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SALOME EN EL REAL no si teatro Y olidadsédel el público delentendidoReal- -la generapúblico- -ha la música con que Strauss ha comentado el poema de Osear Wilde. Probablemente, no. Tan compleja, tan elevada y, si ustedes quieren, tan confusa resulta á profanos oidos. Lo que si puede afirmarse es que ninguna obra ha logrado interesar al auditorio hasta el punte le hacer enmudecer á! cs espectadores y espectadoras íue charbui hasta por los codos durante las audiciorics, como Salome. ¿Es la música con sus disonancias, que los técnicos reputan armonías perfectas, con sus efectos extravagantes, c o n sus sonoridades grandiosas? í s el X) ema con su intensidad dramática y su crueklad a 1) ruma (lora? l s el irte soberano de la ISellincioni q u e canta y baila y declama y acciona como seguramente no lo hizo la auténtica Salomé, la hija de Herodías é hijastra de Averigüelo A argas. Lo cierto y positivo es que nunca como ante Salomé, de Strauss, nuestro público del Real, y, sobre todo, el femenino, inquieto y hablador de suyo, ha ofrecido una actitud de mayor sumisión, de sugestión más positiva. Ha ocurrido en Aladrid- -y es una coincidencia extraña que confirma mi observación- -lo que un crítico alemán apuntó- uando Salome se esireno en Dresde, el 9 ele Diciembre de 1906. Observar la actituc d e 1 público- -escribía- -resultó i n t e r e s a n t e cuando b a j ó el telón hubo un rato de completo silencio y nadie se movió de su sitio: pero pcíco á poco el público se animó, y de pronto sonó en toda la sala un aplauso atronador que fue; creciendo y no cesó hasta que el autor y los intérpretes se presentaron en escena... Aparte el detalle de la salida del autor, la observación del crítico alemán en Dresde parece escrita para Madrid. Expresa lo ocurrido en el Real todas las noches que se ha cantado Salome. Hay que reconocer que Strauss ha liocho dos unlagros: que nuestro público haya escuchado sin chistar su música durante hora y media y... ¡que nos hayamos resignado á no tener entreactos I Existía cierta prevención hacia Salome... El asunto, la danza de los siete velos... Pero el elemento femenino ha dado su rcgium c. vcqnalur á la obra. -i Pero ésta no es la Salomé de que nos hablaban los libros que estudiamos en las Ursulinas! -decía una bella espectadora á una compañera suya de colegio, mientras esperaban el coche en el foyer. lín efecto, San Iatco dice que Salomé pidió á ílerodcs la cabeza de San Juan por instigación de su madre Herodías, á quien el profeta cantaba las verdades del barquero, y Osear Wilde supone que la heroína del drama procede impulsada d e 1 odio en que se trueca el 1 m o r que siente p o r aquel hombre que la desprecia. En cuanto á la danza, 10 es ciertamente u n garrotín de los que lislocan a 1 respetable DÚblico por esos teatros le género chico que vegetan por allí. Es arte, es finura, es listinción, es plasticidad. Sobre este punto era mucho más atinado el comentario u e hacia una linajuda dama de gran belleza -de fama de elegante, liablando de la ligerísima toalcta que luce la Piellincioni después de despojarse de todos los velos: i Afortunadamente, la danza es de los siete velos! Si es de los ocho, sí que no la podemos presenciar. Una joven abonada á un cuarto de niiiad del segundo turno (todas estas matemáílcas liay eri el abono de íuiestro gran teatro) preguntaba á un amigo suyo: -Diga usted, cómo se llama esa escena en la que Salomé ro dice no se qué cosas á la cabeza de San Juan? -La del delirio amoroso. Ah, vamos, sí I- -i oi. Ka imií. reponía la ingenua scuorita. -l or eso sin duda decía mi papá: íEl delirio, el delirio... I liso sí. del silencio que en la sala guarda todo el mundo durante la representación de Salou é se desquita luego la gente en los pasillos y en el foyer. I Xoventa minutos de conversación comprimida que estalla luego en diez! De todos modos, ese fenómeno de hacer enmudecer en el teatro á los que charlaban sin poderlo remediar, aunque Titta Ruffo cante el brindis le Añílelo, y aunque Anselmi diga como los propios ángeles lí de Manon, nos enseña algo útil y sumamente práctico. pji lo sucesivo, cuando oigamos hablar durante una representación, no tenemos más que decir: -i Á callar, que viene Strauss! AxoEL M. CASTELL.