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MUJERES DE PARÍS. LANTELME p s inconfundible. Cuando en una repctition gene ral, en un té á la moda ó en una tarde de carreras veáis á una muchacha menudita, con unos pies muy chiquititos, unos ojos muy grandes y unas perlas muy gordas, no dudéis... Es la Lantclme... Como á todas las mujeres pcqueñitas, la da por ponerse cosas muy grandes. Los sombreros son descomunales, los abrigos... ¡eche usted pieles I, las alhajas tremendas, ¡hasta las cintas de los zapatos que suelen tener dos cuartas de lazo I La Lantclme comienza á brillar en el firmamento parisiense porque sin ser bonita es interesante y además porque tiene cosas Hace dos años vegetaba en la compañía de Gabriela Rejane sin que nadie se fijase en ella... Dábanla 2.500 francos al año, y como se lució bastante en un papelito sin importancia, la directora, al enterarse de que allí tenía una alhaja. no la volvió á repartir papel ninguno. Prefirió pagarla el sueldo para que se estuviera eii casa sin trabajar, que aquí la gente de teatro las suele gastar asi. Pero la Lantclme se cansó y un día llevó á los tribunales á la Rejane para deshacer el contrato, pidiéndola daños y perjuicios. Ya calcularéis que el escándalo fué de los de ordago en el mundo de los bastidores. En tanto, la Lantclme había conquistado á Mr. Edwars, una personalidad conocidísima, griego, archimillonario y que padece la manía matrimonial... El Sr. Edwars ve á una artista y la hace el amor; en seguida se casa con ella é inmediatamente después se divorcia. Desde hace diez años viene consagrado á este pequeño entretenimiento que por lo demás es inocentísimo y no perjudica á nadie. Al di- vorciarse, los tribunales le condenan á pasar una fuerte pensión á la mujer, que Mr. Edwars satisface religiosamente. Es un homlirc encantador y al que adoran todas las mujeres; las suyas... y las otras. La Lantclme tuvo hotel, auto, vafli. a 1) r ¡gos de 100.000 francos y collares de perlas de 200.000... Las perlas son su debilidad... Se habló de que en breve tendría un teatro para ella sola: el teatro Lantclme. Y, en tanto, el Sr. Edwars la instaba á contraer matrimonio. -Xo, pequeño mío- -decíale la Lantclme. -Yo no me caso... Te conozco y sé que en cuanto te casas no piensas más que en divorciarte... Me conviene conservarte... Pero tanto suplicó el Sr. Edwars, que la pobre muchacha cedió por fin... Fué un acontecimiento parisiense y los periódicos ilustrados publicaron caricaturas muy graciosas de los contrayentes... La del señor Edwars grande, tremenda, como un elefante: la de la Lantclme, pcqueñita, menuda, como un golfillo... Y, i claro está... Apenas terminado el viaje de bodas y cuando el feliz matrimonio regresa á París y se instala, comienza á correr or los teatros la noticia sensacional... ¿Xo sabéis? ¡Pues, sí... La I antelme y Edwars ue se divorcian... ¿Que se divorcian? Pero, ¿es posible? ¡Ouí, ma cherc Xo la engañaba el corazón á la simpática artista... El divorcio hoy es un hecho tristísimo, pero cierto... I Adiós, abrigos de 100.000 francos! ¡Adiós, collares de perlas! ¡Adiós, hotel! Adiós, auto! Porque aunque el millonario Edwars la pase una suculenta pensión, nunca será lo mismo... Y, sobre todo, adiós, dorado sueño! ¡Adiós, teatro Lantelme! ¡Murió antes de nacer 1 JOSÉ JUAN C A D E X A S Fots. Reutlinger.