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recorría mariscando. Cuando más embebido estaba en sus búsquedas, una sombra pasó sobre su cabeza, un pajarraco- -así lo juzgó él- -cayó desplomado sobre la peña. Ello era un avechucho negruzco, grande, que hacía desesperados esfuerzos por alzar el yueloj pero como si con un elástico estu -iese sujeto á la piedra, ó como si en ésta chupetease la vorágine de un sumidero, cuantas veces la bestezuela intentaba remontarse, otras tantas era atraída por la roca con fuerza irresistible. Alicortada creyóla Perlapén y cauteloso acercóse á ella. No era, no, pajarraco la tal alimaña, sino un monstruoso vespertilio, más propio de las abrasadas zonas de los vampiros que de aquellas frías latitudes... Un murciélago horrendo, funesto, ominoso. Clavó el penígero mur sus ojuelos de azabache en el espantado Perlapén, y con destemplados chillidos le dijo: -Perlapén, ¿eres cristianó? ¡Sí, por la gracia de Dios! -contestó éste, como si lo examinasen de doctrina. Raj os encendidos, no me lo mientes I- -rugió el bicharraco aleteando. -Basta decir sí ó no. ¡Como Cristo nos enseña -i i No me lo nombres... -Pues ¿quién demonio eres tii, que tal dices y que así hablas... -Tú lo has dicho... No te asustes, y, sobre todo, no te santigües... Yo soy... el pobrecito diablo... ¡Como decía Santa Teresa! (La tradición, como se ve, flaquea en cuanto á cronología. ¡Jesús, mil ve... ¡Calla te digo... Escucha: tú puedes librarme de esta roca, á la cual estoy encadenado. Yo, en cambio, te concederé cuanto me pidas; ya sabes que tengo poder para ello. ¡Decide! ¿Cuanto pida? -bisbiseó Perlapén. ¿No será el alma la que me juego con estas bromas? Mira que el alma se la tengo prometida á San... ¡Silencio! Ya me lo figuro... Ambicioso eres; falta que ese tal la quiera 3 no me la endose... ¿Aceptas? ¿Qué pides? ¡Ya te relucen los ojillos encandilados por la avaricia... ¡Acepto... Sólo por diez años de gloria, de honores y de riquezas, que me concedas, te suelto... -Lo dicho, dicho, y el trato hecho: ¿Adonde van los pelillos? -i A la mar! -i A las doce de la noche los irás á buscar! ¿Palabra? -i De rey! Mira, cuando yo alce el vuelo tú pa- ¡Perlapén, Perlapén! Ven conmigo y no temas. Comienzan tus diez años de poderío. ¡Ábrete, Báratro! (I) Hundióse la roca y Pierre la Pinte y Belcebú, desaparecieron en sus entrañas. ¡Diez años de honores, de riquezas, de gloria! Hallóse nuestro ambicioso en un magnífico palacio y vióse vestido de rey, con arreos tales, que mal año para los de las barajas de Oíea. Terciopelos, brocados, armiños sobre su augusta persona. Alcatifas, tapices, albendas, muebles suntuosos por doquiera que la vista descarisaba. Collares, veneras, espadillas, martillos, patenas y cuantos símbolos de honores eran conocidos agobiaban sus hombros... A su disposición, brindándole los tesoros de sus entrañas, arcones repletos de oro y de jjedrería, en los que había naifes como peceras y esmeraldas como bombonas... Una nutrida biblioteca ostentaba centenares de volúmenes manuscritos sobre tersas vitelas, con áureos tejuelos que decían: Pierre la Pinte. -Obras completas. -Tomo mil, y mil, y mil y pico... Todo estaba allí. Nada faltaba: ¡gloria, riquezas, honores... Todo, menos gente. ¡En aquel país 110 había un alma! Desesperado, aburrido, enloquecido Perlapén por no tener á quien humillar con su poder, á quien deslumhrar con sus caudales, á quien asombrar con sus talentos; incapaz de resistir martirio semejante, invocó fervorosamente al Arcángel glorioso, patrón de su pueblo, y San Miguel se le apareció complaciente, y le dijo: -i ÍDiez años, Perlapén; has de estar aquí diez años, rico, sabio, poderoso! ¡Los tratos han de ser cumplidos... Y transcurrió la tremenda década y Perlapén se encontró sobre la Roca del Diablo, descalza, da ya por la bajamar... y creyó que todo había sido un sueño. Su cara, sin embargo, demostraba bien claramente que; si para el resto del mundo sólo había transcurrido una noche, para él se habían deslizado dos lustros. Y al ponerse en pie para regresar á su casa, oj ó una espantable voz que, entre infernales carcajadas, le decía: -i Perlapén, otra vez sé más cauto! Te faltó pedir una cosa: terreno en que depositar el germen de la envidia ajena: el gran suco para las zahoras de la ambición. ¡Te ha faltado PUBLICO... Y ahora, amabilísima condesa, entran mis dudas y mis perplejidades; porque, realmente, yo no sé si todo esto me lo han contado ó lo he soñado yo. sarás tu mano por debajo de mí, como si cortaras una cadena invisible. Esto basta. ¡A la u n a! ¡A las dos! ¡Y á las tres... Así se hizo, y esta vez, al caer el demonio sobre la piedra, hízolo ya bajo la arrogante figura de cualquier MephistO de ópera barata. DIBUJOS DE RCGIDOH pues ni yo he estado nunca en Saint Michel ni sé hacia qué ÍÍO d e a z- w cae Bretaña... (i) En el país dicen: Padre conejo, no temas, pire Lr. p: n, im- d la peine (ne vous clonnez pas eette peine) VICENTE DIEZ DE TEJADA. DE NUESTBO CONCURSO DE CUPNTOS. LEMA: BKETANA