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-V KI F l o r a n t e las largas travesías- -y lo era realmen te aquella de Lisboa á Río Janeiro, en un barco de muy medianas condiciones- -se forman, involuntariamente, roto el liielo de las primeras iioras, y vencidas las congcijas primeras del mareo, lazos de unión que, creando amistades pasajeras, con apariencia cié profundas, ayudan á entretener el tedio de las horas, en que no se sabe materialmente qué liacer. A bordo, sin muchos libros, sin pasajeras guaj) as para el flirteo, reducidos á contemplar un mar cíe aceite cuajado y un cielo de im azul violento, que iba siendo de metal em a onaclo según nos acercáljamos al trópico, se anhela la más leve sensación todo interesa. Cuando en una gran ciudad 1 jasamos por entre la muchedumbre, ningún caso hacemos de los que nos r o d e a n i) ero entre cielo y igu. a, sobre cuatro tablas, los seres humanos C ue corren la misma aventura ue nosotros nos parecen, no sólo hermanos en humanidad, sino amigos y. enemigos declarados, á oco ¡ue el roce conslaníe despierte la sim atía ó determine la anlii) atía. Y aquel muchacho de tez mate, de asjjecto enfermizo, no tardó una semana en hacer conmigo las nejores migas del mundo, estableciéndose entre nosotros esa confianza ue impide tener secretos, l or otra parte, la confianza se estimula poderosamente con la certidumbre de que la persona á quien nos confiamos no volverá, pasadas las circunstancias actuales, á estar en contacto con noso t r o s que no influiremos en su vida ni él en la n u e s t r a cjue, verosímilmente, ni á vernos volveremos nunca. Esto nos sucedía á Sebastián Eorto- -tal era el nombre de mi joven amigo- -y á mí. Llegados al término de nuestro viaje, no creíamos fácil encontrarnos otra vez. El era mulato, hijo de un plantador, y se dirigía á la fazcnda de su padre, situada más allá de M a r a ñ ó n yo no necesitaba) asar de Río Janeiro para los asun: os comerciales que tenía que despachar; una vez ultimados, me volvería á Europa. Nos hablábamos, pues, á pecho descubierto el muchacho y yo. Mis confidencias fueron más optimistas que las suyas. T o d o lo que Sebastián contaba de sí mismo, presentaba un sello de desaliento y tristeza, á veces teñido de color supersticioso. Se creía, sinceramente, destinado á sufrir y á morir joven, y la idea de la muerte había llegado á serle, no I I O diré grata, pero si familiar. Tenía además la pretensión de que llevaba consigo la desgracia, y me l) revino para que evitase su compañía, de k c u a i me reía y burlaba yo. P a r t e por compasión, parte por temperamento, me dediqué á desanublar aquel alma envuelta en la más honda de las melancolía iue es la de las razas inferiores. Si Sebastián tuviese toda la sangre blanca, de seguro no padecería esta depresión del ánimo. Preguntándole un día, en tono de broma, de dónde sacaba que iban á sucederle tantas cosaúnalas y funestas, supe que tales ideas se las había infundido su nodriza, una negra de la Costa de Oro, que había sido cimarrona y capturada por uno de esos capitanes do- mato cjue se dedican á recoger los esclavos fugitivos. Según Sebastián, su nodriza pertenecía á una raza de negros más inteligentes, que saben de encantos, filtros, hierbas medicinales y canciones tristes, acompañadas con el banjo. E n la fazcnda todos la tenían por profetisa, y pocos días antes de morir la madre de Sebastián, que gozaba de la mejor salud, la negra vaticinó la desgracia. -A mí me ha repetido mil veces cjue nada me saldrá bien y cjue mi suerte será funesta- -repetía el mozo, agachando su cabeza bonita, de pelo rizado, mientras sus grandes ojos negros, del más brillante tercio elo, se ensombrecían con la niebla del terror á lo desconocido... Mis chanzas, mis escepticismos, hicieron, n o obstante, favorable imi: resión en el espíritu del joven. Según avanzábamos en feliz navegación, habiendo traspuesto las islas de Cabo Verde, 3 pasando el lücuador, entre los ritos y humoradas que los marineros en tal circunstancia no omiten. se reanimaba Sebastián, y hasta en el famoso bautismo de la Línea puedo decir que se mostró más alegre y exaltado cjue nadie. L a raza primitiva, de la cual había gotas de sangre en sus venas, se revelaba también en esta violencia del gozar y de la expansión alborozada. i oco distábamos ya del término de nuestro viaje, cuando una tarde noté en Sebastián extraño ensimismamiento. Comprendí ciue sus habituales preocupaciones habían vuelto á apoderarse de él. ¿Qué te pasa? -le pregunté, pues en nuestra intimidad ya imperaba el tuteo.