, ciencia de las ideas, va más allá que la Física, ciencia de los hechos. Y mi ciencia tiene i) oder para engendrar ideas, parirlas en) alabras y condensar éstas en forma plástica... li n el concurso no aletea una mosca. Insultándola y hal) lán (lole en nietafísico el orador, le había parado los pies á la fiera. ¡Demócríto dijo un dísi) aratc afirmando que las palal) ras son la sombra de las cosas y c ue existen porque existen éstas! lírror craso... Todas las cosas existen i) orc uc una voz poderosa ronunció una palabra: ¡Fiat! La i) alabra lo es todo. Dadme una palabra nueva y yo crearé un nunido nuevo... Dadme un concepto virgen y yo os daré un Universo virgen también. No hal) éis observado nunca el grande é inmenso trabajo cpic realiza el pensamiento humano cuando lo agita una idea madre? Día y noche labora interrunqfiendo el sueño, olvidando las imperiosas necesidades orgánicas, íiasta ue de aquella reacción continua, y titánica, y martirizadora, surge la chisija... y ya está la obra hecha. La mano coge el cincel y esculpe lo (pie concibió el pensamiento y en él estuvo antes uc en el mármol. La cstatua- idca se convierte, al calor del horno que se llama cerebro, en estatua- realidad. Fijaos bien: toda obra material fué antes concepto metafísico, o hay ciencia sui) erior á l. a Metafísica: lo ideal es lo real; todo conocimiento es ultra- f isico; la experiencia sola no ve más allá de sus narices; la razón lo ve todo de una vez; la experiencia lo ve tarde, mal ó nunca, decía un gran humorista. Y así como el mismo poeta- filósofo afirmal) a que el mármol, ó no es estatuaria ó ha de ¡aljiitar como la carne, ésta ha de trascender á vida, la vida á alma y el alma á pensamiento; mi es íritu inquieto, ávido de originalidad, verificará este proceso al revés, y desde el pensamiento bajando al alma, de ésta á la vida y de la vida á la carne, llegará al mármol y en el cristalizará la imagen concebida sin pecado por el pensamiento... Dejadme, pues, un poco de tiempo ara discurrir un concepto nuevo, v yo os daré la estatua de la Verdad única. La Metafísica hará el milagro... y hágase éste aunque lo haga cl diablo... Grandes y sonoros aplausos ahogan las alabras del sofista. La multitud, electrizada, pide otra estatua ijara él, VA sigue imperturbable, No os pido más que un privilegio: el de elegir el lugar en donde he de colocar mí obra, Y con ademán y exi) resíón intraducibies, termina, puestos los brazos en cruz: Ya veis que menos no puedo pedir. Y le creyeron tuvieron fe en él, porcpie siempre la audaz palabrería sedujo á las muchedumbres apasionadas, Pero lo raro del caso fué que el milagro vino. ¿Cómo? El sofista de nuestro cuento, que a la vez era ducho en sortilegios y al uímías, construyó con una substancia de diversos colores y densidades- -que muy bien pudo ser la palabra humana calentada al rojo blanco y enfriada y com) rimida súbitamente- -una estatua de cuatro caras y lados diferentes... y la colocó en el centro del valle vecino á Cosmópolis. Y en tal disposición la emplazó aquel diantre de hombre, (pie la luz, al reflejarse en las aguas verdes del río y en las rocas cuprosas, en las negras basálticas, en los mármoles rojos y en los ónices y ágatas que rodeaban el valle, teñía con diversa coloración cada cara de la Verdad, Una muchedumbre inmensa, ávida de admirar á la Verdad única, llegó al mágico valle, y una sola voz atronó el espacio: -i Esta, ésta es la suprema, la única Verdad! Y por primera vez, desde ue el mundo es mundo, la humanidad depuso sus rencores, se juntó en fraternal abrazo, y hasta los filósofos estuvieron acordes. Una ingeniosa y sutil mentira hizo el jrodigio. Núes ro sabio sofista, profundo conocedor del co-