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Un violinista joven y eminer- -dicho á la moda de hoy, un tocaba ante un concurso intclig, que era, naturalmente, muy poco numeroso, el cual premie con bravos y pal las diferentes pierjas del concia por el artista esperto tan bien interpretadas... Después de una sonata de Beet se entusiasmó con el ilustre jo i Mientras éste, modesto, se indi recogiendo el aplauso soberano creyó notar que en su siniestra ¡también el instrumento saluda Y un poco sorprendido, tal actitud sin comprender del todo, le preguntó el por qué... Sin hacer ruido, ambos hablaron del siguiente modo: Dijo el violín: -Te ruego me perdones fi también los aplausos agradezco... Yo quiero compartir las ovaciones, pues creo, la verdad, que las merezco. -i Me sorprenderme asombra tu cinismo! -No debes asombrarte... -Aplauden mi seguro mecanismo, mi inspiración, mi sentimiento, el arte... -Y yo en esos efectos colaboro brindándote el tesoro con que arrobas y encantas los sentidos... i Porque yo soy sonoro, puedes lucirte tú con mis sonidos! ¿Qué dices? -No recuerdas que tú no eres el solo que trabaja... i Pobre de ti si no fuesen mis cuerdas e. vcelentes, lo mismo que mi caja! I orcpie soy superior y sé mi oficio estoy, para que triunfes, en tus manos... ¿Cómo á otros instrumentos, mis herma nos, no quisiste poner á tu servicio ¡Btíena lección! Artistas no artistas, que desdeñan los medios de sus fines, oigan esas razones imprevistas... ¡Ño hubiese, no, tan l) uenos violinistas si no hubiera tan buenos violines! GIL P A R R A D O DIBUJO DE SAKCHA