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de cosas pasadas y, sin encontrarlo, helo hallado- -que hallazíTo ello ha sido, y aun sahumado, pues con él, pegados á sus trazas, ha brotado otro, y aun otros, pero tan enredados, tan unidos entre sí y con el primero, que difícilmente podría referir uno de ellos sin herir de muerte á los demás que con él nacieron y cuya vida viven, como aquellas muchachas indias unidas i) ov el estómago, Roodica y Doodica, ó aIa. o semejante á esto, que suena á camelancia de Bur os, no el de Castilla, sino el gaditano de Cádiz, y no es pleonasmo. Y allá va el racimo. Yo no sé si usted en sus artísticas excursiones de turista habrá llegado algima vez á pisar las bravias costas de Bretaña, tan semejantes á las abruptas y pintorescas de Cantabria, que allá por Marineda arrullaron con sus rumores los sueños de Minia de Umbría antes de serlo; de aquella céltica tierra de dólmenes y de menhires, en la cual las mujeres parecen monjas y los hombres maragatos; de aquella tierra de melodramas y de óleos, de la que tanto y tanto se ha abusado en escenarios y caballetes. Por si usted no la conoce y algún día se decide á honrarla con su presencia, yo me permito recomendarle una visita al pequeño pueblo de Saint Michel- le- Blanc, aldehuela de pescadores, formada por una sola calle, empinada y pedregosa, que parece prolongación del atrio de la iglesia, edificio ro. mátiico de típico ábside y no menos típico pórtico, únicos restos salvados de la voracidad de un incendio que lo destruyó durante las sangrientas revueltas del año de 93 del antepasado siglo. Desde las puertas del templo, groseramente restaurado, en cuyo altar mayor un demonio negro como la pena se retuerce á los píes de un San Miguel acorazado de escamas, rueda la calle al mar, en ziszás de atroi) elladas casucas de apuntados tejados de pizarras, deteniéndose im momento para formar un remanso, en el que echaron anclas la alcaldía, con su cuartelillo de bomberos y su casilla de salvamento de náufragos i) or un lado, y el Grand Hotel du Lion Roux, único arador del villorrio, por el otro. Pues, como iba diciendo, la calle se precipita cuesta abajo, hundiéndose en el mar, y es lo raro del caso que, durante las bajamares de las grandes mareas de los equinoccios, tan vivas en aquella región, á medida que las aguas se retiran mar adentro, van surgiendo de su seno cuadrados y paralelógramos de rocas, á continuación de las dos hileras de casas de la rúa, como si ésta se prolongase en las entrañas de las ondas y aquellos fuesen cimientos de edificios destruidos por sus besos, que salen á luz amortajados con algas, liqúenes y lamas verdinegros... El efecto es fantástico, sobre todo, si alumbra el cuadro la amarillenta luz de la ancha luna poniente, al desaparecer incendiada por detrás de la Roca del Diablo, ingente peñón que cierra la calle, aguas adentro, y cuyo nombre habré de explicar á usted. No falta en el pueblo quien afirme que aquellos arrecifes, lajas y escollos que parecen plantas de casas arrasadas, cimientos son realmente de viejas construcciones, pues á Saint Michel se lo sorbió el mar una noche. Oi. ga usted la conseja: Había en aquel pueblo por los tiempos de entonces una gentil muchacha, llamada Berta, un poco soñadora, un poco devota y un poquitin más dese uiHbrada, que (lió en la flor de enamorarse del mar. Saltando de roca en roca en las pleamares, conversaba la moza con el amado, recibiendo las caricias de sus zarpadas y los besos de sus espumas, y al bajar de la marea, sentábase sobre una peña y quedábase extática, absorta, en muda contemplación, escudriñando los senos misteriosos del adormecido amante. Un día. en vaciante de equinoccio, llegóse Berta hasta la Roca del Diablo- ¡quién, si no ella, se hubiera atrevido á hacerlo, con la fama que el peñón tenia de encantado! -y allí, agazapada, con los ojos clavados en los cristales rumorosos, quedóse traspuesta, embobada, hechizada quizá... De la lumbre de las aguas surgió el busto de un mancebo hermosísimo, de rufos cabellos negros cuajados de perlas, de ojos glaucos soñadores y de boca de corales y de aljófar. Su desnudo torso, lamido por las ondas, tomaba tintes verdosos y rosados como los nácares de los múrices de púrpura, y sus musculosos brazos extendiéronse hacia la enamorada, suplicantes, pletóricos de caricias... Desvanecida ó fascinada, cayó Berta en ellos, y al sentirlos arrollando su cuerpo en mortal abrazo, al saborear la amargura del primer beso, luchó la incauta denodadamente, y aunque el amante, en resaca sorbedora, asíala por las caderas y por las ropas, ganó la muchacha los bajos de la punta y, encaramándose en ella, en salvo ya, dijo al abismo: ¡Hoy no; hoy no; que hoy no me he confesado... I- -i Serás mía! -contestó la onda retrocediendo... ¡Sí- -respondió Berta; -pero has de venir tú á buscarme! Y aquella noche, el mar, rugiente, proceloso, en marea gigantesca, por llevarse la moza se tragó al pueblo. Por eso es éste Saint Michel- le- Blanc, para diferenciarlo de Saint Miche! -le- Noir, que es ese que duerme bajo las ondas, al pie de Le Rochcr du Diable ¿Ve usted? Ya estamos en el por qué de este nombre espantoso. ¡Oh! Esto sí que es fácil de explicar cuestión de dos palabras: En Saint Michel, cuando aún era le- Noir, una vez se estaba muriendo un sastre... Acudió el glorioso Arcángel á pesarle el alma y, con pena infinita, vio que la del tal pesaba como la de un condenado. Tanto y tanto bajaba el disco C ue sostenía el ánima, ue San Miguel hubo de revisar la balanza y encontró que el demonio del diablo, su eterno enemigo, había clavado en el platillo en que el alma se asentaba una afilada aguja, en la cual, pendientes de un hilo pasado por el hondón, había colgado todos los retales que el aprovechado sastre había sisado en su vida. Cuestión de varias piezas... Enfadóse el Arcángel y, cogiendo al demonio por los cuernos, lo zarandeó de lo lindo y lo arrojó sobre el peñasco- -innominado aún, -diciéndole: ¡Ahí te has de estar hasta que un cristiano de ahí te saque... Y allí se quedó Belcebú, y de ello nació el espantable nombre de la roca. Pero como usted sabe muy bien que en esto de andar suelto Satanás, todo el mundo es Cantillana, dicho queda tácitamente que Luzbel se libró de stis pétreas prisiones, y sólo falta referir cómo salíó de ellas y quién lo manumitió. La ambición anduvo en ello. Por aquel entonces vivía en Saint Michel un mentecato llamado Pedro la Pinta (Fierre la Pinte) descendiente de un la Pinta célebre, que, siendo ella de vino, bebíasela sin tomar resuello. Sus conterráneos de este Pedro, aprovechando el calembour, habíanle colgado el remoquete de Padre Conejo (Pere- Lapin) y por Perlapén lo conocía todo el pueblo y aun por Perlapén él respondía, creyendo ser llamado por su nombre. Al día siguiente de ocurrir la tragicomedia sastreril, todos los vecinos de Saint Michel se hacían cruces al toparse con Perlapén el botarate, quien, sorprendido por la marea, había pasado la noche en el peñasco. Durante aquella noche- -que para él debió de haber sido de horrores, -el Padre Conejo había envejecido diez años. La cosa no había sido para menos. Mientras el flamígero Arcángel pesaba el alma del sastre- hormiga, Perlapén, aprovechando la bajamar, se había encaramado en la roca faircsa y la