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-Siento- -contestó- -la opresión, el ahogo en el pecho que me anuncia las desventuras. En toda mi vida lo he sentido tan fuerte como hoy. -No- -exclamé para tranquilizarle, y además, porque así lo creía. -Lo que tú notas, y yo también, es el anuncio de tormenta. Los marinos conocen bien esta especie de densidad del aire, esta calma asfixiadora que nos abruma. Parece que nos rodea una capa de plomo. Ya podía esto haber ocurrido dos ó tres días más tarde, en cuyo caso estaríamos entrando en la bahía de Río Janeiro. No tardó en verificarse mi presagio. Anochecía á la hora en que sentimos los primeros amagos de la tempestad. Ráfagas furiosas de viento sacudieron la embarcación, como sacude la pasión un alma trémula. Se oyó el siniestro silbido de las jarcias y el castañetazo seco de la vela, estallando de puro tensa, próxima á romiserse. La tablazón del buque crujía como si fuese á desencuadernarse; la madera rechinaba y se quejaba hondamente. El barco cabeceaba, lidiando embravecido él también con las altas olas enemigas, enormes, que tan pronto ascendían á los penóles como se precipitaban por bajo la quilla, levantando á la embarcación para dejarla caer en breve al abismo. Reventando en inmensa masa líquida, aterradora, contra la frágil caja de leño en que unos cuantos hombres luchaban con el monstruo, las olas emitían su ronco y feroz canto de guerra y nos amenazaban con segura muerte... En casos tales, los pasajeros siguen su inclinación si son medrosos, se refugian en la cámara, apiñados, rezando ó mudos de puro miedo; si son animosos, salen á cubierta y tratan de hacerse útiles, aunque comprendan que sólo los marinos de profesión pueden lidiar con la fiera. Sebastián y yo subimos á cubierta desde el primer instante. El muchacho parecía haber olvidado sus negros presentimientos ante la acción J- mar, nos sentíamos más resueltos que cuando la obscuridad profunda nos envolvía. La luz, aunque sea esa luz terrible que precede al trueno, tiene la virtud de consolar. Llubo un momento en que no nos veíamos ni el bulto, y sólo oíamos la voz rota y enronquecida del capitán gritando órdenes, ciue el fragor de la tempestad impedía comprender. Y de súbito, entre los clamores del combate, he ac uí c ue se destaca un grito angustioso, tma lamentación de agonía. Conocí el acento de mi amigo... Acababa de arrastrarla el agua. Un relámpago me quitó la duda que pudiese quedarme... Le vi perfectamente en la cresta de una ola, luchando para aproximarse, y empujado en distinta dirección, á pesar suyo. Grité; no sé de donde saqué tal chorro de voz... ¡Sebastián! ¡Sebastián! Espera; sostente... Un cabo apareció, no sé cómo, y un marinero me ayudó á lanzarlo. Era un cabo recio, sólidamente amarrado y que atirantaríamos con todo nuestro vigor. Y repetíamos, enloquecidos de compasión y de ansia de salvar aquella vida: ¡Hombre al agua ¡Hombre al agua! El capitán nos oyó... Corrió hacia nosotros; algunos hombres se nos unieron; Sebastián había cogido el cabo y se esforzaba en acercarse al costado del buque, pero se lo impedían las olas, ladrantes y espumantes como alanos que se arrojan sobre la pieza de caza. ¡Valor! le gritábamos. ¡Aprieta! ¡Líala! Veíamos c ue se agotaba su resistencia, que se crispaban sus nervios, que se descomponía su semblante. La rápida marcha del buque nos obliga á derrochar inútilmente fuerzas en el trágico salvamento... Ni el náufrago ni nosotros podíamos más... Y rabiosas como nunca, trepaban las olas á c uerer hundirnos... Lucimos un esfuerzo supremo; tiramos con loca rabia; el cuerpo del náufrago se alzó un instante; ya le creíamos nuestro. Y, en el punto mismo, un relámpago me permitió ver su gesto de desesperanza fii r A -fJ- i í el inminente peligro, que tiene la virtud, por su misma fuerza, de curar á las enfermas imaginaciones. Empeñábase en auxiliar á la escasa tripulación, que, á la luz de ios relámpagos, veíamos subida á las vergas, agarrándose desesperadamente, en su ardua faena de coger rizos. Cuando el relámpago nos iluminaba, reflejándose en la húmeda cubierta y en la palpitante superficie del suprema, su fatalista renunciación. Sebastián desapareció entre el agua espumeante, que se abrió para tragarle, boca ansiosa, nunca saciada... Y al punto mismo, como si el mar aceptase la ofrenda expiatoria de no sabemos qué antiguO crimen, el viento amainó, el oleaje se apaciguó y pudimos continuar tranquilamente nuestra travesía, hasta llegar á la bahía más bella del mundo. r Cr. wy T OJ T T tr r